Por: Jonathan Hellwig Guerra

Antes de comenzar este artículo, te tengo una propuesta. “Acude a cualquier evento cultural sin pretensiones, te puedes llevar una grata sorpresa”.
Cierra los ojos e imagina ese sentimiento inigualable…amor. Probablemente tu mente proyecte una secuencia que sale de cualquier guion cinematográfico: un beso bajo la lluvia, una carrera desesperada, un arribo al aeropuerto antes de que despegue el avión, o una reconciliación apasionada con música instrumental de fondo.
Si sucedió, te tengo una mala noticia, estás recordando una película.
Esto nos lleva a una pregunta incómoda que rara vez nos atrevemos a formular en voz alta: ¿El amor que sentimos es genuino, o simplemente estamos repitiendo un guion inculcado durante más de un siglo?
El Cine como Fábrica de Emociones
El cine, es una fábrica de sueños y de expectativas irreales. Nos ha vendido la idea del «amor romántico» como un producto terminado, empaquetado en 90 minutos, donde el conflicto es solo un obstáculo narrativo para llegar al inevitable final feliz. De mujeres y hombres irrepetibles y en ocasiones, casi perfectos.
El problema es que, en la vida real, no hay elipsis. No podemos cortar a la siguiente escena cuando la conversación se vuelve aburrida, cuando hay que pagar las facturas o cuando la rutina se instala en el sofá un martes por la noche.
Al comprar el cliché cinematográfico, nos hemos vuelto intolerantes al día en día de pareja, donde paradójicamente, reside la verdadera intimidad, es decir, sin efectos especiales, sin diálogos ingeniosos, monólogos emotivos de tres minutos y escenas con el contexto suficiente para el perdón.
El cine nos muestra toda una vida en 90 minutos, la realidad el amor y su cuidado llevará más tiempo.
¿El amor es una mentira? No. El amor es real, visceral y profundo. Pero vivirlo es «sin edición», con aceptación y en tiempo presente. Es un plano secuencia atemporal, a veces tedioso, a veces silencioso, sin banda sonora e iluminación perfecta.
En este mes del amor te invito a ver una película para obtener ideas, no para pretender realidades. El amor es presente y no una película; es el que sobrevive cuando se apagan las luces, se acaban las palomitas y te das cuenta de que, afortunadamente, la vida no tiene guion.
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