Las buenas costumbres

POR: THELMA MORALES GARCÍA

¿Qué significa en la actualidad que un niño se porte bien? La respuesta: ser buen alumno, generoso y solidario, cumplir con las tareas encomendadas, respetar a los padres, personas mayores y hermanos. Eso realmente suena maravilloso, por ello quiero recordar un libro que fue escrito en el siglo XIX, donde existen algunos consejos que no nos caerían tan mal para la buena educación de los niños en la actualidad.

Hoy en día es terrible educar a los niños con golpes y otra serie de castigos severos, pero en la época de nuestros abuelos, estas prácticas eran muy comunes en las casas, los azotes eran parte de la educación en la infancia; los niños no sólo recibían educación y buenas costumbres de sus padres en la casa, eran también los maestros en la escuela y la gente mayor en la calle. Entonces los ancianos eran muy respetados y ningún niño se atrevía a levantarles la voz en caso de que fueran reprendidos, estos niños aceptaban con mucho respeto la corrección de personas, aunque no fueran de su familia.

Joaquín Fernández de Lizardi, mejor conocido como El Pensador Mexicano, es recordado por su libro El Periquillo Sarniento, novela en la que a través de este personaje que ya siendo adulto escribe una especie de memorias y consejos a sus propios hijos y les recuerda su propia infancia de cómo fue tratado por sus padres y maestros. “Bueno es que el castigo sea de tarde en tarde, que sea moderado, que no tenga visos de venganza, que sea proporcionado al delito, y siempre después de haber probado todos los medios de la suavidad y la dulzura para la enmienda; pero si éstos no valen, es muy bueno usar del rigor según la edad, la malicia y condición del niño. No digo que los padres y maestros sean unos tiranos, pero tampoco unos apoyos o consentidores de sus hijos o encargados. Platón decía, que no siempre se han de refrenar las pasiones de los niños con la severidad, ni siempre se han de acostumbrar a los mimos y caricias.”

También los refranes servían a los adultos para educar a sus propios hijos, por ejemplo aquél que dice: “Padre que a hijo consciente, está engordando a una serpiente”, los niños deben ganarse a través de ser buenos estudiantes y obedientes, premios que sirvan para recompensar sus buenos hábitos, así mismo castigar las faltas de los niños que no cumplen con sus obligaciones en la casa o escuela.

Pedro Sarmiento les recuerda a sus hijos que no es correcto poner motes o apodos a la gente: “…ayudado del abandono de mi maestro y de mi buena disposición para lo malo, salí aprovechadísimo en las gracias que os he dicho. Una de ellas fue el acostumbrarme a poner malos nombres, no sólo a los muchachos mis condiscípulos, sino a cuantos conocidos tenía por mi barrio, sin exceptuar a los viejos más respetables. En mi escuela se nos olvidaban nuestros nombres propios por llamarnos con los injuriosos que nos poníamos. Entre tantos padrinos no me podía yo quedar sin mi pronombre. Tenía cuando fui a la escuela una chupita verde y calzón amarillo. Estos colores, y el llamarme mi maestro algunas veces por cariño Pedrillo, facilitaron a mis amigos mi mal nombre, que fue Periquillo; pero me faltaba un adjetivo que me distinguiera de otro Perico que había entre nosotros, y este adjetivo o apellido no tardé en lograrlo. Contraje una enfermedad de sarna, y apenas lo advirtieron, cuando acordándose de mi legítimo apellido me encajaron el retumbante título de Sarniento, y heme aquí ya conocido no sólo en la escuela ni de muchacho, sino ya hombre y en todas partes, por Periquillo Sarniento.”

Hace muchos años cuando mi propio mi padre me platicaba cómo era su escuela primaria, la cual cursó a principios de los años cincuenta, me decía que sus maestras mostraban tal severidad para los niños incorregibles, que aplicaban castigos terribles como el colocarles en ambas manos ladrillos y que mantuvieran esa posición por una largo tiempo; eso sería impensable en nuestra actualidad, porque ahora tenemos a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos que por supuesto defienden los derechos de los niños.

En la novela del Periquillo Sarniento, nos habla de esa severidad de su propio maestro: “Tal era mi nuevo preceptor, de cuya boca se había desterrado la risa para siempre, y en cuyo cetrino semblante se leía toda la gravedad de un Areopagita. Era de aquellos que llevan como infalible el cruel y vulgar axioma de que la letra con sangre entra, y bajo este sistema era muy raro el día que no nos atormentaba. La disciplina, la palmeta, las orejas de burro y todos los instrumentos punitorios, estaban en continuo movimiento sobre nosotros; y yo, que iba lleno de vicios, sufría más que ninguno de mis condiscípulos los rigores del castigo.”

Con todo esto no quisiera decir qué es lo correcto o incorrecto, sino más bien hacer reflexionar a tantos padres que creen que sus hijos aprenderán solos buenas costumbres, todos debemos tomar consciencia de que se requiere de una sociedad que no genere monstruos como los que ahora existen: narcotraficantes, violadores, secuestradores, ladrones. Recordemos que es en la infancia donde podemos formar a los niños y lograr hacer de ellos hombres de bien.

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