
POR: THELMA MORALES GARCÍA
Cuando era adolescente leí un cuento titulado El rey criollo, su autor tenía un nombre muy peculiar: Parménides García Saldaña (1944-1982), quien describía en este cuento como dos bandas de la época de los cincuenta del pasado siglo XX, se peleaban en plena proyección de la película protagonizada por Elvis Presley, King Creole (1958), el lenguaje que utilizaba era como seguramente todos los rebeldes de la época usaban. Por supuesto, que dos cosas me atrajeron inmediatamente de ese cuento, el que hablara de Elvis, al que por cierto empecé a idolatrar, gracias a que mi madre me regaló cuanta revista, póster y discos tenía de él y que había coleccionado cuando ella era joven y en segundo lugar por la desfachatez de las palabras altisonantes que utilizaba el autor en dicho cuento.
Después en la universidad volví a leerlo, pero ahora lo hice desde un análisis más profundo de lo que escribir de esa manera significaba. Parménides García Saldaña, nació un 9 de febrero en Orizaba, Veracruz; perteneció a un grupo de jóvenes entre los que aparece José Agustín, quien decía. “…adquirí el rango de rebelde sin causa por mis connotados y escandalosos relajos, pero también, en mi caso, por mi gusto insano de leer y escribir sin pedir asesoría a los broders lasallistas;” también con Gustavo Saínz, y nuestro querido y desaparecido toluqueño Alejandro Ariceaga (1949-2004), conocidos como los escritores de la “literatura de la onda”.
En la actualidad este tipo de literatura está en la categoría de la Contracultura, término que me parecía ajeno, aunque hace muchos años conozco la literatura de la onda. Gracias al libro “La cresta de la ola. Reinvenciones y digresiones de la Contracultura en México”, compilado por Carlos Martínez Rentería; pude entender mejor este término y reencontrar a escritores que hablan de ello como: José Agustín, Juan José Gurrola, entre otros.
Aunque había leído los textos de Parménides, no sabía en realidad quién era, pero sus amigos lo recuerdan como el “artífice de la literatura de onda, rebelde y abandonado a su suerte por su propia voluntad, murió en 1982 a los 38 años” en la ciudad de México, su vocación rocanrolera y contestataria logró sobrevivir gracias a sus libros «Pasto verde» (1968), «El rey criollo» (1971), «En la ruta de la onda» (1974) y «Mediodía» (1975). Su gran amigo José Agustín lo definió de la siguiente forma: “Adrenalínico, un beat loco, un hipster anarco-nietzschano que crea sus propias leyes y quiere imponerlas sobre los demás, gandallamente si es necesario; está en la línea de William S. Burroughs, Charles Bukowsky, Jim Morrison y Janis Joplin.”
Si queremos encajar en una definición a la Contracultura, la que hace Efrén Díaz en el libro de “La cresta de la ola”, me parece apegada a lo que yo entiendo por ella: “La contracultura puede entenderse como aquello que se opone a toda forma de convención social o de conservadurismo, a todo lo establecido que permanece inmutable o incambiable. La contracultura puede ser cualquier manifestación social, cultural e incluso económica, que cuestione estructuras de poder verticales.”
La rebeldía podría ser el mejor ejemplo que podríamos tomar, pero también que una sociedad, en distintos momentos históricos no entiende, cuando los jóvenes tratan de expresar sus propias ideas de la vida, como en su momento lo hicieron James Dean y los Beatles. Mi amigo el escritor Armando Torres, se refiera a la contracultura como “al clima de ideas y movimientos juveniles que se gestaron durante los años sesenta del siglo XX, para muchos autores el término Contracultura no debe circunscribirse a un hecho histórico y ha de ser entendido como una fuerza dialéctica y liberadora que, en diversas épocas y contextos, promueve la liberación de las costumbres y las ideas que tiende a conciliar instinto y cultura.”
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