La educación mexicana de Iturbide a Juárez

POR: THELMA MORALES GARCÍA

La historiadora Anne Staples nos muestra en su libro “Recuento de una batalla inconclusa. La educación mexicana de Iturbide a Juárez”, el discurso político y cultural de las primeras décadas del México independiente donde se alababan sin reservas las ventajas morales de la educación, la necesidad de adquirir conocimientos profundos, modales refinados y sensibilidades estéticas occidentales.

Se fundaron y financiaron institutos literarios y científicos, asociaciones musicales, gabinetes de lectura e historia natural, física y química, entre otros, dándoles la protección gubernamental posible pero nunca suficiente. La educación elemental, mucho menos prestigiosa, dependía de los ayuntamientos y de los vecinos; el gobierno estatal rara vez proporcionaba dinero.

El periodo de Iturbide representa el comienzo de una vida institucional que, como su rebelión misma, no aparta a México de sus raíces españolas, ni de sus leyes ni de su cultura. Los casi 40 años entre el Plan de Iguala y la primera presidencia de Juárez, dan lugar a un proyecto de nación plenamente mexicano, “moderno”, al tomar como base la lealtad de los individuos y su igualdad ante la ley, fueran indígenas, militares o clérigos, antaño protegidos por sus intereses de comunidad y fueros.

México cambió de virreinato a imperio y de imperio a república entre 1821 y 1823. Los nuevos gobernantes, los hombres públicos soñaron con sacar al pueblo de su ignorancia. Durante la primera mitad del siglo XIX se logró un consenso acerca de la conveniencia de extender a todos el aprendizaje de las primeras letras, en lo que respecta a la educación superior se produjeron batallas frontales.

El México independiente se inició con grandes esperanzas de progreso, armonía social y bienestar individual y colectivo. Se creía que la educación desempeñaría un papel fundamental en la formación de un Estado moderno, apoyado en la inteligencia y el compromiso de los ciudadanos. Pero terminó el primer medio siglo con la educación convertida en arma política de grupos que combatían por el poder.

México se enfrentó a retos en todos los renglones de la vida pública a la hora de ir formando un Estado moderno. Lo que más les importaba a los gobernantes y a las familias en ascenso, era adquirir el brillo de la cultura. Parecía asegurar la movilidad social y una posición de categoría. Los seminarios diocesanos eran el camino tradicional y atractivo tanto para creyentes como para un padre de familia que buscaba una sólida preparación escolar para su hijo en un ambiente de estricta moralidad.

Estos establecimientos que llegaron a ser los de mayor excelencia académica del país. Los institutos literarios, nuevos en suelo mexicano, ofrecieron un entorno menos monacal pero no tan distinto a los primeros: ambos terminaron siendo importantes formadores de abogados. La creación de instituciones como el Colegio Militar acentuaron la secularización que ya se percibía desde el siglo XVIII.

Durante las primeras décadas de independencia la educación pública no era totalmente gratuita y manejada por el Estado. Se podían, pedir contribuciones, a veces forzosas, a los padres de familia. Las públicas eran financiadas en parte por los vecinos, ayuntamientos, la Iglesia o asociaciones de beneficencia como la Compañía Lancasteriana o la de Vidal Alcocer, en las escuelas públicas; los alumnos eran muchachos urbanos o pueblerinos de pocos recursos.

La educación particular o privada consistía en las clases a domicilio o en un establecimiento ex profeso donde los padres de familia cubrían todos los gastos. Se cobraba por materia, más cama y comida si era internado. Las cuotas eran mayores que las pagadas en las escuelas públicas y los clientes eran familias con los medios económicos suficientes. Tal fue el caso del establecimiento al que asistió el futuro escritor Guillermo Prieto. Con el paso del tiempo, se abrieron en la Ciudad de México y en provincia escuelas con internado regenteadas por educadores foráneos, como el Liceo Francés. Llegaron a ser numerosas a partir de los 1830. Un maestro, examinado o no, mexicano o extranjero, también podría anunciar en volantes o en el periódico su habilidad para enseñar caligrafía, danza, música, dibujo, pintura, idiomas, etc.

Los distintos niveles educativos merecen una explicación: Las primeras letras, a partir de los cinco o seis años de edad, consistían en aprender a leer, escribir, contar (las niñas hacían labores manuales) y la doctrina cristiana. Las niñas asistían a amigas en algunos lugares como la Ciudad de México y andando el siglo XIX, a escuelas municipales, los niños a escuelas públicas o privadas. Los niños pasaban a cursos de gramática, que se dividían en mínimos y menores, nombres con los cuales designaban los pasos en el aprendizaje del latín y del castellano, que incluían etimología, sintaxis y prosodia y medianos o mayores, las dos divisiones de la retórica. Titularse de licenciado, maestro o doctor, se requería dinero para pagar el alto costo de los exámenes y grados.

Este estudio que realiza la historiadora Anne Staples, nos permite armar el rompecabezas de los inicios de la educación en México, siempre he pensado que quien no conoce la historia, está condenado a repetir los errores, de ahí que este libro nos de una visión mucho más amplia para que este nuevo siglo nos traiga una mejor educación, desde las primeras letras hasta los más altos grados académicos. El título es por demás adecuado, puesto que la batalla por mejorar la educación a cualquier nivel, aún no concluye.

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