
POR: THELMA MORALES GARCÍA
Adam Rubalcava nació en Toluca, Estado de México el 5 de mayo de 1892, en la casa número 5 de la primera calle de Galeana, siendo joven se traslada a vivir a la ciudad de México, su padre Rodrigo Rubalcava era originario del estado de Jalisco, por lo que intuyo que es de la misma rama familiar que el reconocido escritor Eusebio Rubalcava, a quien tanto admiro. Su madre era originaria de nuestra ciudad y se llamaba María Asunción Padilla, por lo tanto tiene raíces profundas en estas tierras toluqueñas.
Es sabido que el propio Adam Rubalcava, editaba sus propios libros, nunca buscó apoyo en editoriales españolas ni mexicanas; fundó su propia editorial a la que llamó “Candil”, la cual destinó no sólo a la publicación de sus obras, sino también para difundir a los poetas españoles.
Por ello hablaré de un libro que me encantó desde el momento en que lo tuve en mis manos, me refiero a “Un río que ya no dará a la mar”, publicado en 1974 y como lo decía el escritor Juan Cervera “cada libro de Ruvalcaba es una joya literaria por donde quiera que se le mire.”
El río Lerma históricamente siempre nos ha ofrecido sus riquezas: el paisaje, la fauna, la flora, la gastronomía y las artesanías. Escribió este libro con ilustraciones de fotografías que él mismo tomó en ese tiempo de los alrededores del río Lerma, el libro fue difundido en España, alcanzando un singular éxito de la crítica; porque se consideró una clara resonancia de los versos de Jorge Manrique; en su prosa grave y nostálgica Adam Rubalcava hace una elegía por el río difunto:
“El hombre ha triunfado. Indiferente al menester de los pocos, arrasa brotes de sustento. Insensible al espectáculo que le brinda la naturaleza, destruye el paisaje.
Del claro remanso,
hace un calvero;
Del cristalino regazo,
un yermo.
…Pero habrá ríos –¡habrá vidas!– que, encerrados por la sed, la codicia o la torpeza de los hombres en la tenebrosa oquedad de un plebeyo tubo de cemento, en lugar de discurrir por amenos prados –cara al cielo– hasta dar en la mar, habrán de correr a ciegas sin descanso, por un extenso páramo de desolación y de miseria”.
Pedro Crespo para el periódico ABC de Madrid dijo en una de sus columnas que “Pocos habrán reparado, en el propio México, en la muerte de río Lerma. Era seguramente un río como uno de esos hombres buenos que pasan inadvertidos en su generoso afán de entrega, un río asesinado, que ya no dará en la mar y Rubalcava ha sabido ver, y expresar, con honda y profunda sencillez su peregrinaje sentimental. Quizá porque veía una parte de su vida en la corriente.”
Arturo Sotomayor en Diario Novedades en 1976, escribió sobre este libro lo siguiente: “El viajero Rubalcava se detuvo breves días; se hizo de la cámara que es como su confidente, retrajo sus recuerdos, adquirió el papel más fino que hubo a la mano, hizo rumbo a las excelentes prensas de la editorial “Libros de México” y salió de tales talleres con una de las más espléndidas aportaciones –y de las más dramáticas también– para que los mexicanos tomemos conciencia del estúpido suicidio diferido que nos estamos asestando.”
“¡Río Lerma! Tu manso correr ya sólo en el recuerdo, muestra tu cauce su desnudez y desamparo. Aguas de otras fuentes –que no las tuyas– habrán de procurarlo más adelante para, en piadosa mentira, perpetuar tu nombre…”
Un periodista español escribió: “…es Adam Rubalcava, uno de esos mexicanos que conferirían estilo al Renacimiento si nos fuera dado regresar la rueda de la historia medio milenio. ¡Vaya mexicano! Esteta desde siempre; tipógrafo exquisito; conservacionista con talento, conocimiento y cámara (según quedó demostrado en esa joya bibliográfica, titulada Un río que ya no dará en la mar, en la que relata el asesinato del río Lerma); conocedor del Arte Hispanoamericano, fotógrafo cuya lente juega pendularmente de lo pictórico a lo poético, este Adam Rubalcava ha hecho más por la identidad y la cultura mexicana que ¡vamos! Que si se lo hubiera propuesto.”
El 17 de agosto de 1984, muere Adam Rubalcava y Padilla en la ciudad de México, sus restos fueron depositados en el Panteón General de la ciudad de Toluca, y como concluye su libro a modo de epitafio: “¡Hondo y sutil Jorge Manrique! Aún discurren por el eco de tu copla ríos y vidas que van a dar en la mar, / que es el morir…”
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