
| 24 DE FEBRERO DE 2026 | La mente fragmentada |
POR: VÍCTOR MANUEL REYES FERRIZ
Mucho antes de que Occidente se atribuyera el monopolio de la razón, la humanidad ya había comprendido que el pensamiento estructurado era la base de toda civilización, y es que a diferencia de lo que normalmente escuchamos, no fue en Atenas donde comenzó la escritura, ni en París donde nació el primer sistema lógico formal, ya que los sumerios, en la antigua Mesopotamia, ya registraban transacciones y mitologías en tablillas de arcilla alrededor del 3200 a.C.; los egipcios desarrollaban jeroglíficos que combinaban conceptos, símbolos y sonidos; y en China, siglos antes de nuestra era, se consolidaba una tradición escrita que no sólo transmitía instrucciones u órdenes imperiales, sino también ciencia, ética y filosofía. La escritura no fue un lujo cultural, fue una necesidad civilizadora que permitió almacenar, ejecutar e incrementar la memoria colectiva, comparar ideas, corregir errores y construir conocimiento acumulativo, porque sin la lectura profunda, no hay pensamiento complejo, y sin pensamiento complejo no hay civilización.
El pensamiento estructurado no pertenece a una determinada geografía específica, y basta con remitirnos al Oriente, donde Confucio desarrolló una ética basada en el orden, la jerarquía moral y la responsabilidad individual dentro del tan platicado actualmente tejido social; por su parte, Lao-Tsé propuso una comprensión del equilibrio y la armonía a través del Tao; en la India antigua, los textos védicos y posteriormente pensadores como Chanakya ofrecieron reflexiones sobre política, estrategia y organización del Estado siglos antes de Maquiavelo. En Occidente, por supuesto, Aristóteles sistematizó la lógica formal, mientras René Descartes consolidó el método de la duda metódica, pero todos ellos, sin excepción, compartían un elemento común: la convicción de que el pensamiento debía ejercitarse con disciplina.
La lectura profunda fue durante milenios, el entrenamiento natural del cerebro humano, y leer no consistía únicamente en decodificar símbolos; implicaba sostener una línea argumental, identificar contradicciones, jerarquizar premisas y llegar a conclusiones propias, donde el lector activo dialoga con el texto, lo cuestiona, lo confronta haciendo de este proceso un aliciente de la memoria de trabajo, la capacidad de atención sostenida y la coherencia discursiva; situación que incidió profundamente en el desarrollo de las civilizaciones que florecieron no sólo por su poder militar o económico, sino por su capacidad de producir, preservar y debatir ideas complejas.
Por el contrario, el siglo XXI ha introducido un cambio radical en el denominado “ecosistema cognitivo”, la masificación o, para ponerlo en términos actuales, la viralización del internet y de plataformas digitales ha modificado la forma en que accedemos a la información; no es una afirmación nostálgica ni moralista; es una observación estructural, porque hoy en día el acceso al conocimiento es inmediato; empero, esa inmediatez ha reducido el tiempo de permanencia sobre cada idea, causando que la lectura lineal se haya sustituido por la navegación fragmentada, y la atención ya no se concentra durante minutos, sino que brinca en intervalos de segundos generando que la arquitectura del pensamiento comience a adaptarse a ese entorno.
En este nuevo contexto digital emergen fenómenos culturales que, aislados, podrían parecer anecdóticos, pero que en conjunto revelan una transformación más profunda como la proliferación de identidades hiper-específicas, la reivindicación constante de reconocimiento simbólico y la construcción de comunidades digitales en torno a percepciones subjetivas que encuentran un terreno fértil en ese tan ahora cimentado mundo virtual, dando como resultado, por ejemplo, el risorio comportamiento «Therian» perteneciente al movimiento Otherkin, que agrupa a personas que se identifican psicológicamente con entidades no humanas, incluyendo animales, personajes míticos o criaturas ficticias, el cual, no puede analizarse únicamente como extravagancia, sino más bien, es un síntoma de una cultura donde la identidad individual se convierte en el principal eje de validación social.
