Si no pueden conmigo ¿podrán con dos como yo?

Por: Rodolfo Munguía Álvarez

¿A usted no le ha pasado, pareidólico lector, creer ver caras en donde no las hay, por ejemplo, en las nubes? A mí me pasa todo el tiempo, he de confesar que tengo pareidolia desde muy pequeño, cuando encontraba en los automóviles que iban adelante y detrás del auto de mi papá, similitud con diversos rostros. Sentía que la Combi por detrás tenía una cara cachetona, y su placa era un dientesote; también veía la cara de un tiburón enojado en un Mustang por enfrente… el tiempo ha pasado y seguí viendo rostros en donde me quedaba observando fijamente durante un par de minutos, como en el mármol, en la espuma de un cappuccino, en algunas maderas ¡y hasta el tirol del techo de mi dentista! en donde notaba como mes con mes, un señor narizón veía intrigado mi miedo y mi dolor. Ya no le hago mucho caso, pero el tema no termina ahí, todos los días en la calle, voy viendo si éste, ese o aquel se parecen a alguien que conozco “mira, ese se parece al sutano” o “esa se parece a perengana”, etcétera. Y esto viene al caso porque en alguna ocasión escuché a un autor, en la presentación de su libro, que preguntaba qué haríamos si de pronto, en la calle de la misma ciudad en donde vivimos, cruzáramos con una persona que es exactamente igual a nosotros. Esa pregunta llamó mi atención durante mucho tiempo. Primero pensé en todas aquellas personas que tienen uno o incluso, más hermanos gemelos idénticos. Pero fue hasta que leí aquel libro presentado: El hombre duplicado, de José Saramago, cuando encontré una alternativa a esta situación. En la obra, Saramago narra de una forma espléndida, lo que le pasó al profesor Tertuliano, quien tenía una vida rutinaria y sin chiste, hasta que un día, al ver la televisión, encontró que uno de los actores de la película que estaba mirando, era idéntico a él. No similar, no parecido: idéntico. La pura primicia es por demás interesante: ¿qué haría usted si se encontrara a alguien igual a usted? Yo empezaría por comprobar que no somos hijos del mismo padre —porque es prácticamente seguro que no somos de la misma madre— pero una vez saltado el punto de reconocer que no tenemos ningún parentesco consanguíneo, habría que preguntarnos entonces si habría algo útil en aquel descubrimiento, algo que pudiéramos capitalizar ambos, digo, no soy rico. Para después cuestionarnos si la otra persona es de fiar, por mucho que se parezca a nosotros mismos. Probablemente, a algunos de los que me conocen les he platicado que mucha gente que veo por primera vez en mi vida, me dice que ya me conocía, pero que no recuerda de dónde. Incluso fui por primera vez a Chiapa de Corzo, Chiapas y el que me recibió en el hotel, me dijo “¡oh que gusto de volverle a ver!”, pese a que era la primera vez que iba a ese hermoso lugar y no lo había visto ¡en mi vida! Me lo han dicho en todos lados, frente a mi familia, a mis hijos y solo, así que seguramente hay muchos otros “yo” por ahí que espero algún día conocer, solo por curiosidad. La novela “El hombre duplicado” fue publicada en 2002 pero aún es vigente en librerías y usted lo podrá encontrar en alguna edición impresa en internet o en su versión digital. Vale la pena leer a Saramago, no por nada Premio Nobel de Literatura 1998, y le interesará saber que tiene libros aún mejores, ―aunque en gustos se rompen géneros―. Escríbame para platicarme qué haría usted si se encuentra en la calle, qué le pareció este libro o simplemente dejarme algún comentario en mi correo electrónico: lector.frecuente@gmail.com que leeré con Apertura Intelectual. Y no olviden seguirme en Twitter como @GloopDr. 

¡À la vous santé, monsieur!

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