
| 13 DE ENERO DE 2026 | A casi 6 años y “The social dilemma” sigue sin tener desperdicio |
POR: VÍCTOR MANUEL REYES FERRIZ
Comenzaré por desearles un magnífico año 2026, que llegue cargado de abundancia en todos los aspectos de su vida, grandes proyectos, metas alcanzadas y mucha salud para disfrutar todo aquello que nos espera en los próximos 352 días.
Quiero iniciar este espacio haciendo énfasis en un tema que he tomado como prioritario de manera constante, la necesidad de convertirnos en personas con pensamiento crítico, que seamos seres humanos dedicados a valorar la información que nos llega por todas las vías, especialmente lo que obtenemos por redes sociales ya que, en la gran mayoría de los casos, es información incompleta, sesgada, manipulada o simplemente falsa, la cual, tiene una determinada función para una persona o grupo de personas, de quienes, ni siquiera somos conscientes de su existencia, por lo tanto, mucho menos de lo que buscan obtener con la difusión de dicha información.
Hace algunos años tuve la oportunidad de ver un docudrama intitulado “The Social Dilemma” que actualmente se encuentra contemplado en el catálogo de Netflix y que es un ejemplo claro de esto, el peligro que representa el uso de las redes sociales sin ser conscientes de que estamos entrando en un juego, donde el perdedor está claro, somos nosotros ya que, se vuelve una competencia voraz entre las plataformas para ver quien logra mantenernos frente a la pantalla de nuestro smartphone pero sobre todo dentro de su aplicación, porque eso hará que sus ingresos se multipliquen.
El docudrama está dirigido por el antropólogo y cineasta neoyorkino Jeff Orlowski-Yang quien, en los próximos días cumplirá 42 de edad, lo que lo sitúa en la generación Milennial, también denominada “Generación Y”, contando con un grupo generacional que está delimitado del año 1981-1996, siendo esta generación un punto coyuntural entre lo analógico y lo digital ya que, su infancia la disfrutaron sin las ataduras del internet y mucho menos de las redes sociales; empero, su adultez está ampliamente marcada por la omnipresencia de lo digital en el mundo que les rodea. El panorama educativo que les fue impuesto cumplía el discurso de la movilidad social vía educación, aunque ingresaron al mercado laboral en contextos de crisis económicas recurrentes, especialmente la del 2008, que provocó una precarización laboral, inflación, vivienda inaccesible en muchos países, que reforzó su globalización cultural y sobre todo una valoración más equitativa entre el trabajo y en los proyectos personales, más allá del salario, pero con una clara postura al rechazo del modelo laboral rígido y jerárquico; por otro lado, su apertura a la diversidad cultural, sexual y de género, así como una desconfianza relativa hacia las instituciones tradicionales (gobiernos, corporaciones, religiones), aunque no necesariamente rechazo total, o bien, un menor acceso a la propiedad inmobiliaria y una estabilidad financiera a pronta edad, son factores que moldean una generación con una clara preocupación por los temas ambientales, de sostenibilidad, a una ética en el consumo y una distintiva tendencia a cuestionar el uso de las tecnologías por lo que respecta a la privacidad, transparencia y la ética.
