La primera conversación

Por: Víctor Manuel Reyes Ferriz

30 DE JUNIO DE 2026 La primera conversación

Cada mañana millones de personas alrededor del mundo repiten un ritual que pocas veces es cuestionado: antes incluso de levantarse por completo de la cama, toman el teléfono celular y se asoman a una ventana digital que les informa sobre guerras, secuestros, asesinatos, crisis políticas, desplomes bursátiles y conflictos internacionales, es más, la escena se ha vuelto tan cotidiana que casi parece natural; sin embargo, lo que rara vez se analiza es que esta práctica coincide con el momento de mayor sensibilidad neurofisiológica del sistema atencional humano, cuando los niveles de cortisol asociados al despertar, descritos en investigaciones del Instituto de Neurociencia de la Universidad de California en Irvine, sobre el “cortisol awakening response”, se encuentran en su punto más reactivo, lo cual implica que la primera información del día no es neutra, sino biológicamente amplificada en su impacto emocional.

En este contexto, un estudio publicado en 2023 en Frontiers in Psychology y posteriormente indexado en PubMed Central titulada “The psychological impact of news exposure and media consumption on mental health outcomes”, elaborada por un equipo interdisciplinario en salud pública y psicología cognitiva, documenta una asociación consistente entre la exposición repetida a noticias negativas y el incremento de síntomas de ansiedad, hipervigilancia y percepción de amenaza, particularmente cuando dicha exposición ocurre de forma temprana en el día; empero, esta relación no debe entenderse como una simple correlación conductual, sino como un fenómeno de calibración emocional en el que el cerebro ajusta su interpretación del entorno a partir del primer estímulo significativo que recibe.

Durante décadas, la Mayo Clinic señala en su guía clínica sobre manejo del estrés (Stress Management and Stress Relief) que la exposición sostenida a estímulos de amenaza percibida activa de manera reiterada el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, incrementando la liberación de cortisol y afectando procesos de regulación emocional, memoria de trabajo y toma de decisiones; sin embargo, lo relevante aquí no es únicamente la activación fisiológica, sino el hecho de que dicho sistema no distingue entre amenaza real inmediata y amenaza simbólica mediada por pantallas, lo cual convierte a la información digital en un agente de activación biológica constante.

No deja de resultar significativo que el cerebro humano, según los modelos de sesgo de negatividad ampliamente documentados en la literatura de neurociencia afectiva —incluyendo los trabajos de Baumeister sobre la asimetría entre eventos positivos y negativos en la cognición humana—, esté estructuralmente diseñado para dar mayor peso a la información amenazante, porque durante la mayor parte de la evolución ignorar una amenaza implicaba un costo adaptativo irreparable; precisamente por ello, los sistemas de distribución de información contemporáneos no operan de manera neutral, sino que se insertan en un mecanismo evolutivo ya predispuesto a amplificar lo negativo.

En este punto aparece un elemento adicional documentado en investigaciones del ámbito de la psicología del consumo digital, particularmente el artículo publicado en Harvard Business Review en 2015, “Consuming Negative News Can Make You Less Effective at Work”, donde se describe cómo la exposición matutina a noticias negativas afecta no sólo el estado emocional, sino también la capacidad de concentración sostenida y la eficiencia cognitiva durante las horas posteriores del día laboral, lo cual sugiere que el problema no es únicamente psicológico, sino también funcional: lo que consumimos temprano no se queda en el plano emocional, sino que reorganiza la arquitectura de nuestra atención.

La pregunta, entonces, no es sí debemos estar informados, porque una sociedad democrática requiere ciudadanos informados, sino sí existe un momento adecuado para consumir esa información y sí el costo neuroemocional de hacerlo de manera indiscriminada ha sido suficientemente comprendido por quienes asumen que informarse es siempre un acto virtuoso sin consecuencias colaterales.

Diversas investigaciones en psicología afectiva, incluyendo los estudios de Barbara Fredrickson en la Universidad de Carolina del Norte sobre la “broaden and build theory of positive emotions”, han demostrado que los estados emocionales positivos amplían el rango de atención, incrementan la flexibilidad cognitiva y favorecen la generación de soluciones creativas, mientras que los estados de amenaza reducen el campo perceptual hacia lo inmediato y lo urgente; empero, lo que rara vez se discute es que la mayoría de los entornos informativos contemporáneos están diseñados para operar precisamente en la dirección contraria a la expansión cognitiva, privilegiando la contracción atencional como mecanismo de retención.

No es irrelevante que el cerebro, al despertar, transite de un estado de ondas cerebrales predominantemente lentas a una activación progresiva de redes frontoparietales responsables del control ejecutivo, y que en ese tránsito cualquier estímulo con carga emocional elevada tenga una probabilidad mayor de consolidarse en memoria de largo plazo, tal como han documentado estudios en neurociencia del aprendizaje emocional; por lo tanto, la primera información del día no sólo influye en el estado de ánimo, sino en la forma en que se estructuran los recuerdos que darán coherencia narrativa a la jornada.

