
| 10 DE ENERO DE 2026 | La basura que generamos y… que preferimos no ver |
POR: VÍCTOR MANUEL REYES FERRIZ
¿Te ha pasado que, en ocasiones, tienes más preguntas que respuestas? Hay conceptos que se vuelven tan cotidianos que dejamos de analizarlos, maquinarlos o pensarlos, la basura es uno de ellos. Todos los días la generamos, la embolsamos, la sacamos a la banqueta y, “casi por arte de magia”, desaparece; empero, rara vez nos preguntamos qué significa realmente ese acto repetido millones de veces por cada ser humano en el planeta, y mucho menos, reflexionamos sobre su dimensión real, su costo económico, su impacto ambiental o, peor aún, sobre la responsabilidad que nos corresponde como sociedad.
La basura es, en esencia, el reflejo más honesto de nuestra forma de vivir. Cada envoltura, cada caja de cartón, cada botella de plástico y cada alimento que tiramos hablan de nuestros hábitos de consumo, de nuestra relación con los recursos y de la facilidad con la que convertimos lo útil en desecho. A nivel mundial, los seres humanos generamos más de dos mil millones de toneladas de residuos sólidos urbanos cada año, una cifra tan grande que resulta casi imposible de imaginar, pero que cobra sentido cuando entendemos que cada habitante del planeta produce, en promedio, cerca de un kilogramo de basura diaria. He de confesar en este punto que, el haber pensado en este tema me hizo reflexionar sobre la gran carga que, en lo personal, puedo ser como consumidor y generador de basura y que a partir de ahora seré más consciente, pero, sobre todo, evitaré en mayor medida aportar kilos a la generación de desechos.
Ese kilogramo, multiplicado por más de ocho mil doscientos treinta millones de personas, según información publicada en el sitio Worldometer que, por cierto, se encuentra más actualizado al último informe de la Organización de las Naciones Unidas del 2024 donde marcaba una población mundial de poco más de 8,2 billones de personas; se transforma en una montaña que no deja de crecer, porque no se trata únicamente de residuos inertes; se trata de alimentos desperdiciados, de papel innecesario, de empaques excesivos y de una cultura del “usar y tirar” que hemos normalizado como si el planeta tuviera una capacidad infinita para absorber nuestros excesos, y vivimos bajo la falsa premisa de que siempre habrá un “después”, “un mañana” o “un lugar lejano” donde nuestra basura deje de ser problema.
Cuando aterrizamos este fenómeno global en México, las cifras dejan de ser abstractas y se vuelven incómodamente cercanas. De acuerdo con datos oficiales de la SEMARNAT, publicado en el año 2020, en nuestro país se generan entre 108 mil y 120 mil toneladas de residuos sólidos urbanos cada día, lo cual, significa que, cada mes, México produce aproximadamente entre 3.2 y 3.6 millones de toneladas de basura. De tal suerte que, al año, la cifra ronda los 40 millones de toneladas, una cantidad que por sí sola debería obligarnos a replantear nuestra forma de consumir.
Si movemos estos números al terreno de la población en México que fue registrada en el Censo de Población y Vivienda 2020 del INEGI, donde se contabilizaron 126,014,024 habitantes, el resultado es contundente: cada mexicano genera, en promedio, entre 0.9 y 1 kilogramo de basura al día, planteado de otra manera, cada uno de nosotros aporta alrededor de 30 kilogramos de residuos al mes y más de 350 kilogramos al año. Es una carga individual que, en conjunto, se convierte en un problema estructural.
Ahora bien, la basura no solo ocupa espacio físico; ocupa también un espacio considerable en los presupuestos públicos, ya que, recolectarla, transportarla, procesarla y disponerla de manera adecuada cuesta dinero, mucho dinero. El servicio de limpia es, en la mayoría de los municipios del país, uno de los rubros más caros de la administración pública local, aunque paradójicamente uno de los menos valorados por la ciudadanía.
