Por: Ligia Pérez García
En artículos anteriores hemos hablado de cómo el duelo acompaña distintas etapas de la vida. Desde la infancia hasta la adultez, crecer implica transformaciones, despedidas y adaptaciones constantes. Sin embargo, pocas veces se habla de los múltiples duelos que pueden vivirse durante la adultez mayor, una etapa profundamente significativa, pero también llena de cambios que confrontan a la persona con pérdidas visibles e invisibles.
Envejecer no significa únicamente sumar años; también, implica despedirse poco a poco de roles, capacidades, rutinas, personas y certezas que muchas veces pasan desapercibidas para quienes rodean al adulto mayor, pero que emocionalmente pueden generar tristeza, miedo, enojo, soledad o sensación de vacío.
La vejez concentra múltiples pérdidas:
- Jubilación y pérdida del rol productivo. Durante gran parte de la vida, el trabajo representa mucho más que una fuente de ingresos, es un espacio de pertenencia, reconocimiento, rutina, propósito y vínculos sociales. Por ello, la jubilación puede vivirse como un duelo importante, también implica la pérdida del rol productivo y la sensación de dejar de ser necesarios, algunas personas experimentan dificultad para adaptarse al tiempo libre, sienten que pierden parte de su identidad o viven sentimientos de inutilidad, aunque socialmente se ve como una etapa de descanso merecido.
- Cambios físicos y de salud. El cuerpo también cambia con el paso del tiempo, la disminución de la fuerza, energía, movilidad, así como la aparición de enfermedades crónicas, dolores o limitaciones físicas, pueden representar duelos silenciosos. La adultez mayor confronta a la persona con una realidad difícil, el cuerpo ya no responde igual, actividades que antes eran rápidas y sencillas pueden requerir un gran esfuerzo, ayuda o incluso dejar de realizarse. Estos cambios no solo afectan la salud física, sino también la autoestima, la independencia y la frustración por depender de otros, miedo al deterioro o tristeza por reconocer que ciertas capacidades ya no volverán.
- Muerte de amigos y/o de la pareja. Uno de los duelos más dolorosos en la adultez mayor es la pérdida de personas significativas, con el paso de los años, es frecuente enfrentar la muerte de amigos, hermanos o incluso de la pareja de vida. Estas pérdidas no solo generan tristeza por la ausencia, sino también confrontan al adulto mayor con la conciencia del propio envejecimiento y de la finitud de la vida. Cuando fallece la pareja, además del dolor emocional, suele existir una transformación profunda de la rutina, la identidad, el proyecto de vida compartido. La casa cambia, el silencio pesa más y muchas actividades pierden sentido por que estaban ligadas a la presencia del otro. A esto puede sumarse el aislamiento social, conforme el círculo cercano disminuye, algunas personas experimentan soledad, sensación de abandono o miedo a quedarse solas.
- Reducción de autonomía. Dejar de conducir, necesitar apoyo para realizar ciertas actividades, depender económicamente de otros, requerir cuidados puede vivirse con vergüenza, enojo o tristeza, para muchas personas la independencia ha sido símbolo de dignidad y libertad, por ello reconocer la necesidad de ayuda puede resultar profundamente doloroso. En ocasiones, la familia intenta proteger al adulto mayor tomando decisiones sin consultarlo, lo que puede incrementar sentimientos de inutilidad o pérdida de control. Acompañar esta etapa implica también respetar su voz, sus decisiones y su necesidad de sentirse parte activa de su propia vida.
- Transformación del lugar dentro de la familia. La dinámica familiar también cambia con el tiempo. Los hijos forman sus propias familias, aparecen nuevos roles como el del abuelo o bisabuelo y, en ocasiones, el adulto mayor deja de ocupar el lugar central que tuvo durante muchos años. Algunas personas viven con alegría esta transformación y otras experimentan sentimientos de desplazamiento, invisibilidad o sensación de ya no ser tomadas en cuenta.
Además de las pérdidas concretas, en ésta etapa también pueden aparecer el duelo anticipatorio frente a la propia muerte, la conciencia del tiempo, las enfermedades, la pérdida de contemporáneos o los cambios físicos hacen más presente la idea de finitud. Algunas personas sienten miedo al sufrimiento, a depender de otros o a convertirse en una carga para la familia. Otros reflexionan sobre el sentido de vida, lo que lograron, lo pendiente o la manera en que desean ser recordadas.
Sin embargo, la sociedad suele centrarse solo en la decadencia, invisibilizando que también es una etapa de integración y sabiduría. Cuando estos procesos son acompañados y se valida emocionalmente esta etapa, el duelo puede transformarse en resignificación, dando lugar a una reorganización del sentido de vida.
Envejecer también implica despedirse, adaptarse y reconstruirse constantemente, comprender estos duelos nos permite mirar la adultez con mayor sensibilidad, empatía y humanidad.
Por que crecer tambien duele … incluso cuando los años han pasado.
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