El amor en tiempos de guion: ¿Sentimiento real o efectos especiales? Parte 2

Por: Jonathan Hellwig Guerra

Antes de comenzar este artículo, te tengo una propuesta. “Acude a cualquier evento cultural sin pretensiones, te puedes llevar una grata sorpresa”.

Léase bien y con cuidado. No pretendo hablar mal del cine y su narrativa, al contrario, pretendo siga siendo el vehículo para conectar con nuestras emociones, pero viviendo el amor con la realidad que se merece. Que el cine propicie esa mezcla de melancolía y esperanza, los suspiros largos y correr bajo la lluvia para detenerte en un aeropuerto.

Bioquímica y Pantalla

El cine comprime en 120 minutos lo que en la vida real tarda años en construirse, generando un choque concentrado de neurotransmisores:

  1. Dopamina: En la escena de Orgullo y Prejuicio (2005), cuando Mr. Darcy camina entre la niebla hacia Elizabeth, seguramente segregamos dopamina, asociada con el placer y la recompensa. Esta euforia muy proyectada en salas que enseña que el amor es siempre esa reacción eléctrica.
  1. Oxitocina: Cuando Jack se sacrifica por Rose en la tabla de Titanic, liberamos oxitocina, la hormona de la empatía y la confianza- Con personajes y su sacrificio heroico.
  1. Adrenalina: Las peleas apasionadas que terminan en reconciliación, total adrenalina. Si no hay drama, si no se late a mil por hora, no es amor.

La Rápida Definición del Amor.

El cine nos vende el amor como un estado permanente de alteración hormonal. Nos vende el «felices para siempre» con la dopamina en clímax o en el enamoramiento. Pero, ¿después de los créditos?. Es decir, en la vida real, la dopamina baja, la rutina llega y ahí, nos vamos a negros; momentos que suceden en una relación.

El amor romántico, tal como lo conocemos hoy, es un cliché sostenido por la industria cultural que sabe exactamente qué botones presionar en tu corteza cerebral. Les encanta mostrarnos la intensidad (el pico químico) en lugar de la intimidad (la construcción sostenida).

No se trata de dejar de ver comedias románticas, sino de verlas como lo que son: ciencia ficción emocional.

El amor real no es el pico de dopamina de un primer beso bajo la lluvia artificial. El amor real es biológicamente más tranquilo. Es la serotonina de la calma, la estabilidad de saber que alguien está ahí cuando la música de fondo se detiene.

Mientras el cine dura dos horas y vive de la euforia, el amor real requiere más tiempo. Afortunadamente, para quienes lo deseamos, sobrevive incluso cuando se acaba la función y se encienden las luces.

Así que a tomar las artes como lo que son, un agente de inspiración y reflexión, no como un ideal de pretensiones y exigencias.

Sígueme en mis redes

Sigue Apertura Intelectual en todas nuestras redes:

Te invitamos a que califiques esta información.

ENTRADAS RELACIONADAS

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.