¡Acompáñenme a la cocina de mi abuela María!

Por: Rodolfo Munguía Álvarez

¿A usted no le ha pasado, hipertimésico lector, encontrarse con una persona con quien usted convivió mucho en el pasado, comenzar a platicar y darse cuenta que de un mismo suceso, ambos recuerdan los hechos de forma diferente? Esto es muy común, nos pasa a todos, porque muchas veces nuestros recuerdos se van modificando poco a poco con el tiempo, conforme a la narrativa con la cual los platicamos o los guardamos en nuestra mente o en nuestro corazón. A mí me ha pasado encontrarme con personas que tenía mucho tiempo que no veía y ellos recuerdan capítulos de mi vida que yo los tenía completamente borrados o variaciones de algunos recuerdos que en algunas ocasiones se ajustan más a la realidad, pero en otras, yo mismo pienso: “¡eso está mal, eso así nunca ocurrió!”. Al respecto, la escritora Verónica Robledo Tapia, autora del libro: Cuentos de mi abuela para el insomnio, publicado dentro de la Biblioteca Mexiquense de Bicentenario, compiló en esa obra muchos cuentos que su abuelita le contó a ella y a sus primos. Pero cuando ella presentó el libro y sus familiares la escucharon o lo leyeron, le comenzaron a decir: “el libro está muy bonito, pero los cuentos no iban así”. Y resulta que cada uno de los primos se sabe una historia diferente del mismo cuento, ya sea porque la abuela se los contaba con algunas variaciones o la memoria de cada uno se tomaba ciertas licencias. En mi caso, a mí me fascinaba comer en casa de mi abuela. En ella se acostumbraba sentarse en una gran mesa rectangular ubicada en la cocina, en la cual mi abuela María se sentaba en la cabecera y mi abuelo Armando, su esposo, de lado izquierdo. Normalmente había arroz y alguna sopa de pasta o crema, algún guisado picante y frijoles de la olla. Las tortillas se tenían que traer directas de la tortillería minutos antes de comenzar a comer para que aún se conservarán calientitas ―no hubiera habido forma de calentar a mano tortillas para tantos parientes―. Al final de la comida no había postre, pero se servía café negro, normalmente Legal, el cual se calentaba en una jarra de peltre de color azul celeste y se colaba justo al ser servido. El padre de mi abuela, mi bisabuelo Luis, se sentaba del otro extremo de la mesa, pero de lado derecho, dándole la espalda a la estufa. Y todos los días él se tomaba un solo tequila blanco con mi abuelo Armando y para decir salud, alzaban sus caballitos y se decían mutuamente: “¡A votre santé, monsieur!”. Esto se lo cuento porque a pesar de que traté de ser lo más específico posible de algo que yo disfruté en demasía y que extraño casi hasta las lágrimas ―y lo digo en serio―, seguramente podría ser recordado de forma distinta por mis tíos, mis primos y hasta mis hermanas. Pero quiero decirles, que lo importante no son necesariamente los detalles, sino las emociones que provocan en nosotros esos recuerdos. Como en todas las familias, a veces suceden alejamientos y #MalosEntendidos, pero en general el cariño por todos seguramente sigue vivo en cada uno de nosotros. En verdad es recomendable este libro de Verónica Robledo, el cual usted podrá encontrar en alguna biblioteca pública del Estado de México, en algunas bibliotecas pública del país, o directamente en la página del Consejo Editorial del Gobierno del Estado de México. Si ya lo leyó o si me quiere compartir alguna historia linda de su abuelita, abuelito o su bisabuelito, escríbame a lector.frecuente@gmail.com o síganme en mi Twitter: @GloopDr, sobre todo si le gusta escribir.

¡A votre santé, monsieur!

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3 comentarios en “¡Acompáñenme a la cocina de mi abuela María!

  1. Mi querido Rodolfo, todas esas historias, solo forman parte de la gran enciclopedia de nuestras vivencias, recordarlas es la añoranza del pasado, de los momentos compartidos con nuestros seres queridos, gracias por recordarlos.

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  2. Cuántos recuerdos se guardan de la casa de los abuelos. Me enternece recordar verlos sentados frente a frente, con los ojos cerrados, con las orejas izquierda él y la derecha ella, pegadas al viejo radio de bulbos, escuchando, justo después de comer, su radionovela El derecho de Nacer.

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