La ciudad de los libros

Por: Thelma Morales García

Fue el 21 de noviembre de 2012 cuando se inauguró la Ciudad de los Libros en un antiguo edificio que inició su construcción en 1793 y que se concluyó en 1807; ahí se estableció la Real Fábrica de Tabaco, en todos sus espacios conformados por patios y cuartos se guardaba el tabaco en un total de 28 mil metros cuadrados; en años posteriores sus muros albergarían la prisión militar en la época independentista, también sería depósito de armas en 1913 cuando se suscitó la Decena Trágica con la insurrección de Victoriano Huerta.

En épocas más recientes se crearía en 1944 la Biblioteca de México José Vasconcelos de la Ciudadela, pero la idea de realizar la ciudad de los libros surgió precisamente cuando José Vasconcelos fue director de la Biblioteca de México y que su sueño se volviera una realidad “despertar el interés del pueblo por la lectura.”

Para ello se consideró la adquisición de grandes bibliotecas de cinco pensadores fundamentales del siglo XX, empezando con la biblioteca personal de José Luis Martínez, Antonio Castro Leal, Jaime García Terres, Alí Chumacero y Carlos Monsiváis. Para algunos especialistas aquellos que crean su biblioteca, cumplen el objetivo personal e individual, para quien la crea y sólo para ellos tiene significado cada libro; aún así las bibliotecas siempre serán muestra de sus dueños y nos hablarán de sus gustos literarios, por otro lado, podemos acceder a un mundo enorme de posibilidades, en ediciones desaparecidas por el tiempo y que sólo encontraremos en estas bibliotecas tan especializadas.

Hace años, recuerdo que le pregunté al poeta Alí Chumacero, cuáles eran sus ejemplares más valiosos y que si tenía que elegir alguno cuál sería, sin pensarlo respondió que la Biblia; era a su forma de ver el libro más completo. La Biblia, no porque fuera religioso –me decía–, sino por la grandeza de lo ahí escrito.

Sobre estas bibliotecas Rafael Vargas poeta y traductor, informó el día de la inauguración que “una vez instaladas todas estas magníficas bibliotecas, cuyos acervos serán respaldados digitalmente, lo que sigue es mantenerlas, vigilar que no sufran merma, pero que tampoco se conviertan en objetos de ornato, y desarrollarlas. Es indudable que, a cierta altura de su vida, para Martínez, para Castro Leal, para García Terrés, para Chumacero y para Monsiváis, su biblioteca se convirtió en un proyecto que abrazaron a sabiendas de que el resto de su vida no alcanzaría más que para dejarla dispuesta para que otros cosechen de ella y prosigan su cultivo. Hay que celebrar que ahora eso sea posible. Al final, la vocación última de una biblioteca privada es volverse pública.”

“Uno llega a ser grande por lo que lee y no por lo que escribe”, nos decía Jorge Luis Borges. Sor Juana nos dejaría su testimonio en la “Respuesta a Sor Filotea”, sobre el placer que le causaba leer: “…pero yo despiqué el deseo en leer muchos libros varios que tenía mi abuelo, sin que bastasen castigos ni represiones a estorbarlo…”; “¿De qué me acusan? Si lo único que he querido saber es la verdad de las cosas, y para ello solamente he tenido la pasión por la lectura…”

Cada año, el 23 de abril, la UNESCO celebra el «Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor» en reconocimiento al poder de los libros como puente entre generaciones y culturas.

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