La teoría de la identidad social formulada por Henri Tajfel nos muestra que los individuos buscan pertenencia para fortalecer su autoestima y reducir la incertidumbre, de tal suerte que en un entorno cultural fragmentado, la identidad se multiplica en microgrupos que ofrecen reconocimiento inmediato; empero, el problema no radica en la diversidad que históricamente ha sido fuente de riqueza cultural, sino en la pérdida de un marco lógico compartido que permita evaluar críticamente las afirmaciones, y cuando la pertenencia sustituye al argumento, el debate racional se debilita.
De manera paralela, hace al menos, un par de décadas, se comienzan a observar cambios medibles en habilidades cognitivas, ya que durante gran parte del siglo XX, las puntuaciones de IQ aumentaron de manera sostenida en múltiples países, fenómeno conocido como el Efecto Flynn. Este incremento fue atribuido a mejoras en educación, complejidad ambiental y nutrición, sin embargo, estudios publicados desde la década de 2010 han identificado un estancamiento e incluso un descenso en ciertas capacidades de razonamiento abstracto, sobre todo en países desarrollados, situación que nos recalcan investigaciones en Noruega y Dinamarca que, analizando cohortes militares durante varias décadas, encontraron disminuciones en puntuaciones después de los años noventa y a este fenómeno ha sido denominado “reverse Flynn effect”.
Es importante aclarar que no se trata de una degeneración genética colectiva; es decir, la inteligencia es un constructo multifactorial influido por educación, entorno y prácticas culturales, en realidad lo que sugieren estos estudios es una modificación del entorno cognitivo, y en palabras del neurocientífico Michel Desmurget, quien ha advertido que la exposición excesiva a pantallas en etapas tempranas puede afectar el desarrollo de funciones ejecutivas, particularmente la atención sostenida y la memoria de trabajo; por su parte, Nicholas Carr argumenta que la navegación constante por internet fomenta un procesamiento superficial, en el cual, el cerebro se acostumbra a buscar estímulos breves y recompensas inmediatas en lugar de profundizar en análisis complejos. La psicóloga Jean Twenge ha documentado cambios generacionales coincidentes con la masificación de smartphones a partir de 2007, incluyendo variaciones en hábitos de lectura, interacción social y concentración.
Las plataformas digitales como Facebook o TikTok no fueron diseñadas para fomentar la contemplación, sino para maximizar permanencia y estímulo constante haciendo que sus algoritmos privilegien contenido breve, emocionalmente intenso y fácilmente consumible, orillando a que el modelo económico basado en la economía de la atención convierte cada segundo de concentración en un activo monetizable, generando como resultado que, bajo esta lógica, el pensamiento pausado compite en desventaja frente al estímulo inmediato.
Por cuanto corresponde al lenguaje, también refleja esta transformación y basta con mirar el uso de emojis en todos los mensajes de texto que enviamos, desde personas jóvenes, hasta generaciones más viejas; empero, no es en sí un problema, por que el lenguaje siempre evoluciona; sin embargo, cuando la expresión simbólica reemplaza la articulación verbal compleja, la práctica argumentativa disminuye porque la escritura estructurada requiere organizar ideas, establecer premisas y conclusiones, cuidar la coherencia interna, y sin ejercicio constante, estas habilidades se atrofian. La lectura profunda fortalece la empatía cognitiva y la capacidad de imaginar perspectivas distintas; la fragmentación informativa, por el contrario, favorece la reacción instantánea.
Este fenómeno no es crea esa división histórica de Occidente y Oriente, Asia, cuna de las primeras grandes civilizaciones, también enfrenta esta transición digital acelerada, por lo que naciones como Corea del Sur, China y Japón se encuentran entre los países con mayor penetración tecnológica y uso intensivo de plataformas móviles, volcando a la tradición milenaria de estudio disciplinado a convivir ahora con la hiperconectividad constante y esto nos debe llevar a pensar que el desafío no es culturalmente aislado; es global.
La pregunta que me llega principalmente con esto, no es si la humanidad se ha vuelto súbitamente incapaz, sino si ¿estamos entrenando facultades distintas a las que históricamente sostuvieron la civilización? El pensamiento profundo requiere incomodidad, silencio y tiempo, y el entorno digital privilegia rapidez, validación inmediata y estímulo continuo, de tal suerte que si la arquitectura mental se adapta a dicho estímulo, entonces la fragmentación atencional puede convertirse en norma.
