A propósito de la FIL

Por: Rodolfo Munguía Álvarez

¿Alguna vez le ha pasado, añorado lector, tener que recurrir a sus recuerdos para compartir alguna experiencia? Permítanme compartirles esta columna que escribí en 2009. Eran las ocho de la mañana del sábado 28 de noviembre de 1987. Algunas personas habían llegado a la gran sede desde muy temprano y otras, apenas se incorporaban a sus puestos de trabajo. Los desvelados organizadores trabajaron hasta altas horas de la madrugada instalando los letreros faltantes, se encontraban nerviosos pero con un extraño sentimiento del deber cumplido. Finalmente la feria se llevaría a cabo y sería mucho más grande e importante que aquella que se realizaba en Guadalajara décadas atrás. Los expositores llegaron poco a poco y sin autorización comenzaron a cambiarse de un estante a otro que les parecía mejor, con un leve cambio en los letreros, esos que tanto trabajo les había tomado a los organizadores poner horas antes. Quejas, gritos y sombrerazos entre los editores que se sentían aventajados por oportunistas que buscaban una mejor ubicación, retumbaron en los oídos de aquellos que no habían dormido mucho con tal de que su feria se concretara y, de preferencia, que lograra terminar sin ningún contratiempo mayor. La feria aún era una incógnita a pesar de la confirmación de los editores de presentar sus fondos en ese recinto. Centenares de horas hombre, numerosos viajes de la capital tapatía hacia la Ciudad de México, Argentina y Estados Unidos, habían ocurrido. El proyecto maestro era solo eso: un proyecto y, antes de las nueve de la mañana existía el deseo, mas no la seguridad, de que la feria sería un éxito. Ese día quedaría guardado para siempre como el día en que se cambió la historia del libro en Iberoamérica. La Universidad de Guadalajara (UdeG), como muchas otras instituciones del país, era un recinto académico que intentaba generar un cambio en la percepción de la lectura que tenían los estudiantes, académicos y la sociedad en general. La idea básica era simple: no puede existir un cambio social, si no hay un cambio en la forma de interactuar con la cultura y se debía adoptar a la lectura como la clave de ese gran cambio. Así nació el proyecto. Sus fundadores aún recuerdan esa lluvia de ideas, pues tenían que mejorar las ferias existentes y aprovechar al máximo el apoyo de la UdeG y el entusiasmo de los editores. Comenzaban a construir una fórmula, que si bien no se sabía a ciencia cierta las cantidades, ya intuían los ingredientes básicos a los que solo hacía falta agregar el sabor tapatío tan característico: reunir a los mejores elementos del ciclo del libro, lo que significaba escritores, traductores, editores, bibliotecarios, libreros y el gran público lector de Jalisco, principalmente de la ciudad de Guadalajara. ¿A qué editores? A todos, principalmente a los mejores, de esos que editan miles de libros. ¿A qué autores? A los mejores, de esos que escriben buenos libros. ¿A qué libreros? A todos, principalmente a esos que venden miles de libros. ¿A qué bibliotecarios? Claro, a todos, principalmente a esos que compran muchos libros. No importa en dónde estén, si hay que traerlos de Estados Unidos, traigámoslos. Si hay que invitarlos desde la ciudad de México, hagámoslo. Si hay que buscar a los mejores y pedir que confíen en nosotros, concretémoslo. ¿Y el público lector? Convoquémoslo y, si no hay suficiente, generémoslo desde hoy como parte de este gran esfuerzo. Continuará…

Le recuerdo mi correo electrónico lector.frecuente@gmail.com, y lo invito a seguirme en Twitter como @GloopDr, si le gusta leer o escribir. 

¡À la vous santé, monsieur!

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