
| 03 DE MARZO DE 2026 | Washington y Teherán: poder, fe y petróleo |
POR: VÍCTOR MANUEL REYES FERRIZ
Hay conflictos que se explican en un titular y hay confrontaciones que solo pueden comprenderse si uno está dispuesto a atravesar décadas de memoria, intereses energéticos, disputas ideológicas, cálculos geopolíticos y narrativas religiosas que no funcionan como accesorio simbólico sino como fundamento del poder; la relación entre Estados Unidos e Irán no es una crisis reciente, magnificada por la retórica contemporánea, sino una estructura histórica incubada durante más de setenta años en la que el petróleo dejó de ser únicamente un recurso económico para convertirse en instrumento de soberanía, la fe dejó de ser únicamente práctica espiritual para transformarse en arquitectura estatal, y la seguridad dejó de ser un concepto técnico para convertirse en justificación permanente de intervención, contención o resistencia, dependiendo del lado desde el cuál se observe el tablero.
Al encontrarnos ante uno de los conflictos políticos, religiosos y geoestratégicos más complejos de la historia contemporánea, resulta imprescindible contar con un Marco Conceptual que permita comprender, sin simplificaciones, los actores, categorías y términos que se mencionarán a lo largo de esta reflexión. Para una lectura integral, se ha elaborado un Marco Conceptual del Conflicto Estados Unidos–Irán, el cual puede consultarse de manera paralela a esta columna.
El punto de fricción moderno comenzó formalmente en 1951 cuando, el entonces primer ministro iraní Mohammad Mossadegh, impulsó la nacionalización de la industria petrolera, hasta entonces dominada por intereses británicos que operaban bajo esquemas contractuales percibidos como desiguales; empero, aquella decisión no fue simplemente una reforma económica, sino una afirmación política de soberanía en un contexto internacional marcado por una incipiente época denominada Guerra Fría, la cual, específicamente en esos años, fue marcada por la conocida como “Doctrina Truman”, la carrera armamentística, la Guerra de Corea y por la centralidad estratégica del petróleo de Medio Oriente para el abastecimiento industrial occidental, de modo que cuando en 1953 una operación encubierta organizada por la CIA y coordinada con inteligencia británica contribuyó a su derrocamiento y al fortalecimiento del sah Mohammad Reza Pahlavi, el mensaje implícito para amplios sectores de la sociedad iraní fue claro: la autodeterminación podía ser revertida si amenazaba intereses energéticos mayores; sin embargo, esa intervención no solo alteró el rumbo político interno, sino que sembró una narrativa de injerencia extranjera que, con el tiempo, se transformaría en elemento central del discurso revolucionario.
Durante las décadas siguientes, el sah Reza Pahlavi, consolidó un proyecto de modernización acelerada alineado con Washington, integrando a Irán en la lógica de contención frente a la influencia soviética y convirtiéndolo en pilar estratégico en el Golfo Pérsico, empero, esa modernización coexistió con autoritarismo político y represión ejercida, entre otros instrumentos, a través de la policía secreta SAVAK, lo que generó un desajuste entre crecimiento económico y legitimidad social; mientras sectores urbanos se beneficiaban de reformas, amplias capas religiosas y tradicionales percibían erosión cultural y subordinación externa, creando una tensión acumulativa que desembocó en 1979 en la Revolución Islámica liderada por el ayatolá Ruhollah Jomeini, quien articuló una doctrina política basada en el principio del gobierno del jurista islámico, fusionando autoridad religiosa y poder estatal bajo una narrativa que denunciaba tanto la corrupción interna como la dependencia extranjera, estableciendo una República cuya identidad fundacional incluía explícitamente la oposición al intervencionismo estadounidense.
La crisis de los rehenes en la embajada estadounidense en Teherán en 1979 no solo rompió relaciones diplomáticas, sino que cristalizó la enemistad como política estructural, dando inicio a un régimen de sanciones económicas que, con variaciones, se ha prolongado durante décadas; desde la administración de Jimmy Carter hasta las posteriores presidencias de Ronald Reagan, George H. W. Bush, Bill Clinton, George W. Bush, Barack Obama, Donald Trump y Joe Biden, la estrategia hacia Irán ha oscilado entre presión, aislamiento, negociación limitada y confrontación indirecta, pero el eje central ha permanecido constante, el cual, en todo momento ha sido impedir que Teherán consolide capacidad militar que altere el equilibrio regional y proteger a aliados estratégicos como Arabia Saudita e Israel, cuya percepción de amenaza frente a la expansión iraní ha influido decisivamente en la política estadounidense.
La guerra entre Irán e Irak en los años ochentas, añadió una dimensión traumática adicional, pues el respaldo indirecto occidental a Bagdad reforzó, en la dirigencia iraní, la convicción de estar rodeada por un cerco hostil, legitimando el fortalecimiento de la Guardia Revolucionaria Islámica como actor central en la defensa y en la proyección regional; de esa lógica emergió el desarrollo de capacidades asimétricas y el apoyo a actores no estatales como Hezbolá en Líbano, así como vínculos con Hamás y el Movimiento Hutí en Yemen, configurando una estrategia de guerra indirecta que multiplica frentes sin desencadenar enfrentamiento directo, permitiendo a Irán proyectar influencia y disuadir adversarios a través de redes aliadas que operan en distintos teatros de conflicto.
