Reír llorando

POR: THELMA MORALES GARCÍA

Cuando era niña, mi madre me leía una y otra vez el poema que se refería al payaso Garrik, actor de Inglaterra; escrito por Juan de Dios Peza (1852-1910) a quien José Luis Martínez en su libro “La expresión nacional”, lo describía como  el poeta de los niños. Reconocido poeta, Juan de Dios fue discípulo de Ignacio Manuel Altamirano y gran amigo de Manuel Acuña.

En ese entonces no tenía ni la más remota idea de que el autor de este poema, lo había dedicado por admiración y amistad a un extraordinario payaso considerado el más grande de México de todos los tiempos. Pero el payaso no se llamaba Garrik, su nombre real era Ricardo Bell, nacido el 10 de enero de 1858 en Deptford, Inglaterra.

La Troupe Bell, era una compañía familiar que debutó en nuestro país en el Circo Chiarini (Daniel Cosío Villegas en su “Historia moderna de México” el espectáculo del circo italiano que arribó al país al mismo tiempo que Maximiliano de Habsburgo y entretuvo a la sociedad en medio de momentos políticos y sociales difíciles, convirtiéndose en una de las compañías circenses que hicieron del XIX el siglo de oro para este tipo de representaciones en el mundo) en 1873 y desde ese tiempo hasta 1911, realizaron espectáculos circenses en México.

Durante más de treinta años Ricardo Bell se convirtió en el clown más destacado y en 1881 se integra al Circo Metropolitano de los hermanos Orrin, quienes en 1894 se establecerían en lo que hoy conocemos como el Teatro Blanquita. También se destacó como empresario circense, y en 1906 inaugura el Gran Circo Bell en la ciudad de México en Av. Juárez en el terreno que más tarde se edificaría el Hotel del Prado, en su compañía él era el principal actor y sus trece hijos (tuvo 22 hijos, pero algunos murieron, fue su esposa Francisca Peyres de origen español): Ricardo, Celia, Alberto, Eduardo, Carlos, Nelly, Willie, George, Sylvia, Judith, Estella, Óscar y Arturo

Las crónicas de la época porfiriana, relatan que sus puestas en escena eran dignas de la realeza: “Las producciones se volvieron cada vez más extravagantes e incluían La Cenicienta, con su glorioso vestuario, representaciones de Napoleón, Garibaldi y La Reina Victoria, interpretadas por niños de cuatro o cinco años, la magia de Aladino y su lámpara maravillosa, Noches en Pekín y La Feria de Sevilla. Quizá el número más fastuoso haya sido el que llevaba por nombre Acuática, pues dejaban atónito al público las cascadas de agua que llenaban el escenario, formando un lago suficientemente grande para acomodar varias góndolas, y todo iluminado por luces de colores.”

Pero siempre la presencia del payaso Bell era quien suscitaba el mayor entusiasmo y recibía las más profusas alabanzas en los diarios: «El circo sin Bell sería como Hamlet sin el príncipe de Dinamarca.»

Durante un par de meses en el año, el Circo realizaba giras por distintos puntos de la República Mexicana: comenzaban en Guadalajara e incluían León, Saltillo, San Luis Potosí, Aguascalientes, Guanajuato, Torreón, Gómez Palacio, Silao, Irapuato, Celaya, Zacatecas, Piedras Negras, Chihuahua, Ciudad Juárez, Toluca, Pachuca, Real del Oro, Durango, Colima, Mazatlán, Rositas, Río Verde, Monterrey, Laredo, Tampico, Atotonilco, Monclova, Oaxaca, Puebla, Jalapa, Orizaba, Veracruz y, finalmente, Progreso y Mérida.

Con la Revolución Mexicana, Ricardo Bell se traslada con su familia a Nueva York, donde enferma y fallece el 12 de marzo de 1911 a los 53 años, es ahí donde reposan sus restos. Gracias al poema de Juan de Dios Peza, podemos imaginar el dolor que escondió detrás de su sonrisa. Sin duda sigue siendo uno de mis poemas favoritos.

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