
POR: THELMA MORALES GARCÍA
Este año se conmemora el Centenario del natalicio de Rosario Castellanos, y se han realizado infinidad de actividades sobre su vida y obra. En el Colegio de San Ildefonso se abrió una exposición con el archivo personal de la escritora, misma que estará abierta hasta el 24 de agosto. Se le considera una de las escritoras más importantes de la literatura mexicana del siglo XX.
“Un Cielo sin Fronteras. Rosario Castellanos: Archivo inédito”, muestra el lado más íntimo relacionando cada objeto de la exposición con su obra literaria y los temas que a ella más le interesaban como los derechos de las mujeres y de los pueblos originarios de nuestro país.
Todo ello, me hizo recordar lo que mi querida maestra Dolores Castro (1923-2022), escribió sobre su amiga para preparar un homenaje realizado en 2013; sus palabras me fueron enviadas en ese entonces, mismas que comparto en este texto.
Dolores Castro hablaba de Rosario Castellanos como parte de su familia, fue su amiga, confidente, hermana, maestra. Sus recuerdos hablan de cuando la conoció: “Hacia el año de 1941, en el Colegio Luis G León y en tercer año de Secundaria, conocí a Rosario Castellanos. Desde entonces la admiré como compañera. Un año después, ya en la preparatoria iniciamos nuestra amistad. Primero coincidíamos en el amor a la vida provinciana que habíamos conocido bien cuando éramos niñas. Pronto intercambiamos nostalgias de sabores, aromas, descripción de paisajes y personajes amados. Desde entonces hasta su muerte ella fue para mí maestra por su sabiduría, y la hermana generosa que compartió conmigo libros, viajes, conocimientos, alegría y gracia.”
Una de sus obras más conocidas y leídas, es su novela «Balún Canán» publicada en 1957; dicha obra se le considera autobiográfica, pues su infancia transcurrió en Comitán, Chiapas, donde estaba rodeada del mundo indígena y donde su padre poseía extensiones de tierra.
De ello también nos habla Dolores Castro, dando testimonio de cómo su amiga la contagió de su amor por el lugar donde nació: “Me invitó a Chapatengo, un rancho ganadero, que sobrevivió al reparto agrario entre todas las haciendas que poseía don César Castellanos, su papá. Rosario me invitó a conocer Comitán en el mes de diciembre. Para mí que sólo tenía experiencia de transitar por tierra desértica en mi infancia, o de carros y ruido en una ciudad sin más horizonte que edificios, Chapatengo fue como la anticipación del paraíso terrenal: por ejemplo, no se anunciaba la lluvia con gotas, sino caía torrencial y transparente una especie de diluvio que no parecía tener fin; pero de pronto, también sin preámbulos la caída cesaba.”
Otra de las anécdotas que la maestra Dolores recordaba con gran cariño y que muestra la gran generosidad de Rosario, es el viaje que hicieron juntas a Europa: “Pero el viaje más importante fue a Madrid en 1950-51. Rosario tenía una beca española, y me invitó a compartirla con ella. Viajamos en ínfima clase, y aún así fue un viaje maravilloso. Embarcamos en Veracruz, y después de un mes de travesía desembarcamos en Barcelona. Vivimos durante un año escolar en Madrid, en una residencia para estudiantes mujeres…”
Juntas disfrutaron de ese tiempo que extendieron los más que pudieron, aprovechando cada minuto de su tiempo libre para recorrer lugares que les interesaba: “En la universidad Complutense Rosario llevó materias de filosofía y ambas tomamos Estilística con el maestro Carlos Bouzoño. Caminábamos desde la calle de nuestra residencia todos los días, ida y vuelta, conversando, conversando. Viajamos al salir de España atravesando la provincia francesa, y recorrer Alemania, Austria en tren, viajábamos en tercera clase por las noches, visitábamos las ciudades, los museos, queríamos guardar todo en la memoria, conocer, aprovechar el tiempo.”
Rosario Castellanos y Dolores Castro, disfrutaron de su juventud y después con los años cada quien formó su familia, paralelamente hicieron su carrera de escritoras y poetas. Continuaron siendo amigas entrañables hasta aquél fatídico siete de agosto de 1974, en Tel Aviv, Israel donde estaba como embajadora, a consecuencia de una descarga eléctrica falleció a los 49 años. Su obra literaria sigue siendo un referente para las nuevas generaciones, por ello el mejor homenaje que le podemos hacer, es seguir leyendo sus libros: “Balún Canán”, “Poesía no eres tú”, “Álbum de familia”, entre otros.
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