¿Los gobiernos no “aprovechan los datos”?

31 DE MARZO DE 2026 ¿Los gobiernos no “aprovechan los datos”?

Por: Víctor Manuel Reyes Ferriz

En los últimos quince días han circulado con especial intensidad dos mediciones que, en apariencia, buscan responder preguntas similares sobre la calidad de vida de las sociedades contemporáneas, pero que en el fondo parten de supuestos diametralmente opuestos y, por lo tanto, arrojan conclusiones que no sólo no son equivalentes, sino que incluso pueden resultar contradictorias si no se analizan con el debido rigor metodológico; por un lado, el informe de libertades elaborado por Freedom House, una organización con más de ocho décadas de existencia que ha construido una metodología consistente basada en estándares de democracia liberal y cuyo reporte más reciente fue publicado el 18 de marzo de 2026, y por otro, el World Happiness Report (Reporte Mundial de Felicidad), coordinado por la United Nations Sustainable Development Solutions Network (Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas), el cual, descansa en los datos empíricos recolectados por Gallup, una de las firmas más influyentes en la historia de la medición estadística de la opinión pública, fundada por George Gallup, quien revolucionó la forma en que se estudia el comportamiento social al introducir modelos de muestreo probabilístico que permitieron, por primera vez, extrapolar percepciones individuales a tendencias colectivas con un grado razonable de precisión, lo cual, sentó las bases de la investigación demoscópica moderna y convirtió a su organización en un referente global utilizado por instituciones como el World Bank (Banco Mundial), la OECD (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) y la United Nations (Organización de las Naciones Unidas), lo cual, obliga a desmontar una idea simplista pero recurrente: creer que uno de estos instrumentos es serio y el otro no lo es, cuando en realidad ambos poseen estructuras metodológicas claras, aunque diseñadas para medir realidades profundamente distintas.

El índice de libertades, conocido como Freedom in the World (Libertad en el Mundo), no es una encuesta en sentido estricto, ni pretende serlo; se trata de un ejercicio normativo que evalúa el grado en que los países cumplen con un conjunto de criterios previamente definidos que giran en torno a derechos políticos y libertades civiles, organizados en veinticinco indicadores que incluyen variables como integridad electoral, pluralismo político, funcionamiento del gobierno, libertad de expresión, estado de derecho y autonomía individual, todo ello condensado en una escala de 0 a 100 que clasifica a los países como libres, parcialmente libres o no libres, mediante un sistema de evaluación que combina análisis de expertos regionales, revisión por pares y procesos editoriales internos que buscan consistencia interanual, lo cual, le ha permitido construir una serie histórica robusta que hoy es referencia obligada en análisis geopolítico; empero, asumir que este instrumento es completamente neutral sería desconocer su naturaleza conceptual, pues al estar basado en estándares de democracia liberal —y considerando además su financiamiento históricamente vinculado en parte a estructuras gubernamentales estadounidenses— es inevitable que refleje una visión específica o determinada de lo que significa la libertad, por lo tanto, no invalida sus resultados, pero sí obliga a interpretarlos con una lectura crítica del marco desde el cual son construidos.

Si se observa con detenimiento el mapa global que arroja este índice, resulta evidente que amplias regiones de África, Asia y Europa del Este se concentran dentro de la categoría de no libres, lo cual, coincide con diagnósticos ampliamente documentados sobre autoritarismo, restricción de libertades y debilitamiento institucional; sin embargo, también aparecen inconsistencias o, al menos, zonas discutibles, particularmente en América Latina, donde algunos países pueden obtener calificaciones que no necesariamente reflejan la experiencia cotidiana de sus ciudadanos, lo cual, evidencia que incluso los modelos más estructurados tienen márgenes de interpretación y no pueden asumirse como verdades absolutas sin un análisis contextual más profundo.

