Crónica de la nota roja en México

POR: THELMA MORALES GARCÍA

Que especie de morbo mueve a los mexicanos para interesarse en la nota roja y que sin duda alguna, ha sido un tema que ha permanecido en toda la historia de nuestro país, para entenderlo es necesario hacer un recuento sobre lo sucedido en diversas épocas en México, por ello y revisando a algunos autores me encontré con uno a quien le interesó mucho este tema, me refiero a Carlos Monsiváis escritor, periodista y cronista de la ciudad de México.

En 1994 apareció su libro “Los mil y un velorios Crónica de la nota roja en México”, donde Monsiváis nos lleva de la mano por la historia de los momentos más relevantes de la nota roja en nuestro país, desde la colonia hasta nuestros días; en casi doscientas páginas, nos descubre notas como las mencionadas en “El libro rojo” de Vicente Riva Palacio, de donde cita el caso de un rico comerciante que fue asesinado junto con diez familiares y criados en el año de 1790, los cadáveres aparecieron con el cráneo hecho pedazos; el motivo de este brutal acontecimiento fue el robo de 22 mil pesos, poco después colgaron a los tres culpables.

También aparecen narrados los grabados de José Guadalupe Posada, con el caso del famoso bandido el Tigre de Santa Julia, o los corridos como el de Rosita Alvírez, Simón Blanco y El hijo desobediente. Ya entrado el siglo veinte se refiere al asesinato de Álvaro Obregón en el restaurante La bombilla, de San Ángel; el caso de Goyo Cárdenas, el estrangulador de prostitutas (El estrangulador de Tacuba), los hechos sucedieron en 1942; el caso del Pelón Sobera quien asesinó a tres personas, una de ellas porque le gritó “Payaso” en 1952. La nota roja también alcanzó al gremio artístico, por ejemplo, el asesinato del actor Ramón Gay, por el marido de la actriz Evangelina Elizondo y el caso también muy sonado del actor Agustín de Anda, muerto a tiros por el padre de Ana Bertha Lepe, su prometida.

De los periodistas, el asesinato más difundido fue el de Manuel Buendía, quien murió en 1984 por varios tiros asestados en la espalda, en esa época era uno de los periodistas más leídos en nuestro país, y quien investigaba casos relacionados con el narcotráfico, las “irregularidades” en el aparato judicial, entre otros. El caso del magnicidio —como se le llamo en los primeros días— de Luis Donaldo Colosio en 1994, que después se determinaría que el único asesino había sido Mario Aburto. Encontramos el caso de La “Mataviejitas”, mujer que asesinaba a personas de la tercera edad.

En una de la reflexiones que hace Carlos Monsiváis en este libro, tal vez nos da una respuesta al gusto popular por la nota roja: “Desde la década de 1920 los sectores ilustrados o semi-ilustrados condenan las publicaciones de nota roja, no por sus errores (deformación ilimitada de los hechos, manipulación de la ignorancia, prosa de noticieros del fin del mundo, endiosamiento del prejuicio), sino por sus consumidores más notorios, los pobres, a quienes suponen complacidos en su degradación: Eso leen porque eso les da gusto. Son su lectura entre líneas, su falso sentido del escándalo.”

Para la mayoría de las personas, es una forma de ocultar su gusto por estos horrores, a través de la reprimenda y la crítica por la nota roja, pero nuestro autor nos dice que tanto a ricos y desposeídos; la nota roja les atrae casi por igual: “qué se puede esperar del ser humano (sobre todo si vive en la miseria) sino crímenes, robos, bajas pasiones… todo lo que interviene en esa cosmovisión donde la realidad se divide en cuerpos hallados en plena putrefacción y asesinos cínicos y sonrientes, en crédulos y pícaros, en objetos del deseo y sujetos del instinto.” Hoy, como ayer, las notas rojas estarán presentes a ocho columnas en los principales diarios de nuestro país.

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