Sobre cuando fui chambelán de quinceaños, vestido de cadete

Por: Rodolfo Munguía Álvarez

¿A usted no le ha pasado, querido lector, tener presente a una persona que fue muy importante en su vida, por los grandes momentos que pasaron juntos? Esta semana he tenido muy presente a una persona así, uno de mis mejores amigos, con quien pasé muchas horas en mi infancia y viví la increíble transición a la juventud. De niños me invitaba frecuentemente a jugar a su casa, veíamos películas en videocasete como Blade Runner o Indiana Jones, disparábamos con su rifle de diábolos, construíamos cosas, desarmábamos otras, leíamos algunos tomos de enciclopedia y, por la noche antes de dormir, abríamos el buró en donde guardaba decenas de revistas y cómics, entre ellos: los de Condorito. Con él quemamos cientos de cuetes el 16 de septiembre, en navidad y en año nuevo, además de encender un colchón matrimonial ―accidentalmente―, decenas de fogatas y ¡hasta la silla de nuestro bisabuelito! Con el tiempo, él aprendió a conducir y por ser más grande que yo, me invitaba a todos lados. Íbamos a visitar a sus amigos, me presentaba a sus amigas, asistíamos a fiestas juntos e incluso, me acompañaba a comprar y escoger mi ropa “para estar a la moda”. En una ocasión, al salir de una tienda después de haberme comprado un pantalón, un ladrón pasó corriendo junto a mí y me arrebató la bolsa en donde venía la prenda recién comprada y él, sin dudarlo salió corriendo tras el malandro y después de pegarle un tremendo puñetazo en el espinazo, a no sé cuántos kilómetros por hora, el raterillo detuvo su marcha lentamente y le devolvió el pantalón cortésmente, para escapar de la escena trotando visiblemente adolorido. A lo lejos presencié la heroica escena y lo vi regresar hacia mí con una gran sonrisa de satisfacción, claro, con el pantalón en la mano. En aquellos días usaba los pantalones bombachos, camisas abiertas, fumaba y decía frases elocuentes que había aprendido de algún libro, no sé si de Historia o de Filosofía porque eso sí, le gustaba mucho leer. Un día, al llegar a su casa, me puso por primera vez el casete de un grupo musical diferente, que cantaba osadas canciones sobre divertidas historias, con un lenguaje claro, directo, limpio y con una que otra palabrota como “mamón” o “pedo”, algo que nunca se había escuchado y que incluso las estaciones de radio de la época no reproducían de forma completa, sino silenciaban justo esas palabras intransmisibles cantadas por: Hombres G. En aquel entonces fui un lustroso e inexperto chambelán vestido de cadete en los quinceaños de su hermana, y el uniforme militar que me prestó no fue solo para esa fiesta, sino para otras más de quinceaños, en donde fuimos reclutados por nuestras habilidades artísticas (les juro que es estricto sarcasmo). Con él vi el estreno de “Volver al Futuro” y decenas de películas como JKF, Los Intocables o Goodfellas. Es posible que usted alcance a apreciar la gran admiración que yo le sentía en ese momento y, ahora, con el paso de los años, esa admiración se volvió gratitud por haberme invitado a vivir mi juventud. Me refiero a mi primo mayor Beto. Falleció esta semana a los 49 años y dejó un gran vacío en su esposa, en toda la familia y profundamente en mi corazón. Gracias por todo primo, gracias. Te quiero y te recordaré siempre. Espero que usted, lector querido, disculpe con Apertura Intelectual mi melancolía y le invito a escribirme en mi correo electrónico lector.frecuente@gmail.com y a seguirme en mi cuenta de Twitter como @GloopDr.

¡A votre santé, monsieur!

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