En contraste, el índice de felicidad no evalúa sistemas ni instituciones, sino percepciones individuales; su núcleo metodológico es la escalera de Cantril, una herramienta que solicita a los encuestados evaluar su vida en una escala del 0 al 10, lo cual, se apoya en el Gallup World Poll (Encuesta Mundial de Gallup), que levanta aproximadamente mil entrevistas por país en más de ciento cuarenta naciones mediante muestreos probabilísticos representativos, integrando además variables explicativas como ingreso per cápita, apoyo social, esperanza de vida, libertad de decisión, generosidad y percepción de corrupción, lo que permite construir modelos econométricos que explican las diferencias entre países; empero, aunque el levantamiento de datos es sólido, la naturaleza del fenómeno que se mide es inherentemente subjetiva, que permite introducir un nivel de variabilidad que no puede ser ignorado cuando se pretende utilizar este índice como reflejo de una realidad estructural.

Es importante precisar que el World Happiness Report (Reporte Mundial de Felicidad), en su versión preliminar con corte a marzo de 2026, no constituye un instrumento normativo ni pretende establecer estándares universales de bienestar, sino que interpreta datos de percepción que pueden fluctuar en función de factores culturales, sociales e incluso coyunturales, aperturando un espacio considerable para su uso político, particularmente cuando se seleccionan únicamente aquellos resultados que permiten construir una narrativa positiva sin contrastarlos con otros indicadores menos favorables.

En el caso de México, esta dualidad se vuelve especialmente evidente, pues mientras el país ha mostrado una mejora sostenida en percepción de bienestar, acercándose al rango de los primeros veinte a veinticinco lugares en el índice de felicidad, en el índice de libertades se ha mantenido dentro de la categoría de parcialmente libre con una tendencia gradual a la baja, pasando de niveles cercanos a 61 puntos a registros alrededor de 58, lo cual, implica un desplazamiento progresivo hacia el umbral de no libre, por lo tanto, en términos estructurales no es un detalle menor, sino una señal de deterioro institucional que no puede ser ignorada.

De manera histórica en México, los gobiernos, ya sean bajo las siglas de PRI, PAN o actualmente MORENA, no se han caracterizado por ser altamente transparentes; es decir, siempre hemos sabido que, para la interpretación de datos, existen múltiples formas de adecuarlos según el interés que se pretenda cubrir; empero, lo que sí resalta sobre los anteriores regímenes, es que el actual ha perfeccionado una narrativa basada en indicadores de percepción, utilizando de manera constante un estilo de “felizómetro” para construir una imagen de bienestar, cercanía y estabilidad que, aunque puede tener sustento en datos reales, no necesariamente refleja la totalidad de la realidad estructural del país.

Y aquí es donde conviene decirlo sin rodeos, porque también es parte de entender cómo se construye el discurso público: no es que los datos estén mal, no es que las encuestas estén manipuladas, no es que la gente esté mintiendo cuando dice que se siente mejor, el problema es otro, mucho más profundo y mucho más incómodo, el problema es que se elige qué datos mostrar y cuáles no, se decide qué narrativa construir y cuál evitar, se privilegia el dato que genera empatía inmediata sobre aquel que exige reflexión, se apuesta por la percepción porque es políticamente rentable, porque es emocionalmente poderosa y porque, en términos electorales, funciona mejor que cualquier gráfico sobre estado de derecho o debilitamiento institucional, lo cual, no es exclusivo de un gobierno ni de un país, pero que en el contexto actual de México se ha convertido en una estrategia constante.

Cuando este análisis se traslada al ámbito interno y se confronta con mediciones nacionales como las del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), particularmente aquellas relacionadas con bienestar subjetivo y percepción de seguridad, el panorama se vuelve aún más complejo, pues si bien este organismo cuenta con una trayectoria sólida y reconocida, en los últimos años se ha percibido un cambio en su enfoque a partir de la integración de funciones previamente desempeñadas por el CONEVAL, lo cual, ha generado debate sobre una posible inclinación hacia métricas que incorporan con mayor peso la percepción de bienestar colectivo, especialmente en un contexto donde la distribución de recursos públicos puede generar mejoras inmediatas en la percepción de la población, aunque estas no necesariamente se traduzcan en cambios estructurales sostenidos.

