
POR: THELMA MORALES GARCÍA
El poeta nayarita Alí Chumacero falleció en la ciudad de México el 22 de octubre de 2010, sus obras representan parte fundamental de la literatura mexicana, aunque sólo escribió tres libros: Páramo de sueños; Imágenes desterradas y Palabras en reposo.
En esta ocasión quiero recordarlo y compartir con mis lectores, la relación de amistad, que me unió al gran poeta. Unas semanas antes de su fallecimiento, el maestro Alí, me mostró su preocupación por la biblioteca de 46 mil volúmenes que se encontraba en las habitaciones principales de su casa y qué harían sus hijos con ella. Le comenté que seguramente la conservarían y él con su característico buen humor, me dijo que posiblemente quemarían todos los libros. Al maestro Alí le caracterizó el humor con que respondía siempre a sus amigos.
Dos años después se inauguró en noviembre de 2012 en el edificio conocido como «La Ciudadela»; la biblioteca personal de Alí Chumacero, la cual se sumó a los acervos de la Biblioteca de México. Ante la ausencia del maestro Alí, el día de la inauguración de la Ciudad de los Libros, tuve la fortuna de ser invitada por la familia Chumacero y ahí sentada a un lado de sus hijos Alfonso y Jorge, me preguntaba cuan triste se vería la casa del maestro sin su biblioteca, pero otra idea me reconfortaba, saber que muchas generaciones disfrutarían de su biblioteca en un espacio donde la arquitectura, el arte y los libros se unen.
Al visitar dicho espacio, me pregunté qué opinaría el maestro Alí de ver impecablemente ordenados todos los libros que a lo largo de su vida fue adquiriendo, cuidando y por supuesto consultando. Seguro que estaría feliz de ver que sus libros tuvieron un buen fin.
Esta biblioteca nos muestra quien fue su dueño y cuales eran sus gustos literarios; además de permitirle al lector acceder a un mundo enorme de posibilidades, pues existen en su haber, ediciones desaparecidas por el tiempo y que, sólo encontraremos en esta biblioteca tan especializada, como por ejemplo un libro que perteneció al papá del maestro Alí “Historia crítica de la literatura y las ciencias en México” de Francisco Pimentel, publicado en 1883, hoy este libro es inconseguible. Aunque la mayoría de los libros están dedicados a la literatura, existen libros de diversos temas que pueden interesar a los lectores.
En la ceremonia conmemorativa realizada en el Foro polivalente Antonieta Rivas Mercado (auditorio anexo a la Biblioteca Alí Chumacero), estuvieron presentes Jaime Labastida, Felipe Garrido y Vicente Quirarte, todos contaron anécdotas de su relación de amistad con el maestro Alí, pero la de Vicente me encantó pues habló sobre el tiempo que para Alí fue una de sus obsesiones tanto en la poesía como en la vida cotidiana, pues tenía una pequeña tarjeta en la que apuntaba todos sus compromisos día por día. Su comparación que hizo de Alí Chumacero con el cuento “El príncipe feliz” de Oscar Wilde, pues recordó que en este cuento el príncipe se desprende del oro que lo cubre para dar alegría a los más necesitados y Alí ofrecía alegría a los otros y siempre se ponía en el alma de su prójimo.
Compartir una tarde con él, resultaba un aprendizaje constante al escucharlo conversar sobre la vida misma, la intensidad con que la vivía y cómo la disfrutaba. Ese era un rasgo particular de su “derroche democrático” denominado así por Jorge González Durán, porque Chumacero tenía el gusto de la buena compañía y la fiesta, esa informalidad contrastaba con el rigor de su poesía y la precisión de su cultura literaria.
Se consideraba así mismo, como “un chamaco” al que le gusta comer con sus amigos durante la semana, cinco días de los cuales los dedicaba a reunirse con ellos —uno diferente cada día— durante las comidas. Su comida es muy ligera y según sus propias palabras nunca comía con el estómago vacío. Los sábados y domingos los destinaba exclusivamente a sus hijos y nietos, salvo raras excepciones.
Para entrar a su mundo, bastaba con visitarlo en su casa y observar su enorme biblioteca, se consideraba un obrero de los libros, pues prácticamente toda su vida trabajó con ellos, fue corrector y tipógrafo, su tarea dentro de las letras fue siempre el del cuidado de libros ajenos, como él mismo lo refirió al recibir el Premio Internacional Alfonso Reyes: “La cosecha parca de mi pluma no se compara, de ninguna manera, con las abundantes páginas de otros autores en las cuales, con modestia y esmero, he intervenido. Como simple profesional de las letras y persistente tipógrafo, puedo jactarme de que nunca he cejado en colaborar corrigiendo y aun rehaciendo renglones y párrafos de otros escritores.” A sus 90 años continuaba trabajando en su incansablemente labor con la edición de libros, para el Fondo de Cultura Económica.
Su obra poética es breve, pero intensa y se reduce a tres libros: “Páramo de sueños” (1944), “Imágenes desterradas” (1948) y “Palabras en reposo” (1956), este su tercero y último libro de poesía, concretiza los temas abstractos contenidos en sus dos libros anteriores: el viudo, el hijo natural, la virgen, la prostituta, la mujer envejecida, el suicida, el soltero, simplemente —según sus propias palabras— “Un mundo de marginados y de pobres diablos. Ésos que llevan ‘la ceniza en la frente’”; sus libros fueron considerados por Octavio Paz como libros breves y perfectos, de ahí que en algún homenaje lo llamara “el mago de la poesía mexicana”; según Paz “sus versos son sucesos de la carne o del espíritu que ocurren en su tiempo, sin fecha y sin historia.”
Leyendo el poema “De cuerpo presente”, mismo que escribió Alí Chumacero, podría ser su epitafio: “Yo no estaré presente. La ilusoria / marea irrumpirá, letal y fría, / en olas conmovidas todavía, / a anegar de ceniza la memoria. / Fuego abatido, cólera desierta, / la urna en sábanas al fin vencida / olvidará su resplandor la vida / ayer a su cuidado amante muerta.”
El poeta Eduardo Lizalde decía que: “Alí Chumacero nació de un golpe como un gran poeta y se encuentra en pie, para seguirnos deslumbrando con esa actitud y la música de sus versos”. Sus perfectos poemas de la juventud, parece que fueron escritos ayer, la pureza y la impecable construcción de sus versos, le han permitido continuar como uno de los grandes de la literatura mexicana.
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