Si usted no es tía, ¡no haga esto!

Por: Rodolfo Munguía Álvarez

¿A usted no le ha pasado, impaciente lector, estar esperando por alguna razón, una respuesta que para usted es importante y ésta, nomás no llega? Aún recuerdo de mi cada vez más lejana infancia, que uno de mis primos favoritos se fue a vivir a Chihuahua y por ello nuestra relación pasó a ser, por unos años, esporádica, hasta que regresó a la Ciudad de México. En aquel entonces mi primo y yo nos enviamos un par de cartas por el Servicio Postal Mexicano, pero como éstas tardaban varios meses en llegar, provocó que la relación se enfriara un poco, más no así el cariño que sentíamos y siento por él desde que éramos niños. Si usted leyó el libro de cuentos: “Las armas secretas” del argentino Julio Cortázar, seguramente recordará que en su cuento: “Cartas de Mamá” narraba de manera magistral lo que significaba recibir en París una carta enviada por su madre desde Argentina y, aunque el personaje principal era ficticio, la anécdota tenía mucho de sí mismo, porque en aquel entonces Cortázar vivía en la Ciudad de la luz. Recibir una carta (y no así una factura por pagar) siempre ha sido para muchos un deleite, y con el tiempo, la tecnología permitió que pudiéramos escribirnos por una nueva modalidad: el correo electrónico, el cual llegaba de manera instantánea a su destino y solo debíamos esperar a ser leídos por la otra parte. Muy al principio, era para mí tan sorprendente poderle mandar un correo electrónico a otra persona incluso ubicada en otro continente, que me emocionaba abrir mi bandeja de “Recibidos” y ver que tenía una respuesta de manera inmediata, en comparación con el tiempo que esperaba la respuesta de mi primo en Chihuahua.  Tiempo después, gracias a los avances de la tecnología, pudimos recibir un mensaje corto o SMS directamente en nuestro teléfono y las compañías telefónicas se frotaron las manos por el negocio que representaba cobrar un pesito, cada vez que alguien preguntaba algo y otro pesito cuando le contestaban, pero el gusto de este millonario negocio les duró poco, porque llegó la era del WhatsApp y otros servicios más, que al estar conectados directamente a la red, se ofrecen de forma gratuita (seamos inocentes y sigamos pensando que es gratis). Ya me imagino si El Coronel de Gabriel García Márquez, que no tenía quién le escribiera o, Luis, el personaje de Cortázar que temblaba cuando recibía una carta escrita de su madre (y no necesariamente de felicidad), hubieran tenido la tecnología de ahora: simplemente la problemática planteada no hubiera tenido mucho sentido o la temática sería completamente diferente. El hecho está en que para mí sigue siendo un placer cuando alguien se acuerda de mí y me envía una tarjeta, un correo electrónico o un mensaje a mi celular, simplemente por haberse acordado de mí. Además ¡piénselo! gracias a los avances de la tecnología, millones de tías en el mundo, dedican sus primeros minutos del día en saludar a propios y extraños, con coloridas imágenes y tiernos videos más, otros minutos en la noche, para desearnos dulces sueños. Si no han tenido la oportunidad de leer este libro de Cortázar, le recomiendo la edición de Alfaguara, que seguramente podrá encontrar en alguna librería de su comunidad o encargarlo por internet. Es buenísimo y, aunque es verdad que su estilo de narrativa tiene una curva de aprendizaje de un par de páginas, dicen que estos cuentos son básicos para después adentrarse en “Rayuela”. Si está de acuerdo, lo invito a escribirme con Apertura Intelectual en mi correo electrónico: lector.frecuente@gmail.com. También lo invito a seguirme en mi cuenta de Twitter como @GloopDr.

¡A votre santé, monsieur!

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