
POR: THELMA MORALES GARCÍA
Pocos conocen la carta que escribió veinte días antes de que Álvaro Obregón fuera asesinado, a su hijo Humberto; fechada el 27 de junio de 1928, con motivo de su mayoría de edad que en ese entonces era hasta que se cumplían los 21 años.
Escrita en Cajeme, Sonora hay fragmentos que nos hacen reflexionar sobre su papel de padre y la manera en que se refiere a su hijo cuando le dice: “Hoy asumes, por ministerio de ley, el honroso título de ciudadano y te substraes de la patria potestad que a tu padre ponía en posesión de la dirección de tus actos; asumes por lo mismo, toda la responsabilidad de tu futuro, sin que esto signifique –por supuesto– que yo me considere relevado de la constante obligación que los padres tenemos para aconsejar y apoyar a nuestros hijos.”
En la reflexión que el propio Obregón hace, pareciera querer librar a su hijo del estigma de ser familiar de un hombre poderoso, pero que, para llegar a ese lugar, no tuvo el respaldo de una posición elevada y con la experiencia que la vida misma le ha dado, aconseja a su hijo para que destaque por sí mismo y se separe de la protección del grupo de los hijos de poderosos que desde la niñez han recibido todo sin ningún esfuerzo y por ello se sienten superiores y acreedores a una posición elevada, sólo por el hecho de ser hijos de las clases encumbradas. Reza un antiguo refrán “Padre que a hijo consiente, está engordando una serpiente.”
En cambio piensa que aquellos que pertenecen a las clases humildes, están destinados a mirar siempre para arriba, porque todo lo que les rodea es superior al medio que en que se desenvuelven: “…en ese constante esfuerzo por liberarse de la posición desventajosa en que las contingencias de la vida los han colocado, fortalecen su carácter y apuran su ingenio, y logran en muchos casos adquirir una preparación que les permita seguir una trayectoria siempre ascendente.”
Ahora viene a mi mente el caso de los Kennedy; Joseph Patrick era un empresario exitoso que educó a sus hijos para obtuvieran por sí mismos algún estímulo por su trabajo, se cuenta que cuando eran niños: John (futuro presidente de Estados Unidos), Robert y Ted, para ganarse algún dinero tenían que lustrar los zapatos de su padre, a pesar de que en ese entonces la familia tenía una inmensa fortuna. Este caso ejemplifica que hay padres que vivieron en la pobreza y consideran que sus hijos deben esforzarse como ellos para obtener el éxito.
Por eso volviendo a la carta de Álvaro Obregón a su hijo, concluye recomendándole que huya de cualquier vicio, aunque considera que sólo existe un vicio: El exceso. “…Yo conozco casos de muchas personas que de la virtud hacen un vicio, cuando se han excedido en practicarla. Procura siempre no incurrir en ningún exceso y nadie podrá decir que tengas un solo vicio.”
En apuntes para mis hijos, Benito Juárez refiere aspectos de su vida para que sus hijos sepan quién fue su padre y lo recuerden siempre.
Otra carta que recuerdo de otro gran hombre, es la de Isidro Fabela a su hijo Daniel cuando se va a casar, como todo buen padre le hace ver el paso tan importante que está por dar y le ha motivado por la experiencia que le han dado los años le aconseja: “Llegas al matrimonio en los albores de la adultez; todavía no puedes darte cuenta de las responsabilidades morales y materiales que pesan sobre tus hombros. Pero más pronto sabrás que ellas son delicadas y múltiples”, no sólo hereda a uno de sus hijos una de las mayores lecciones de la vida; al leerla nosotros también sentimos que nos hace partícipes de estos consejos. Y esa es la lección que los grandes hombres y mujeres dan a la humanidad, si somos atentos en seguir con atención los hechos de sus vidas.
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