Por: Ligia Pérez García
En el número anterior de esta revista, reflexionamos sobre los duelos que acompañan las distintas etapas de la vida: aquellos cambios que implican dejar algo conocido para abrir paso a nuevas formas de ser y de relacionarnos con el mundo. Comprendimos que el duelo no se limita a la muerte de un ser querido, sino que aparece cada vez que enfrentamos una pérdida significativa, incluso cuando ésta forma parte natural del desarrollo humano.
Si miramos con atención, descubrimos que las primeras experiencias de pérdida no ocurren en la adultez, ni en la vejez, sino mucho antes, durante la infancia. En esta etapa el niño comienza a transitar pequeños pero profundos duelos que, aunque muchas veces pasan inadvertidos para los adultos, tienen un papel fundamental en la construcción de su mundo emocional.
La infancia no es solo una etapa biológica, es un territorio simbólico. En ella habita la sensación de seguridad absoluta, la dependencia protegida, la fantasía de omnipotencia.
Al crecer, el niño enfrenta pequeñas pero significativas pérdidas:
• La pérdida de exclusividad con los padres. Durante los primeros años de vida, el niño vive una relación profunda y cerrada con sus figuras de cuidado, sin embargo, conforme la familia crece o la dinámica familiar cambia, el niño experimenta la pérdida de esa exclusividad.
• La entrada a la escuela y la separación. La entrada de la escuela implica una separación física y simbólica de los padres, el niño se enfrenta a un entorno completamente nuevo, con reglas distintas y personas desconocidas que puede generarle reacciones emocionales, que no necesariamente indican un problema sino que reflejan la elaboración de un duelo por la pérdida de seguridad que brindaba su hogar.
• La caída de figuras idealizadas. Los niños suelen percibir a sus papás como figuras perfectas, fuertes, sabias y capaces de resolver cualquier problema. Con el paso del tiempo el niño comienza a descubrir que los adultos se equivocan y que no siempre pueden cumplir lo prometido y este descubrimiento puede generarles decepción y/o confusión que es la pérdida de esa imagen idealizada.
• El descubrimiento de límites y frustraciones. Los niños en las primeras etapas experimentan la sensación de que sus deseos deben cumplirse inmediatamente, a medida que crecen, comienzan a encontrarse con límites, reglas, normas que pueden causarle frustraciones y la pérdida de gratificación inmediata.
Estas experiencias pueden generar ansiedad, miedo o conductas regresivas. No son “berrinches sin sentido”, muchas veces son expresiones de un duelo por la pérdida de la seguridad conocida.
Aunque estas experiencias pueden resultar difíciles, son fundamentales para el desarrollo de la tolerancia a la frustración, la regulación emocional y la construcción de una personalidad más madura.
Las pérdidas que vive el niño muchas veces no son reconocidas como duelos, ya que forman parte del crecimiento natural del niño, sin embargo, validar sus emociones, escuchar sus inquietudes y ofrecer seguridad afectiva son elementos fundamentales para que el niño pueda elaborar estos cambios de manera saludable. Cuando no se acompaña emocionalmente, el niño aprende a reprimir en lugar de elaborar.
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