
POR: THELMA MORALES GARCÍA
De niña los únicos libros que leía eran los de cuentos y los que seguramente mi abuela –maestra jubilada– había dejado a mi alcance, así recuerdo a Botón Tolón al que recientemente pude volver a conseguir en la librería de viejo; conforme crecía los libros de Hans Cristian Andersen y los libros de lectura de la infancia de mi madre “Cielo, Tierra y mar”, “América es mi Patria”, entre otros.
Fue hasta los dieciséis años cuando cayó en mis manos un libro que debo reconocer no devolví porque lo consideré un gran tesoro, pues me permitió salir de la adolescencia un poco mejor librada que mis compañeros de escuela. Este libro estaba en un librero de la biblioteca de mi tía y se titula “Ritos de iniciación. Una antología de cuentos de adolescencia” de Gustavo Sainz y Alessandra Luiselli. De todos los cuentos ahí reunidos uno en especial me encantó “El principio del placer” de José Emilio Pacheco publicado en 1972.
Hasta ese momento yo no conocía nada sobre el autor de esta novela corta, la cual se desarrollaba en el puerto de Veracruz y retrataba la vida de un adolescente en la década de los cuarenta, que va plasmando en un Diario sus problemas, sentimientos del primer amor y el sufrimiento que enfrenta al darse cuenta de que se ha enamorado de una joven mujer que lo engaña todo el tiempo, provocando la desilusión al igual que todo lo que le rodea.
Tanto me gustó esta novela que decidí adquirir el libro para leer el resto de los cuentos que ahí venían, entre los que aparecen “La Zarpa”, título por demás sugerente, pues nos habla de la amistad desde una perspectiva bastante cruel, pues son dos amigas que se conocen desde la infancia, la primera es bonita, estudiosa, alegre, simpática, de buenos sentimientos, adinerada, famosa y la otra es pobre, fea, gorda, amargada y todo lo contrario a la primera; la envidia se hace presente conforme ambas crecen y la Zarpa como le apodan porque es muy fea muestra sentimientos de envidia, uno jamás se imagina ese final pues es realizado por el escritor con una gran maestría.
Después leí “Las Batallas en el desierto” de 1981, que fue llevada al cine con el título de “Mariana, Mariana”, aunque la película me parece buena, sinceramente me quedo con el libro, el cual reseñé años después y que fue mi primera publicación en una revista de cultura que se llamaba “Hojas de Sal” editada por el Instituto Mexiquense de Cultura, sin duda alguna, esta primera publicación me trajo suerte, porque desde ese momento me he dedicado a escribir ininterrumpidamente, así que mi admiración permanente por José Emilio Pacheco, un escritor que marcó mi vida.
En 1994, tuve la fortuna de conocerlo personalmente pues el Instituto Mexiquense de Cultura, lo trajo, en aquella ocasión se presentó en el museo de la Acuarela que se encontraba en la calle de Pedro Ascencio esquina con Nigromante; conocerlo en persona me dejó un grato recuerdo porque aunque no le gustaban las entrevistas, ni las presentaciones, siempre fue muy accesible con todo el público presente, ahí me autografío un ejemplar de “El principio del placer” que guardo hasta la fecha con gran cariño y que dice: “Para Thelma lectora ideal para este libro, y amiga ideal para mi afecto.”
El pasado 26 de enero el gran poeta y narrador José Emilio Pacheco falleció en la ciudad de México a la que tanto quiso, a la colonia Roma que retrató en “Las Batallas en el Desierto”, su ciudad que a través del tiempo y ante sus ojos vio paulatinamente su destrucción. Y esa fue precisamente lo que lo motivó a escribirla, pues en una conferencia dictada en el Colegio Nacional hace un par de años, comentó que en primer lugar escribió su novela por la destrucción que sufrió la ciudad de México en 1978, especialmente la colonia Roma y aunado a la destrucción física de los edificios y casas que para él fue lo más terrible: la destrucción de la Memoria.
Muchos en estos días han escrito columnas para recordarlo, yo no quise ser la excepción y dejar pasar la oportunidad de escribir sobre quien consideré un gran maestro de las letras y de quien guardo muy gratos recuerdos. El mejor homenaje que uno puede hacerle a un escritor es leerlo y eso es lo que yo recomiendo a mis lectores, y les aseguro que una vez que lean las historias de José Emilio Pacheco, ya no podrán prescindir de ellas, pues se vuelven tan necesarias para nosotros y cada vez que las leemos encontramos nuevas enseñanzas.
Hablar de su poesía merece una mención aparte, porque también fue un excelente poeta. Uno de sus poemas más conocidos es sin duda, “Alta traición” poema escrito en 1969, pero yo quiero compartirles el poema “Certeza” del libro “Ciudad de la Memoria” de 1989: “Si vuelvo alguna vez por el camino andado / no quiero hallar ni ruinas ni nostalgia. / Lo mejor es creer que pasó todo / como debía. / Y al final me queda / una sola certeza: / haber vivido.” Descanse en paz José Emilio Pacheco.
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