El estancamiento del incremento global de IQ desde principios del siglo XXI coincide temporalmente con la expansión masiva de dispositivos inteligentes y redes sociales; aunque la correlación no implica causalidad automática, sí nos debería invitar a la reflexión. Cuando el tiempo dedicado a lectura extensa disminuye y es reemplazado por consumo fragmentado, el entrenamiento cognitivo cambia, haciendo que la inteligencia no desaparezca pero si se reconfigure.
Las grandes civilizaciones occidentales y orientales entendieron que el pensamiento disciplinado era condición de supervivencia cultural, y desde las tablillas sumerias hasta los clásicos confucianos, desde los diálogos platónicos hasta los tratados científicos modernos, el progreso intelectual ha dependido de la capacidad de sostener una idea más allá del instante, lo que hoy, frente a un entorno que premia la inmediatez, nos debe señalar que el desafío es recuperar el equilibrio entre velocidad y profundidad.
No estamos ante un apocalipsis intelectual; empero, sí frente a una transformación que merecería la realización de un análisis serio tomando como premisa que si el pensamiento crítico es el motor del progreso humano, entonces la atención fragmentada representa un riesgo estructural, situación que se traslada al ejemplo de las identidades múltiples y la diversidad cultural, las cuales, son expresiones legítimas de la complejidad humana, pero deben coexistir con un marco racional común que permita el diálogo crítico ya que, sin ese marco, la conversación pública se convierte en un abanico de argumentos sin conexión alguna entre ellos y por lo tanto sin una validación o, tal vez, un desechamiento rotundo.
La civilización comenzó cuando el ser humano decidió registrar sus ideas en arcilla, bambú o piedra para que pudieran ser discutidas, revisadas y perfeccionadas; sin embargo, la pregunta que enfrentamos ahora es si la velocidad digital está erosionando esa capacidad de revisión profunda, y no se trata de rechazar la tecnología, sino de reconocer que cada herramienta modifica al usuario partiendo de la premisa de si la herramienta privilegia la rapidez, el usuario puede perder paciencia, y sin paciencia, el pensamiento se vuelve frágil.
Finalmente, la historia demuestra que las civilizaciones que descuidan su arquitectura intelectual eventualmente enfrentan consecuencias; empero, la cuestión no es si somos menos inteligentes que nuestros antepasados sumerios, griegos o chinos, sino es si estamos dispuestos a ejercitar las facultades que ellos comprendieron como esenciales: atención sostenida, análisis lógico, debate razonado y lectura profunda, porque la inteligencia no es únicamente una capacidad biológica; es una práctica cultural y toda práctica que deja de ejercitarse termina por debilitarse; así que, tal vez no estemos presenciando una decadencia mental, sino algo más inquietante: una civilización convencida de que piensa, cuando en realidad solo reacciona.
DATO CULTURAL.
Un día como hoy en 303 en Nicomedia, Imperio Romano de Oriente (actual Izmit, Turquía) el coemperador Gaius Aurelius Valerius Maximianus, mejor conocido como Maximiano, junto con su homólogo Diocleciano, ordenan por edicto, la persecución de los cristianos, la destrucción de sus templos y por supuesto, la eliminación de sus sagradas escrituras, situación que se prolongó por una década, pasando por el edicto de tolerancia de Galerio en 311 y finalizando formalmente con el edicto de Milán en 313; en 1607 en Mantua, Reino de Italia, en el Palazzo Ducale di Mantova se presenta por primera ocasión la obra intitulada “La favola d’Orfeo” de la autoría del cantante, compositor, coreógrafo, musicólogo y sacerdote cremonés Claudio Giovanni Antonio Monteverdi. Esta presentación marca el nacimiento del género de “Gran Ópera”; en 1821 en Iguala, México, el entonces Comandante General del Sur del ejército realista de la Nueva España, Agustín Cosme Damián de Iturbide y Arámburu, y su contraparte, el Comandante en Jefe del Ejército Insurgente, Vicente Ramón Guerrero Saldaña, firman el “Plan de Iguala”, en el cual, se declaraba formalmente la independencia de la Nueva España, asimismo, se presentó la Bandera de las Tres Garantías confeccionada por el sastre José Magdaleno Ocampo y que simbolizaba la unión entre los realistas y los insurgentes teniendo las garantías de religión, independencia y unión.
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