El nuevo Macario

Por: Rodolfo Munguía Álvarez

¿Alguna vez le ha pasado, egoísta lector, tener algún antojo que quiera cubrir sólo para usted, sin compartir con nadie más? Pues esta fantasía de muchos fue inmortalizada en la literatura por Bruno Traven y después llevada a la pantalla grande bajo la dirección de Roberto Gavaldón, protagonizada por un joven actor llamado Ignacio López Tarso, allá por 1960. En esta historia, como seguramente usted sabrá, Macario, un hombre humilde y hambriento, quiere ver realizado su sueño de comerse un pavo completo él solo, toda vez que como padre de familia, había tenido toda su vida que privilegiar el hambre de su esposa e hijos. Pues bien, hace unos años, me desperté un domingo y le ofrecí barbacoa a mi familia. Para comprarla me fui caminando y, para evitar que se enfriara en el regreso, tomé un taxi. El chofer, con una singular sonrisa me preguntó: “qué joven ¿llevando barbacoa para el desayuno?”. —“Sí, mi jefe”, le contesté desganado y, aún no sé por qué, le pregunté: “¿a usted le gusta la barbacoa?”. “¡No, mi jovenazo!” ―me respondió y agregó―: “una vez me puse bien mal por quererme comer un borrego de barbacoa yo solo”. Obviamente su plática llamó poderosamente mi atención, y añadió: “nosotros éramos cuatro hijos hombres y tres mujeres, más mi papá, mi mamá y la mamá de mi papá que vivía con nosotros, así que, cuando mi papá cobraba un poquito más de lana, nos invitaba barbacoa, pero solo alcanzábamos un taquito y a veces dos ―si nos poníamos vivos―, así que cuando me casé, le dije a mi vieja que en la navidad me iba a comprar un borrego para mí solo. Que ella se podría comprar por su parte más barbacoa, pero ese borrego sería para mí solo. Entonces me fui con un señor que la vende en la colonia y me cotizó un borrego completo, y quedamos que le iba a ir pagando mensualmente, para que me preparara mi borreguito para navidad. ¡Pues que llega el gran día, mi joven! Y que me voy por mi borrego temprano, lo llevé a la casa y me lo comencé a comer. Al principio, con salsa y tortillas ¡como Dios manda! Pero ya después, a las dos horas, aún me hacía falta más de medio borrego y ya, sin tortillas ni nada, no podía comer más, pero me di ánimos para continuar. Mi esposa, indignada por mi terquedad, mandó llamar a mi compadre para que me ayudara y, cuando llegó, se burló de mí el cabrón, diciéndome: “¡Pinche compadre, ya’stas igual que el pinché Macario ese! ¡Ya déjalo cabrón, te vas a enfermar de tanta pinche barbacoa, no seas güey!”. Pues que no le hago caso y a las seis de la tarde me tuvieron que llevar al hospital porque ya no aguantaba de dolor de panza. Y por eso, desde ese día hasta hoy, no he vuelto a probar la barbacoa… ¿uste’ cree?” ¿Qué le puedo decir, lector querido? Esta historia es verídica ¿qué ganaría el taxista con mentirme? Lo que comprueba que nadie escarmienta en cabeza ajena. Si usted ya leyó Macario o vio la película, platíqueme cual de los dos le gustó más. Yo me quedo con la actuación de Ignacio López Tarso, a quien años después tuve la oportunidad de ver en el teatro, junto con Araceli Arámbula en la obra: Un Picasso. Le recuerdo mi correo electrónico lector.frecuente@gmail.com, y a seguirme en Twitter como @GloopDr, si le gusta leer o escribir. 

¡À la vous santé, monsieur!

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