Es en este último concepto en que quisiera enfocarme principalmente. Jeff Orlowski-Yang ha mostrado desde sus primeros trabajos esta clara tendencia a participar en el mundo con proyectos que nos hagan poner en tela de juicio nuestra propia ética, nuestro actuar, nuestro pensar y por supuesto nuestra injerencia en el mundo que habitamos. Su primer proyecto se intituló “The last Good man” en el que participó con la fotografía en el 2006; empero, su primera participación como director se dio en el mediometraje llamado “The Strange Case of Salman abd al Haqq” tan solo un año después, y tuvieron que pasar 5 años para que lanzara su primer documental denominado “Chasing Ice” y otros cinco más para que en 2017 nos regalara “Chasing Coral”; empero, me parece que en el 2020 nos da una cachetada de realidad brutal con “The Social Dilemma”, no solo porque nos está haciendo crear conciencia sobre la información que “consumimos”, sino porque nos restriega en la cara y sin pudor alguno, que somos sumamente tontos y caemos en un juego donde no hay posibilidad de salir vencedores. A base de entrevistas a personajes muy importantes en la construcción y divulgación de las diferentes redes sociales, nos presenta el escenario crudo y real de lo que, desde 2004, somos producto, si, SOMOS UN PRODUCTO para esta nueva forma de comercio, porque nos deja un comentario sumamente interesante cuando en una de las múltiples apariciones de Tristan Harris quien fungió como Diseñador Ético de Google, nos dice: “Si no estás pagando por el producto, entonces tú eres el producto.”, y es más que cierto, la nueva modalidad de negocio a través de estas plataformas es la publicidad que nos reventamos en cada momento al estar scrolleando nuestros móviles o cualquier dispositivo digital, y tal vez ese pueda ser uno de los problemas menos graves, lo preocupante viene detrás de la promoción del consumismo.
Desde hace muchos años hemos escuchado a una parte de la población el externar su preocupación por la tendencia que tenemos a comprar la mayoría de los seres humanos, y aunque en parte comparto su idea, lo que si no puedo dejar de aceptar es que el mundo empresarial ha dictado el comportamiento en las adquisiciones, tanto personales como colectivas, con base en la creación de necesidades, las cuales, van desde las básicas como la alimentación, hasta unas verdaderamente incomprensibles (al menos para mi) como lo es la “aceptación de los demás a través de likes”, y esto nos ha llevado a que cada vez sean menos las prioridades que cada persona tiene en su vida; es decir, al estar tan inmersos y sumergidos en ese intentar pertenecer a cierto grupo social, hemos hecho a un lado por completo nuestras propias ideas, nuestros anhelos, sueños y peor aún, nuestra identidad, por lo tanto, claro que es preocupante que un puñado de personas tengan la posibilidad de influir en tantas otras como les dé la gana, y esto, es lo que ha pasado, y cada día con mayor peso, desde el surgimiento de las redes sociales por allá del no tan lejano 2004 cuando escuchamos por primera ocasión de Facebook.
A partir de aquel momento, diferentes empresas o marcas, pero con los mismos objetivos, comenzaron a surgir como Youtube (2005), Twitter (2006), Twitch (2008), Whatsapp (2009), Instagram, Pinterest y Snapchat (2010), Google+ (2011) o TikTok (2016), entre muchas otras; empero, estas han sido las más relevantes en captar la atención del público de las diferentes generaciones y con ello viene el tema de influir en las masas, y es aquí, donde cabe otro de los mensajes fuertes del docudrama cuando Justin Rosenstein quien fue Ingeniero de software en Facebook y co-creador del botón “Me Gusta” dice “Lo aterrador… es ver que ahora somos el árbol, ahora somos la ballena. Somos más rentables si miramos mucho una pantalla que si pasamos ese tiempo viviendo una vida plena.”, siendo una gran premisa porque perdemos nuestro tiempo sin darnos cuenta y mientras lo hacemos, grandes empresas aprovechan para que pensemos que lo que me están anunciando, es exactamente lo que necesito, lo que me urge tener y esto podría incluso, ser lo de menos, lo verdaderamente preocupante es la manera en que algunas compañías o gobiernos arrojan ideas en estas redes sociales para implantarnos pensamientos totalmente diferentes a los que tenemos, según nuestras convicciones, y poco a poco comenzar a validar estas imposiciones, y nuevamente considero oportuno otro comentario que sale a la luz en dicho docudrama, en esta ocasión por conducto de Tim Kendall que era el encargado de la Dirección de Monetización en Facebook y expresidente de Pinterest, quien comenta “¿Qué es lo que más me preocupa? Creo que, a muy corto plazo, una guerra civil.”, y para muchos podría escucharse extremo, fantasioso, incluso bastante fatalista; empero, solo basta recordar lo sucedido precisamente en Facebook en el año 2016 cuando el gobierno ruso gracias a la difusión de mensajes divisivos e incendiarios en internet con la finalidad de avivar la indignación de los norteamericanos interfirió en las preferencias electorales, de hecho, para el 2024 se acusó de la intervención no solo de Rusia, sino de China e Irán; sin embargo, aún no se ha podido constatar, lo que si es cierto, es que cada vez la injerencia es mucho más personalizada y difícil de rastrear.