Diversos diagnósticos coinciden en que los gobiernos municipales destinan entre el 10 y el 20% de su presupuesto operativo a los servicios de recolección y manejo de residuos, lo que significa que, en términos absolutos, se estima que el costo promedio de recolectar y disponer una tonelada de basura en México oscila entre 500 y 1,200 pesos, que, por supuesto varía dependiendo de la región, la infraestructura disponible y la distancia a los rellenos sanitarios.
Si tomamos una cifra conservadora de 800 pesos por tonelada y la multiplicamos por los aproximadamente 40 millones de toneladas que se generan al año, el resultado es alarmante: alrededor de 32 mil millones de pesos anuales destinados únicamente a manejar nuestra basura, y esta cifra no contempla inversiones en nuevos rellenos sanitarios, remediación ambiental, cierre de tiraderos a cielo abierto ni los costos indirectos asociados a la contaminación del suelo, el agua y el aire. Únicamente para contrastar estas cantidades de manera visible, recordemos que la presidenta Sheinbaum hace tan solo siete días, anunció el “Plan de Inversión en Infraestructura para el Desarrollo con Bienestar”, en el cual, anunció que tan solo en este año, se destinarán 722 mil millones de pesos en infraestructura que es equivalente al 2% del Producto Interno Bruto (PIB) del país, dicho esto, si hacemos una simple regla de tres, podemos entender que el costo del ciclo completo de la recolección – disposición de nuestros residuos es equivalente al 0,09% de ese mismo PIB.
El gasto que se ejerce no se limita al ámbito municipal, ya que, los gobiernos estatales y el federal, también destinan recursos a programas de gestión integral de residuos, normatividad ambiental, infraestructura regional y atención a contingencias derivadas de una mala disposición final; en conjunto, el manejo de residuos representa una carga económica creciente que compite directamente con recursos que podrían destinarse a educación, salud, seguridad o infraestructura urbana; empero, para dimensionar realmente el impacto económico de la basura, es indispensable llevar la discusión al terreno individual, por lo que, si dividimos esos 32 mil millones de pesos anuales entre los más de 126 millones de habitantes del país, cada mexicano tendría que aportar aproximadamente 254 pesos al año únicamente para cubrir el costo de recolectar, trasladar y disponer su basura, que equivale a poco más de 20 pesos mensuales o, visto de otra forma, cerca de 70 centavos diarios durante los 365 días del año.
Setenta centavos diarios parecen irrelevantes. El problema es que nadie los paga de manera directa ni consciente. Ese costo se diluye en los presupuestos municipales, en impuestos generales y en recortes silenciosos a otros servicios públicos, debido a que, no existe una factura visible que nos recuerde que cada bolsa de basura que sacamos a la calle tiene un precio y que alguien lo está pagando por nosotros, por ello, esa horrenda invisibilidad es una de las principales razones por las que el problema sigue creciendo sin control.
Pensemos en un ejemplo cotidiano. Pedimos comida a domicilio a través de una aplicación de entrega y pagamos, por ejemplo, 250 pesos por el platillo puesto en la puerta de nuestra casa, con lo que celebramos la comodidad y damos por concluida la transacción, empero, nadie nos explica que, junto con el alimento, estamos recibiendo envolturas de cartón, bolsas de papel, recipientes de plástico, cubiertos desechables y, en muchos casos, dejaremos sobrantes de comida que terminarán inevitablemente en la basura. Todo ese material tendrá que ser recolectado, transportado y procesado, generando un costo real que no aparece en el ticket ni en la pantalla de la aplicación.
Ese costo tampoco es absorbido por las empresas productoras de alimentos ni por las plataformas de entrega, tampoco, existe una partida específica que internalice el impacto de los residuos que generan, de tal manera que el gasto se traslada de manera automática a los gobiernos y, por ende, a la sociedad en su conjunto. Hemos normalizado la idea de que con pagar el producto y, en el mejor de los casos, dar diez pesos a las personas de la limpieza pública, estamos cumpliendo con nuestra parte; sin embargo, la realidad dista mucho de esa fantasía porque esos diez pesos no cubren ni remotamente el costo real del manejo de los residuos que generamos.