A partir de la década de 1990 y con mayor intensidad en el siglo XXI, el programa nuclear iraní se convirtió en el epicentro de la disputa, pues en él, convergen soberanía tecnológica, derecho al desarrollo energético y una potencial capacidad de disuasión estratégica, el cual, culminó con negociaciones en 2015 con el Joint Comprehensive Plan of Action (JCPOA) que, representaron un intento de transformar la confrontación en coexistencia regulada, estableciendo límites verificables y supervisados por la Organización Internacional de Energía Atómica, así como, respaldados por el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas, pero la retirada estadounidense del acuerdo en 2018 reactivó sanciones primarias y secundarias que afectaron exportaciones petroleras, acceso financiero y comercio internacional iraní, reforzando la percepción en Teherán de que los compromisos multilaterales pueden revertirse según ciclos políticos internos en Washington, lo que debilitó la confianza y empujó a una reorientación estratégica en materia nuclear.
En paralelo, el entorno internacional se ha transformado hacia una multipolaridad donde actores como China y Rusia desempeñan un papel creciente, encontrando en Irán un socio útil para equilibrar la influencia occidental y asegurar rutas energéticas alternativas; esta reconfiguración ha reducido la eficacia absoluta del aislamiento, permitiendo a Teherán diversificar sus alianzas y participar en esquemas comerciales no dominados por Occidente, mientras tanto, Estados Unidos refuerza coaliciones regionales para contener la expansión iraní, generando un entramado donde cada movimiento diplomático se inserta en una competencia estratégica más amplia que trasciende la bilateralidad.
La dimensión económica del conflicto no puede subestimarse, pues el control del petróleo y de las rutas marítimas como el Estrecho de Ormuz impacta directamente en precios globales, inflación y estabilidad financiera; cualquier escalada significativa podría alterar cadenas de suministro y mercados energéticos, afectando no solo a los protagonistas, sino a economías interdependientes en América Latina, Asia y por supuesto Europa, lo que convierte la estabilidad regional en asunto de interés global; empero, las sanciones han provocado presiones internas en Irán, sin embargo, también han incentivado economías paralelas, mecanismos de evasión y fortalecimiento de sectores vinculados al aparato estatal, demostrando que la coerción económica produce efectos complejos que no siempre se traducen en cambios políticos inmediatos.
Basándonos en el plano sociológico, el antagonismo ha moldeado diferentes identidades internas: en Irán, la narrativa de resistencia frente a injerencia externa fortalece la cohesión nacional en momentos de presión, mientras que en Estados Unidos, el discurso de seguridad y estabilidad regional legitima medidas de contención, dando pie a que estas narrativas refuercen ciclos donde cada acción del adversario confirma la propia visión, dificultando distensión, porque cuando el conflicto se integra a la identidad política, las decisiones dejan de evaluarse únicamente en términos de costo-beneficio y pasan a considerarse en clave de dignidad, legitimidad y misión histórica.
Hoy, la confrontación se manifiesta en sanciones renovadas, ataques indirectos, operaciones encubiertas y diplomacia intermitente, configurando un equilibrio inestable donde la guerra abierta sería devastadora para la economía mundial pero donde la tensión permanente se ha normalizado como parte del paisaje estratégico; el riesgo principal no reside únicamente en la intención declarada de los líderes, sino en la posibilidad de errores de cálculo que transformen incidentes contenidos en escaladas mayores, especialmente en un entorno regional donde múltiples actores armados operan con agendas propias y donde la competencia entre potencias añade capas adicionales de complejidad.
Finamente, durante el recorrido histórico desde 1951 hasta el presente, se advierte que los intereses iniciales —control energético, influencia regional, legitimidad política— no han desaparecido, sino que se han reconvertido conforme cambia el sistema internacional, pasando de la lógica bipolar de la Guerra Fría a un orden multipolar donde la competencia estratégica se fragmenta y diversifica; en ese tránsito, el conflicto entre Washington y Teherán ha sobrevivido a cambios de liderazgo, transformaciones económicas y reconfiguraciones regionales, porque su raíz no es coyuntural sino estructural, y mientras el poder continúe justificándose en nombre de la seguridad, la fe legitime resistencia frente a injerencia y el petróleo simbolice autonomía estratégica, la confrontación seguirá oscilando entre contención y escalada, recordándonos que algunos antagonismos no se sostienen únicamente por intereses materiales inmediatos, sino por narrativas históricas que convierten el pasado en argumento permanente del presente y que hacen del equilibrio precario una constante del orden global contemporáneo.
DATO CULTURAL.
Un día como hoy en 1861 en San Petersburgo, Imperio Ruso (actual Rusia), el entonces emperador Alejandro II publica el “Manifiesto de Emancipación” con el cual, abolía la servidumbre en el imperio; situación que que benefició entre 20 y 30 millones de siervos domésticos y campesinos al otorgarles derechos civiles y la posibilidad de adquirir tierras. Según el calendario juliano utilizado en aquella época la fecha correspondía al 19 de febrero; en 1923 en New York, Estados Unidos, el editor, empresario y periodista Henry Luce chino de nacionalidad norteamericana junto con el también empresario y periodista Briton Hadden, sacan a la luz el primer ejemplar de la revista de noticias “Time” de circulación semanal, donde la portada fue dedicada al político republicano de Illinois Joseph Gurney Cannon; en 2014 en todo el mundo, se celebra por primera ocasión el “Día de la aprobación de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres7 , Día Mundial de la Vida Silvestre”, proclamado por la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas bajo su resolución A/RES/ 68/205 de fecha 17 de enero de 2014, mediante la cual, pretende contribuir a la disminución de los delitos ambientales incluidos el tráfico de fauna y flora silvestre.
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