Las mil y una noches de mi abuelita

Por: Rodolfo Munguía Álvarez

¿A usted no le ha pasado, nostálgico lector, recordar con una sonrisa algún ser querido que ya se fue? Pues déjeme platicarle que cuando yo era niño uno de los lugares más felices a los que yo podía ir, era a la casa de mi abuelita o Mamá María, como la conocía todo el mundo. Era un lugar mágico, con dos grandes patios, construida en una barranca, por lo que tenía varios niveles, lo que la volvían aún más interesante y explorable. En la planta alta, en medio de las dos recámaras principales, mi Mamá María solía acomodar sus libros al final del pasillo. En aquella biblioteca habían no menos de cien ejemplares, entre los que destacaba uno: Las mil y una noches, en una hermosa edición empastada en cartoné, con letras doradas. En aquellos días solía pasar, aunque no con mucha frecuencia, que llegaba a casa de mi abuelita y no coincidía con ninguno de mis veintisiete primos, por lo que me subía a platicar con mi bisabuelito sobre la Revolución Mexicana o sobre algún hecho histórico que él recordaba, como la primera vez que vio aterrizar un avión en el ahora Aeropuerto Benito Juárez de la Ciudad de México. Aquel libro de Las mil y una noches narra la historia de una mujer de nombre Sherezada (Scheherazade) que tiene que contar diariamente un cuento a un Sultán. Recuerdo que acudí a ese libro en busca de historias como las de Aladíno y la lámpara maravillosa, o Alí Babá y los cuarenta ladrones. No recuerdo si los encontré, lo que sí recuerdo, es que cada una de las historias que alcancé a leer me admiraban y no podía dejar de leerlo. En alguna ocasión, mi Mamá María, al verme con él, me dijo que me lo llevara a mi casa para que lo leyera con calma, pero alguna de mis tías saltó ―vieja imprudente― y le dijo que, hasta donde ella sabía, ese libro no era para niños, por ello no me lo pude llevar y tampoco leer ―aunque debo admitir que esa advertencia me hizo desearlo aún más y encontrar aquellas partes que lo hacían prohibido para mí―. Esto viene cuento porque esta semana fue publicado en DrGloop.com un libro titulado: Pensamientos, de la gran Patricia Maawad, en el cual, con una notable habilidad por el lenguaje, podemos encontrar una historia narrada en formato de poesía con versos libres, en donde podemos inferir un gran amor por la cultura árabe y francesa, y claro, la protagonista es aquella Sherezada. Ya se imaginarán que desde que lo comencé a leer no pude dejar de recordar el libro de mi abuelita y, casi estoy seguro que sigue exactamente en el mismo lugar en donde mi abuela lo dejó a su partida, esperando que algún día alguien se anime a leerlo. Para mí es prácticamente inalcanzable volver a ver ese mismo ejemplar, pero espero algún día encontrar alguna linda edición para leer. Mientras tanto, si a usted le gusta la palabra escrita y quiere disfrutar este hermoso poema, escrito por Patricia Maawad, los invito a leer el libro Pensamientos. Por ahora, no me queda más que agradecerle su atención a esta columna número treinta y aprovecho para pedirle de favor que, si usted conoce alguna edición recomendable de Las mil y una noches, me escriba por favor a lector.frecuente@gmail.com, en donde también podrá platicarme qué le parecieron los pensamientos de Patricia Maawad; y ya sabe: no olvide seguirme en Twitter como @GloopDr.

¡À la vous santé, monsieur!

P.D. Esta columna está dedicada con mucho amor a mi Mamá María, hasta el cielo.

2 comentarios en “Las mil y una noches de mi abuelita

  1. Estimado amigo. Yo también conocí a Sherezada (y Aladino) en casa de mis abuelos. Me llevaste a muchas décadas atrás en que, afortunadamente, no tuve censura que me impidiera leerlo a discreción. Voy a visitar a DrGloop para leer y disfrutar a Paty Maawad. Me sumo a tu evocación de la abuelita María. Abrazo.

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    1. Gracias por tus palabras. Mi abuelita María fue muy importante en mi vida. Poco antes de partir, ella aún iba a hacer ejercicio en un gimnasio y me platicó: “deberías de ver, hijo, soy la más viejita del gimnasio! Están bien fortachones y me dicen que soy la abuelita de todos, por eso, no me quieren cobrar, pero yo les digo que no, que no estoy viejita, que me cobren, ah pero eso sí, con un descuento…” ¡Un abrazo, estimado Felipe!

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