
POR: THELMA MORALES GARCÍA
Hoy dedico estas líneas a un poeta que nació el 6 de septiembre de 1900 en Toluca y murió el 13 de septiembre de 1956 en la misma ciudad, me refiero a Horacio Zúñiga Anaya, de quien tanto se opina, pero del que estoy segura pocos han leído sus obras completas. En la ciudad de Toluca, tenemos una calle que lleva su nombre, precisamente donde se encuentra la que fuera su casa, afortunadamente no la han derribado y se muestra imponente y bien conservada como en los días en los que vivía su antiguo dueño.
Horacio Zúñiga es recordado como poeta, orador y maestro; fue alumno del Instituto Científico y Literario de Toluca, escribió varios libros de poemas como: “Sinfonías”, “Presente”, “Mirras”, “Anfora”, “El minuto azul”, “Zarpa de luz”, “La selva sonora” y “Torre negra”. De este último poemario es al que me referiré en especial, sobre todo porque es muy distinto al resto de sus obras, el lenguaje que utiliza en la mayoría de sus versos tiene una carga de ira; si tal vez este libro es producto de la rabia, pero no por ello deja de tener un gran valor literario. Dicho libro fue publicado por el propio Zúñiga en 1938, y por fortuna la Biblioteca Pública Central Estatal, cuenta con un ejemplar dedicado por el poeta.
En “Torre negra” aparece un texto con las palabras del autor, donde nos explica el motivo de este libro, pero me parece que es más un acercamiento a su persona, en él encontramos a un personaje triste, decepcionado de la vida y con esa ira, que fue el motor que lo impulsó para escribirlo: “Casi desde mi infancia, conocí los amagos de la envidia. Mi juventud… tuvo que abrirse paso a golpes de entusiasmo en el medio noble pero tan incomprensivo, de la provincia. Mis primeros éxitos engendraron mis primeras dificultades. Cada laurel que arrancaban del árbol olímpico mis manos vencedoras, si bien era una corona en mis sienes, trocábase en un látigo sobre mis espaldas, esgrimido por el celo, la ignorancia o el despecho. Y yo que me había imaginado que cuanto más valiera más habría de gozar de la estimación de mis coterráneos, pronto hube de abandonar mi solar nativo, porque la hostilidad ambiente me hizo buscar en la Capital de la República, nuevos, más amables y más anchos horizontes.”
Recordemos que ingresó a la Escuela Nacional de Jurisprudencia y posteriormente sería maestro en la escuela Nacional Preparatoria y en la Normal de México. De regreso a su ciudad natal entró como catedrático en el Instituto Científico y Literario de Toluca, donde impartía Historia y literatura. En el texto de “Torre negra” reconoce que él es tan culpable por lo que le sucede, cuando recuerda que en 1934 tuvo que dejar sus cátedras por dificultades con ciertos personajes a quienes se refiere como “políticos de campanario”.
Su carácter no le permitió tener buenas relaciones con sus contemporáneos como él mismo lo explica: “…yo tengo en gran proporción la culpa de cuánto me acaece… ¡No frecuento cafés de moda; no ofrezco cenas ni banquetes a mis amigos; no invito a tomar la copa ni hago obsequios a los mercenarios de la pluma; no compro a nadie, ni me vendo a ninguno; ni siquiera pertenezco a una sola sociedad de elogios mutuos!… ¡Evidentemente, yo tengo en gran parte la culpa de lo que me pasa!… ¡Por eso, y, sobre todo, porque soy de los que sucumben, pero no claudican; de los que se “quiebran” pero no se doblan! Por eso, no he hecho de este libro una proyección superior de mi venganza, sino una expresión, la más sincera y las más sublime de mi dolor: del dolor que es, a su vez, la más pura, la más noble expresión de la existencia.”
Del libro de poemas “Torre negra” el verso que dedica al “Cuervo”, nos muestra la desolación del autor: “Cuervo:/sudario/del viento;/harapo de tiniebla;/girón de sombra; lúgubre y negro/crespón del firmamento. / Aborto del caos, /pesadilla del averno, /metáfora de Luzbel/o alado pensamiento/del demonio/que va apagando el día y va manchando el cielo.”
Me parece que este libro nos muestra a un Horacio Zúñiga con gran fuerza poética, derivado de esa rabia que se convirtió en motor literario: “…es verdad que todo el odio, la envidia y la incomprensión han sido arrojados contra mí, hasta sepultarme en la más espantosa de las desolaciones; pero, tanta infamia, tanta injusticia, tanta crueldad, no han sido, no serán nunca suficientes para quebrantar la firmeza de mi espíritu, ni para hacerme trocar mi mensaje de belleza y de amor, por la injuria a que tendrían derecho esos impotentes o despechados que no pudiendo volar como las águilas, se consuelan con la voluptuosidad de derribarlas.”
En 1956 un escritor, Eduardo Lebrija y Sánchez, que trabajó con Zúñiga cuando era Director de la Biblioteca Pública, escribió “Los últimos momentos del gran poeta Horacio Zúñiga Anaya” lo siguiente: “el día trece de septiembre nos fueron avisar como a las siete y cuarto; fue Malena (ella que lo cuido tantos años y veía por él cuando se enfermaba) a decirle a Nacho que el maestro paso a mejor vida. Fue velado en el Instituto Científico y Literario, y el día catorce como a las once y media fue sacado, para su última morada. Tomó la palabra el poeta Enrique Carniado, y entre otras cosas dijo: <<Espera hermano que muy pronto estaré contigo>>; al año siguiente también fue hacerle compañía para que no estuviera solo.”
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