Por: José Carlos Zepeda García

El regreso de la Selección Mexicana al mítico Estadio Azteca, hoy nombrado como estadio Banorte, no es un partido más. Es, en muchos sentidos, un reencuentro con su propia historia. Un escenario donde el fútbol mexicano ha construido momentos de gloria, pero también de exigencia. Y esta vez, el rival no fue menor, la Selección de Portugal es una potencia europea que representa justo ese parámetro al que México aspira.
Hablar del coloso de Santa Úrsula es hablar de identidad. De una cancha que pesa, que impone, que históricamente ha sido aliada del Tricolor. Sin embargo, en los últimos años, ese dominio ya no es tan claro. El sábado, México volvió a casa con la necesidad de reafirmarse, de recuperar confianza y, sobre todo, de demostrar que puede competir de tú a tú contra selecciones de élite.
Y es aquí donde entra el análisis de fondo: el historial de México frente a selecciones de la UEFA. Si bien el Tricolor ha tenido actuaciones destacadas —victorias memorables ante equipos como Alemania o Croacia en Copas del Mundo—, la realidad es que el balance general suele inclinarse hacia el lado europeo. En torneos oficiales, especialmente en Mundiales, el ritmo, la intensidad y la disciplina táctica de estas selecciones han marcado diferencia.
El problema no es solo de resultados, sino de regularidad. México compite, por momentos ilusiona, pero le cuesta sostener ese nivel durante los 90 minutos. Ante equipos europeos, cualquier desconcentración se paga caro. Y Portugal, con su calidad técnica, su orden y su experiencia en escenarios grandes, es precisamente ese tipo de rival que no perdona.
Este partido, entonces, más que un amistoso o un compromiso aislado, debe entenderse como un termómetro. ¿Está México listo para competir en el más alto nivel? ¿Puede imponer condiciones desde casa? ¿O seguirá mostrando esa dualidad que tanto ha caracterizado sus enfrentamientos escuadras europeas?
También hay un componente emocional importante. Volver al Azteca implica reconectar con la afición, con esa energía que históricamente ha impulsado al equipo. Pero hoy el contexto es distinto: la exigencia es mayor, la crítica más severa y el margen de error mucho más reducido.
Pensando en el Mundial de este año, el panorama es reservado, pero no pesimista. México tiene talento, tiene juventud y tiene la experiencia suficiente para competir. Sin embargo, para aspirar a algo más que cumplir, deberá corregir errores estructurales: mejorar su contundencia, fortalecer su orden defensivo y, sobre todo, asumir con responsabilidad los partidos ante rivales de jerarquía.
El pronóstico es claro: México puede superar la fase de grupos si logra consistencia y carácter competitivo, pero el verdadero reto seguirá siendo romper esa barrera histórica frente a selecciones europeas en instancias decisivas.
El sábado, ante Portugal, no solo se jugó un partido… fue una muestra para saber hacia dónde va esta generación.
Y ojalá que este encuentro haya significado para el seleccionado mexicano, una oportunidad en la que se comience a escribir una historia distinta.
Mucho éxito, Selección Mexicana. El país entero juega con ustedes.
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