Por: Susana Dumit Garciarreal
Mi hijo llegó a transformar mi vida.
Con él aprendí un lenguaje que no necesita palabras: el lenguaje de las miradas, de la conexión silenciosa, de la presencia verdadera.
Ojalá nos diéramos la oportunidad de detenernos más seguido, de volvernos observadores sin juicios, de abrir el corazón y sentir más… para pensar menos.
Que estos momentos no tuvieran que llegar solo cuando la vida nos detiene de forma drástica, a través de un evento difícil, un malestar físico o el desborde mental o emocional.
Esta reflexión me llegó en estos días en los que he pasado más tiempo en casa, disfrutando de lo simple y dejando el estrés a un lado. No porque no tenga temas por resolver —los tengo—, sino porque así se dio la vida.
Y en medio de eso, me he permitido sentir la calma mental que trae un cambio de rutina, experimentar tranquilidad a pesar de los problemas y llenarme de energía incluso con el cansancio físico.
Si tuviera que nombrar lo que he sentido en estos días, sería una sola palabra: plenitud.
Nos han enseñado a mirar siempre hacia el futuro, buscando lograr algo más. Y eso no está mal, mientras no nos perdamos en esa búsqueda.
Porque el futuro es incierto, el pasado ya no existe… y lo único que realmente tenemos es el ahora.
Enseñemos a nuestros hijos a vivir así: con más amor, más empatía, más gratitud y una presencia verdadera.
Gracias, hijo, por estos maravillosos 15 años
“Recuerda que algunas veces los milagros, son personas”
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