Por: Thelma Morales García

Hace años en los recorridos que realizaba en el territorio del Estado de México, tuve la fortuna de conocer gente de la que aprendí mucho, muchas de esas visitas fue a la zona de Teotihuacán y San Martín de las Pirámides, sobre todo a los talleres de artesanos que trabajan la obsidiana realizando piezas para los turistas que visitan la zona.
En alguna ocasión me acompañó la Maestra Teresa Pomar, una de las más reconocidas investigadoras del arte popular en México, que inauguró uno de esos espacios donde los artesanos comercializarían sus piezas, en dicha inauguración nos obsequiaron un pequeño volante que traía un pensamiento de Manuel Gamio. Recuerdo que la maestra Pomar me dijo que se había publicado un libro titulado “Manuel Gamio una lucha sin final”, escrito por su nieta Ángeles González Gamio en el año de 2003.
En ese entonces solo había escuchado el nombre de Gamio en alguna institución y sabía que había realizado investigaciones en la zona arqueológica de Teotihuacán. Por eso cuando tuve el libro en mis manos, me di a la tarea de leerlo de principio a fin y me causó mucha sorpresa enterarme de todas las aportaciones que hizo a lo largo de su vida realizando estudios sobre temas agrícolas, culturales, sociales, arqueológicos, educativos, indígenas, legislativos, geográficos y de la industria y el comercio. Un libro que hoy conservo con gran cariño porque me fue obsequiado precisamente por doña Tere Pomar
Manuel Gamio nació en la ciudad de México un 2 de marzo de 1883, hijo de don Gabriel Gamio heredero de una de las minas ubicadas en Temascaltepec, y de Marina Martínez hija de un rico comerciante de la ciudad de México, por lo que en su infancia asiste a una de los mejores colegios de la época, el Liceo Fournier, posteriormente ingresaría a la Escuela Nacional Preparatoria de San Ildefonso.
Su madre fallece cuando él es apenas un niño, su padre despilfarra la fortuna familiar y con lo poco que aún conserva decide comprar una finca hulera llamada Santo Domingo, ubicada entre los límites de Veracruz, Puebla y Oaxaca. Manuel Gamio quien había iniciado la carrera de ingeniería decide abandonar sus estudios para ir a trabajar la finca junto con sus cinco hermanos.
A los pocos meses sus hermanos se regresan a la ciudad de México, porque la finca había estado abandonada por años y se encuentran con el terrible panorama de que las plantaciones han sido invadidas por la selva. Manuel es el único que por orgullo y amor propio decide continuar el trabajo, dicha finca sellaría su destino, pues en un artículo escrito en 1956 publicado en el periódico El Nacional recuerda: “Empecé a interesarme en la población indígena, cuando viví cerca de tres años, en un rancho de mi familia… mi hermano Rodrigo y yo éramos dizque los administradores de ese rancho palúdico, incrustado entonces entre salvajes bosque milenarios. Como era natural, dada nuestra falta de experiencia, fracasó a la postre esa explotación agrícola, pero alcancé en cambio, una ventaja y fue la de aprender algo del idioma náhuatl, que hablaban casi todos nuestros trabajadores procedentes de la sierra cercana de Puebla.”
En esta anécdota refiere que conoce a un indígena al que cierto día encontró en el río y al que le pide que se acerque a platicar con él, al ver que no le hace caso, le habla en náhuatl y entonces regresa su canoa y se disculpa con él, pero le dice que ahí no quieren a los que hablan español, porque de ellos ha sufrido maltratos y ofensas cuando trabajó con ellos, pero como él hablaba su idioma se convierte en su amigo y es quien lo introduce a la vida de las familias indígenas. Desde ese momento Manuel Gamio vislumbra las grandes necesidades y aspiraciones de los indígenas de nuestro país.
Ese conocimiento que adquiere, le permite conocer los valores y cualidades que tienen los grupos indígenas, le molesta e indigna la situación de abandono y abuso en que viven; de ahí surge su insistencia de que se conozcan y estudien para ayudarlos racionalmente, respetando sus valores –que tanto admira– que son fuente importante para alcanzar una identidad nacional.
Esto es sólo una parte de todo lo que realizaría durante toda su vida, pues se doctoró en filosofía en la Universidad de Columbia en los Estados Unidos en 1921. Escribió sus reflexiones e investigaciones como un libro que publicó en 1916 que se llama “Forjando la Patria”, regresa a nuestro país a seguir con su labor antropológica y arqueológica, de lo cual decía que era terrible que alabáramos la grandeza de nuestras culturas indígenas prehispánicas y en cambio tuviéramos olvidados a los descendientes de esas culturas, es decir a los indígenas de nuestro tiempo.
Otra aportación que me dio este libro, es el seguimiento a la labor que desde hace décadas realiza su nieta Ángeles a quien admiro por las cónicas tan magníficas que escribe y que podemos leer semanalmente en La Jornada de los domingos.
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