Desde la psicología cognitiva, el fenómeno de “mood congruent processing”, descrito en los trabajos de Gordon Bower, sugiere que las personas tienden a procesar la información de manera congruente con su estado emocional inicial, lo que implica que una mente activada por ansiedad no interpreta el mundo de la misma forma que una mente en calma; esto introduce una implicación más profunda: no estamos simplemente consumiendo información, sino configurando el filtro a través del cual esa información será interpretada durante el resto del día.

En este punto conviene observar una paradoja central: hemos construido un ecosistema informativo que se presenta como herramienta de claridad, pero que opera biológicamente como un sistema de amplificación de incertidumbre, y es precisamente en esa tensión donde emerge la pregunta que atraviesa toda esta reflexión.

Confieso que esta reflexión nació de una experiencia mucho menos grandilocuente y mucho más cotidiana. Durante mucho tiempo tuve el hábito de despertar y consumir noticias casi de manera automática; el resultado era predecible: conflictos internacionales, asesinatos, mercados cayendo, escándalos políticos y un largo inventario de problemas sobre los cuales poco podía hacer a esa hora del día. Con el tiempo comencé a reemplazar parte de ese consumo por algo aparentemente trivial: escuchar a comediantes y permitirme reír antes de salir de casa. La diferencia fue evidente. No cambió el mundo, no desaparecieron las guerras ni mejoró la economía global, pero sí cambió la forma en que yo me relacionaba con ese mismo mundo. La ciencia ofrece algunas pistas para comprender por qué sucede esto. Diversas investigaciones han encontrado que la risa genuina puede disminuir niveles de cortisol, reducir el estrés percibido y favorecer la liberación de sustancias asociadas con el bienestar. Otras líneas de investigación han observado que los estados emocionales positivos facilitan la flexibilidad cognitiva, la creatividad y la apertura a nuevas alternativas. Nada de esto implica que la risa sea una cura universal ni una receta mágica contra el sufrimiento humano; implica algo mucho más modesto y, precisamente por ello, mucho más interesante: el estado emocional con el que comenzamos el día parece influir en la forma en que interpretamos y enfrentamos los acontecimientos posteriores. Empezar la mañana riendo no equivale a negar la realidad; puede significar prepararse emocionalmente para enfrentarla mejor, empero, esa preparación sólo tiene sentido si entendemos que el objetivo no es escapar del mundo, sino llegar a él en mejores condiciones.

Que yo no sea asiduo al ejercicio no convierte esa conducta en deseable; por el contrario, la evidencia sobre los beneficios de la actividad física es abrumadora; precisamente por ello, la pregunta no es, sí debemos elegir entre mover el cuerpo o reír, sino sí podemos permitirnos prescindir de alguna de las herramientas que fortalecen nuestra salud física y emocional. La ciencia del bienestar rara vez opera mediante sustituciones; suele hacerlo mediante acumulación. Dormir mejor ayuda, hacer ejercicio fortalece, meditar regula y socializar también contribuye; empero, la evidencia científica sobre intervención emocional positiva, incluyendo los hallazgos de Fredrickson y colegas sobre emociones positivas sostenidas, ha documentado que la risa puede disminuir marcadores de estrés y favorecer estados emocionales adaptativos; pero quizá la discusión no consista en decidir qué hábito debe prevalecer, sino en reconocer cuántas herramientas de bienestar estamos dispuestos a incorporar a nuestra vida cotidiana antes de entregarla por completo a la inercia del mundo.

«No es irresponsable comenzar el día riendo; quizá sea una de las formas más responsables de preservar la salud mental en una época que comercializa permanentemente nuestra atención a través del miedo.»

La relevancia de esta afirmación no se encuentra únicamente en los beneficios fisiológicos de la risa, sino en algo todavía más profundo: el mecanismo mediante el cual las primeras experiencias emocionales del día parecen influir sobre las experiencias que vendrán después. La psicología ha estudiado fenómenos como el procesamiento congruente con el estado de ánimo y el priming emocional, que sugieren que nuestras emociones iniciales pueden modificar la manera en que percibimos e interpretamos estímulos posteriores. Dicho de forma sencilla, un individuo que inicia la jornada bajo un estado de ansiedad puede estar más predispuesto a identificar amenazas, mientras que un individuo que comienza el día con emociones positivas podría mostrar mayor apertura, creatividad y flexibilidad cognitiva; esto no significa que una persona feliz ignore los problemas ni que una persona preocupada sea incapaz de resolverlos; significa que los estados emocionales no son meros acompañantes de la experiencia humana, sino variables que participan activamente en ella. Todos hemos sentido alguna vez cómo la ansiedad contrae el cuerpo: la respiración se acorta, los músculos se tensan y la atención se estrecha hasta fijarse en aquello que amenaza nuestra estabilidad; pero también hemos experimentado lo contrario: la alegría genuina parece aflojar la tensión, ampliar el horizonte y devolvernos una sensación de posibilidad, quizá por ello, no resulte exagerado afirmar que las emociones no sólo cambian cómo nos sentimos, sino también el rango de caminos que somos capaces de percibir. Un cerebro dominado por el miedo suele ver muros; un cerebro emocionalmente regulado tiene mayores probabilidades de identificar puertas. La realidad puede ser la misma, pero el observador ya no lo es, y en ocasiones una diferencia en la interpretación termina produciendo una diferencia en la acción.