Paremos por un segundo e intentemos hacer una reflexión totalmente personal para cuestionarnos lo siguiente: ¿qué tanto de lo que pienso sigue siendo completamente mío?, ¿cuánto de lo que creo forma parte del pensamiento de alguien más?, ¿estoy realmente convencido de lo que publico en redes sociales?, ¿cuántas horas de mi día, dispongo para entrar a redes?, ¿hace cuánto tiempo no tengo una conversación con otro ser humano frente a frente sin mirar una sola vez mi teléfono?, en fin, podríamos hacer muchas más; empero, lo importante es estar conscientes de lo que hacemos en cada momento y para poner un ejemplo del cómo hemos normalizado, permitido y peor aún fomentado el que las diferentes redes sociales influyan en nuestro comportamiento, les reto a que digan la frase “como quisiera poder comprar una bicicleta” ni siquiera frente a su teléfono, solo basta con que esté en un radio cercano, que de inmediato en sus redes sociales empezarán a salir anuncios de bicicletas, descuentos, marcas ultra reconocidas de bicicletas, videos de bikers, rutas y campamentos para acudir, pero ya convertimos esa actividad en una acción rutinaria, el aceptar que estamos siendo vigilados, escuchados, grabados y de hecho, utilizados como moneda de cambio para que nos vendan al mejor postor, y si no te llega por la vía de una red social, te garantizo que recibirás hasta correos electrónicos de empresas que venden viajes donde se pueden practicar recorridos en bicicleta o senderismo, y poco a poco llegará información sobre cualquier actividad, producto o servicio que tenga que ver con la bicicleta aunque sea sumamente remoto.
Finalmente. Durante décadas hemos ido haciendo a un lado, por no utilizar la palabra de enterrado, lo que el pensamiento socrático perpetuó en la sociedad, la ética y la moral, hemos comenzado un declive en los límites de nuestras acciones que ahora permitimos lo que hace algunos años condenábamos y también existe el dicho de “cambiar de opinión es de sabios”, totalmente correcto; lo que considero completamente fuera de lugar es el cambio de convicciones, a eso, se le llama traicionarnos.
DATO CULTURAL.
Un día como hoy en 1610 en Venecia, Italia, el gran hombre de ciencias, Galileo Galilei, descubre “las lunas de Júpiter”. En un primer momento aseveró «Y por tanto yo concluí, y decidí sin dudarlo, que existen tres estrellas en los cielos que se mueven alrededor de Júpiter…”; sin embargo, no recibirían sus nombres actuales sino hasta 1614 por el también astrónomo Simon Marius quien las determinó “Ío”, “Gaménides”, “Europa” y “Calisto”, siendo esta última la tercera luna mas grande del sistema solar, al contar con 4,900 km de diámetro; en 1898 en París, Francia, el gran escritor, novelista, teórico y máximo representante del naturalismo francés, Émile Édouard Charles Antoine Zola, mejor conocido como Émile Zola, publica en primera página, a ocho columnas, su famoso ensayo denominado “J’accuse…!” (Yo acuso) en el diario L’Aurore. El contenido de este documento es una carta dirigida al presidente francés Félix Faure detallando las injusticias en el proceso judicial de Alfred Dreyfus; en 1930 en Nueva York, Estados Unidos, aparecería por primera ocasión, la tira cómica del ahora ratón más conocido en el mundo, Mickey Mouse. Esto sucedió gracias a que la King Features Syndicate le solicitara una licencia a Walt Disney para la publicación de una serie de tiras, dónde, Minnie Mouse se convertiría en el primer personaje en acompañarlo.
Espero tus comentarios en el correo vmrf@aperturaintelectual.com y recuerda que, en este espacio, las críticas no sólo son bienvenidas, SON NECESARIAS.
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