Aquí radica una de las mayores distorsiones económicas de nuestro modelo de consumo. Ni las empresas que diseñan empaques excesivos, ni las plataformas que incentivan el uso de desechables, ni nosotros como consumidores finales estamos asumiendo el costo completo de la basura que producimos, ese gasto oculto se socializa, se paga con recursos públicos y se traduce en menos presupuesto para otros servicios esenciales; pero quizá el dato más preocupante no es cuánto gastamos, sino cuánto tiempo nos queda. En México, se cuenta con poco más de dos mil rellenos sanitarios y sitios de disposición final, muchos de ellos operando al límite de su capacidad o fuera de la normatividad ambiental. Diversos estudios advierten que, de mantenerse las tasas actuales de generación de residuos, varios de los rellenos sanitarios más importantes del país podrían saturarse en un horizonte de entre 8 y 15 años.
Esto significa que, como país, estamos corriendo contra reloj, ya que, abrir nuevos rellenos sanitarios no solo implica una inversión multimillonaria, también enfrenta una fuerte resistencia social, problemas de ubicación, impactos ambientales y conflictos comunitarios, porque si bien es cierto que todos queremos que se lleven nuestra basura, también es cierto que nadie quiere un basurero cerca de su casa, pero todos seguimos generando basura como si alguien más tuviera que hacerse cargo del problema.
Dentro de este escenario, estamos obligados a sumar un componente que solemos minimizar: el desperdicio, y es que en nuestro país se desperdician millones de toneladas de alimentos cada año, comida que requirió agua, energía, transporte y trabajo humano para producirse, empero, termina en la basura por lo que tenemos que agregarlo a las enormes cantidades de cartón, papel y empaques que podrían reducirse significativamente con mejores hábitos de consumo y una cultura real de reutilización y reciclaje.
La reflexión es inevitable, no podemos seguir exigiendo soluciones mágicas a los gobiernos mientras mantenemos patrones de consumo insostenibles. La basura que generamos no es solo un problema de infraestructura o de presupuesto; es un problema cultural, educativo y ético. Es el resultado de decisiones individuales que, sumadas, se convierten en una crisis colectiva.
Cada bolsa de basura que sacamos representa una factura que alguien tiene que pagar y un espacio que algún día se agotará; pensar en el tema de la basura es, en realidad, pensarnos a nosotros mismos, pensar cómo consumimos, cuánto desperdiciamos y qué tan dispuestos estamos a asumir nuestra responsabilidad como sociedad.
Finalmente, tal vez el primer paso no sea tecnológico ni presupuestal, sino humano, consumir menos, reutilizar más, desperdiciar menos alimentos y entender que el planeta no es un tiradero infinito, porque al final, la basura que generamos habla de lo que somos y del futuro que estamos construyendo, o destruyendo, todos los días.
DATO CULTURAL.
Un día como hoy en 1755 fallecía en París, Reino de Francia (actual Francia), el abogado, enciclopedista, escritor, filósofo, historiador, jurista, novelista, político y sociólogo Charles Louis de Secondat, señor de la Brède y barón de Montesquieu, simplemente conocido como Montesquieu quien, nos legó obras importantísimas como “De la monarchie universelle en Europe” (Reflexiones sobre la monarquía universal en Europa – 1734), “Lettres Persanes” (Cartas Persas – 1721) y por supuesto su obra maestra “De l’esprit des lois” (El espíritu de las leyes – 1748); en 1890 nacía en Moscú, Imperio Ruso (actual Rusia), el escritor, músico, novelista, poeta y traductor Borís Leonídovich Pasternak quien, entre sus obras encontramos los poemarios “Sestra moya—zhizn” (Mi hermana, la vida – 1917) y “Na rannikh poezdakh” (En los primeros trenes – 1943) y por supuesto su obra maestra “Doctor Zhivago” (1957), por la cual, fue condecorado con el Premio Nobel de Literatura en 1958 “por su importante logro tanto en la poesía lírica contemporánea como en el campo de la gran tradición épica rusa”. en 1961 en Washington D.C., Estados Unidos en la sede de la Asociación Internacional de Fomento (AIF), perteneciente al Banco Mundial, la República del Paraguay, es aceptada como Estado Miembro.
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