Es aquí, donde quizá, la filosofía recupera una vigencia inesperada, porque resulta difícil no advertir que algunas de las conclusiones que hoy arrojan la neurociencia y la psicología experimental ya habían sido intuídas, bajo otros lenguajes y otros métodos, por pensadores que hace miles de años reflexionaban sobre la naturaleza humana, el gobierno de las emociones y los límites del control individual.

Al querer darle un sentido a nuestras emociones, podemos, sin lugar a dudas, relacionarlas con algunas de las ideas que grandes pensadores nos legaron hace miles de años; primero aparece la idea de que algunas cosas dependen de nosotros y otras no: ahí encontramos a Epicteto; una vez establecido ese límite, surge inevitablemente la pregunta sobre dónde depositamos nuestro tiempo y atención, y es entonces cuando Séneca nos advierte que la vida se nos escapa con frecuencia en aquello que no controlamos; después, cuando el mundo exterior continúa siendo caótico a pesar de nuestros esfuerzos, aparece Marco Aurelio para insistir en que el verdadero gobierno es el de la propia mente, y fue Aristóteles quien elevó la discusión y la desplazó del control al florecimiento humano: no basta con resistir el mundo, también debemos preguntarnos qué hábitos construyen una vida buena.

Después de recorrer estudios científicos, teorías psicológicas y reflexiones filosóficas acumuladas durante siglos, quizá valga la pena regresar a una escena mucho más sencilla: una persona despierta por la mañana, toma una taza de café y decide si su primera conversación del día será con la tragedia o con una carcajada. No se trata de ignorar el sufrimiento humano, ni de construir una felicidad artificial desconectada del mundo, sino de reconocer que la forma en que inauguramos nuestra conciencia cotidiana puede influir en la manera en que habitaremos las horas siguientes. El mundo seguirá siendo complejo, las noticias seguirán llegando y los problemas no desaparecerán por sonreír unos minutos antes de salir de casa, pero quizá la verdadera pregunta nunca fue cómo cambiar el mundo antes del desayuno, sino desde qué estado emocional elegimos enfrentarlo, y si la ciencia sugiere que nuestras emociones iniciales importan, si la filosofía lleva milenios insistiendo en el gobierno interior y si la experiencia cotidiana confirma que no llegamos igual a la realidad después de una carcajada que después de una tragedia, entonces tal vez hemos subestimado el valor de algo tan aparentemente simple como reír al comenzar el día.

Finalmente, hay hábitos que transforman el cuerpo, otros que fortalecen la mente y algunos que parecen hacer ambas cosas al mismo tiempo; quizá la risa pertenezca a esta última categoría y, en una época que monetiza nuestra atención mediante el miedo, reservar unos minutos para el humor no constituya un lujo, sino una forma silenciosa de resistencia. Si las primeras impresiones del día moldean nuestro estado emocional, ¿qué tipo de ciudadanos estamos construyendo cuando millones de personas despiertan cada mañana consumiendo tragedias antes incluso de escuchar una carcajada?

DATO CULTURAL.

Un día como hoy en 1959 fallecía en la CDMX, México, el abogado, catedrático, escritor, filósofo, político y rector de la máxima casa de estudios de México, José Vasconcelos Calderón, quien entre muchos otros logros destaca la primera reforma educativa de gran calado durante su desempeño como Secretario de Instrucción Pública en la administración del sonorense Álvaro Obregón Salido, asimismo, fue el creador el escudo y lema de la UNAM, “Por mi raza hablará el espíritu”; en 1988 en Zurich, Suiza, se presenta uno de los acontecimientos más vulgares en la historia del fútbol mexicano, cuando derivado de una sanción para no participar en torneos internacionales por dos años a la selección juvenil que los eliminó de la Copa Mundial de Arabia de 1989, altos directivos acudieron a la FIFA esperando revertirla y el resultado fue aún peor, la sanción incluyó no solo dicho torneo ni categoría, en cambio, sancionó a la Sub-20 y a la mayor quitándole su participación en Juegos Olímpicos de 1988 y la Copa Mundial de Italia 1990; en 2005 en Madrid, España, el Congreso de los Diputados aprueba por mayoría absoluta la “Ley del matrimonio homosexual” con lo que quedan amparados los derechos de adopción conjunta, herencia y pensión. Uno de los promotores de esta ley fue el abogado venezolano naturalizado español Pedro Javier González Zerolo quien a pesar de haber fallecido en 2015 continúa siendo un referente muy importante para la comunidad LGBT+ tanto española como mundial.

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