Este punto es clave porque permite entender que la percepción de bienestar puede aumentar incluso en contextos donde persisten problemas estructurales relevantes, lo cual, no significa que los datos sean falsos, sino que reflejan una dimensión distinta de la realidad, una dimensión que puede coexistir con otras menos favorables y que, al ser utilizada de forma aislada, puede generar una interpretación incompleta o incluso sesgada del estado real de un país.

La confrontación entre ambos tipos de indicadores no debería entenderse como una competencia entre verdad y falsedad, sino como la coexistencia de dos dimensiones distintas de la realidad social, una estructural y otra perceptual, dando como resultado un efecto considerablemente contradictorio porque implica reconocer que un país puede presentar niveles relativamente altos de satisfacción subjetiva al mismo tiempo que enfrenta desafíos significativos en materia institucional; empero, lo verdaderamente relevante no es cuál de los dos índices “tiene razón”, sino cómo y para qué se utilizan en el discurso público.

En resumidas cuentas, la diferencia entre ambos instrumentos no es técnica, sino epistemológica: uno describe condiciones objetivas del sistema, mientras el otro captura experiencias subjetivas dentro de ese mismo sistema, y esto nos obliga a cuestionar no sólo la validez de los datos, sino la manera en que estos son utilizados en el discurso público, porque si algo queda claro tras este contraste es que los datos, por sí solos, no construyen realidad, sino que es su interpretación la que termina definiendo la narrativa que consumimos y la forma en que entendemos nuestro entorno.

Finalmente, si aceptamos que los datos pueden ser correctos y aun así ser utilizados de manera parcial, que las percepciones pueden ser reales y aun así no reflejar la totalidad del sistema, y que las instituciones pueden mostrar señales de deterioro sin que ello se traduzca de inmediato en una percepción negativa de la población, entonces la discusión deja de ser técnica y se vuelve profundamente política y social, porque ya no se trata de qué dicen los datos, sino de quién los selecciona, cómo los presenta y con qué intención lo hace, y es precisamente ahí donde surge la pregunta que incomoda, la que no se responde con estadísticas ni con rankings, sino con honestidad intelectual: ¿Estamos utilizando los datos para entender la realidad o estamos dejando que la realidad sea moldeada por la forma en que se nos presentan esos datos?

DATO CULTURAL.

Un día como hoy en 1596 nacía en La Haye en Touraine (actualmente llamada Descartes), Francia, el escritor, filósofo, físico y matemático Rene Descartes quien, es considerado como el “Padre de la geometría analítica” y cuyas obras más importantes fueron “Meditationes de prima philosophia, in qua Dei existentia et animæ immortalitas demonstrantur” (Meditaciones metafísicas demostrando la existencia de Dios y la inmortalidad del alma – 1641), “Les Passions de l’âme” (Las pasiones del alma – 1649) y por supuesto su obra cumbre “Discours de la méthode” (El discurso del método – 1637); en 1889 en París, Francia, se inaugura la “Tour Eiffel”, la cual, fue concebida para conmemorar el centenario del inicio de la Revolución Francesa y aprovechando la inauguración de la “Exposición Universal de París” que tendría cita entre el 6 de mayo y el 31 de octubre. La construcción de esta edificación contó con grandes polémicas y fue ridiculizada antes de siquiera verla totalmente erigida. Actualmente es el emblemático símbolo parisino; en 1909 en Belfast, Irlanda, en el astillero Harland & Wolff se comienza la construcción del mítico e histórico barco RMS Titanic, el cual, contó con una eslora (cubierta principal) de 269 metros de longitud, un peso de 46,32 toneladas y alcanzaba los 23 nudos a velocidad crucero, con un costo final de 7,5 millones de dólares. Su viaje inaugural se realizó desde Southampton, Inglaterra el 10 de abril 1912 y entre los días 14 y 15 del mismo mes choca con un iceberg y se hunde en las profundidades del Océano Atlántico.

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