Por: Jonathan Hellwig Guerra
Antes de comenzar este artículo, te tengo una propuesta. “Acude a cualquier evento cultural sin pretensiones, te puedes llevar una grata sorpresa”.
Si cerramos el 2025 mirando únicamente las estadísticas de la taquilla; sobre todo de diciembre, el panorama parecería desolador. Los gigantes de la animación y el terror franquiciado acaparan las pantallas, mientras nuestra cinematografía nacional lucha por retener un 4.5% del mercado. Es un golpe de realidad brutal, las producciones mexicanas son testigos de cómo sus propuestas atrevidas y necesarias, salen de salas rápidamente.
Sin embargo, rendirse ahora sería un error. Si cambiamos el enfoque y miramos más allá de la recaudación inmediata, descubriremos que el cine mexicano no está moribundo; paradójicamente, vive su momento creativo más vibrante.
La Contradicción que es más una Paradoja.
Nos enfrentamos a una contradicción fascinante donde los números ocultan una verdad: el 2025 rompió récords. Con más de 110 largometrajes nacionales estrenados, superamos incluso la mítica «era prepandémica” de 2019. La maquinaria creativa está trabajando a marchas forzadas.
El diagnóstico es claro: no padecemos cine, sino una desconexión con el público. Y es precisamente en esa brecha donde reside nuestra mayor oportunidad.
Validación global, desafío local
Mientras la taquilla local se resiste, el mundo nos aplaude. El talento nacional está obteniendo una legitimidad artística en el extranjero que los millones de los blockbusters no pueden comprar. El caso del yucateco Víctor Rejón, llevando su cortometraje desde el sureste hasta la antesala del Óscar, pasando por Guadalajara y Morelia, es prueba de ello. Directoras como Lau Charles, Gigi Saul Guerrero y Mariana Mendivil están conquistando festivales internacionales, demostrando que nuestras historias tienen una resonancia universal. Experiencias genuinas como «Soy Frankelda» demuestra que la calidad y el corazón (en un stop-motion de primer nivel) sí convocan.
Debemos recordar la raíz de nuestro oficio. En una era donde la industria global parece priorizar «marcas» sobre narrativas, el cine mexicano tiene la obligación de ser arte. El arte posee una capacidad transformadora de la conciencia colectiva que ninguna secuela de superhéroes logrará jamás.
El llamado a la acción para el 2026
A los creadores —guionistas, directores, productores— les digo: no permitan que la butaca vacía los paralice. Entiendan que la audiencia no está desapareciendo, está evolucionando. Inspírense en fenómenos como «Radical», que en 2023 logró mover la aguja nacional tocando fibras sensibles y generando más de 150 mdp en taquilla.
El desafío para el 2026 no es replicar los modelos de las grandes productoras, es recuperar la capacidad de asombro. Tenemos las herramientas, el reconocimiento internacional y un volumen de producción histórico. Ahora, debemos reconquistar la confianza de nuestra gente con historias que, siendo profundamente nuestras, sean universales y rompan estereotipos.
El cine es la memoria viva de nuestro tiempo. Si renunciamos a contar nuestras propias historias, ¿dejaremos que una franquicia extranjera narre quiénes somos?
¡Corte y queda! La orden es seguir filmando. Y a ti, lector, la invitación final: ve al cine y elige la primera película mexicana que encuentres en cartelera.
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