
| 03 DE FEBRERO DE 2026 | De las pirámides mayas a los data centers: ¿quién construye hoy los templos del mañana? |
POR: VÍCTOR MANUEL REYES FERRIZ
Imaginemos por un instante la escena: en Chichén Itzá, durante el equinoccio, la sombra de la serpiente emplumada Kukulcán desciende lentamente por la escalinata de la pirámide del Castillo, como si el dios mismo bajara del cielo para bendecir la tierra, unir el calendario con el cosmos y recordar a los hombres su lugar en el ciclo eterno de la vida. Esa construcción no era mera arquitectura; era un acto de fe colectiva, un monumento que requería décadas de trabajo, miles de manos, recursos extraídos de selvas y canteras, y un propósito mayor: legitimar el poder, sincronizar el tiempo humano con el divino y asegurar la continuidad de la civilización maya.
Ahora, transportémonos al desierto de Nevada en 2026. El Citadel Campus de Switch, uno de los complejos de data centers más grandes del mundo, se extiende sobre miles de hectáreas con edificios que alcanzan millones de metros cuadrados, alimentados por hasta 650 MW de energía 100% renovable (solar, eólica y geotérmica). Estos no son templos de piedra visibles desde lejos; son fortalezas invisibles para la mayoría, bunkers de silicio y cobre donde una cantidad estratosférica de servidores procesan en nanosegundos, nuestras búsquedas, deseos, miedos y transacciones. Su construcción demandó inversiones colosales, minerales raros extraídos de minas alrededor del mundo, consumo masivo de agua para enfriamiento y una huella energética que se equipara, desafortunadamente, con la de ciudades enteras.
¿No son estos mega centros de datos los nuevos templos de nuestra era? En la antigüedad, las grandes construcciones como la pirámide de Meenakshi en Madurai, con sus majestuosas torres talladas durante siglos para honrar deidades y unir comunidades devotas; o el anfiteatro romano que servía de escenario para el control social mediante pan y circo, requerían un esfuerzo titánico: mano de obra masiva, transformación de paisajes enteros y un costo humano altísimo; empero, su propósito era eterno ya que, buscaba legitimar el poder divino o imperial, marcar el tiempo y recordar a las generaciones venideras quiénes éramos y qué creíamos. Las pirámides de Cholula o Keops no eran solo tumbas; eran calendarios vivientes, observatorios astronómicos y centros de poder que alineaban al gobernante con los dioses.
Hoy, los data centers hyperscale cumplen funciones análogas, pero aceleradas y ocultas. Según proyecciones de la Agencia Internacional de Energía (IEA), el consumo eléctrico global de data centers para este año, alcanzará la abrumadora cifra de 1,000-1,050 TWh, casi el doble de lo registrado en 2022 y, equivalente al consumo total de electricidad de Japón, el cual, se encuentra, en promedio, dentro del rango de los 900-950 TWh por año. Para 2030, esta cifra podría duplicarse nuevamente, impulsada por la explosión de la inteligencia artificial y la nube, estos complejos, operados por gigantes como Google, Microsoft, AWS o Meta, consumen más electricidad que países medianos; lo que posicionaría a los data centers como el quinto mayor consumidor de electricidad mundial, superando los consumos actuales de países como Japón y Rusia, aunque ubicándose muy lejos aún, de los dos mayores consumidores que son China con 9,000 TWh y los EE.UU. con poco más de 4,200 TWh. En este tenor, en la nación de las barras y las estrellas, los data centers ya representaron el 4% del consumo eléctrico en 2024, con proyecciones de llegar al 8% para 2030, según Goldman Sachs, y el auge de la IA podría agregar entre 24 y 44 millones de toneladas métricas de CO2 equivalente al año para 2030, según un estudio de la Universidad de Cornell, lo que equivaldría a sumarle de entre 5 a 10 millones de autos a las carreteras.
Pero el impacto ambiental no se limita a la energía y las emisiones. El enfriamiento de estos centros requiere cantidades masivas de agua: un data center mediano puede consumir hasta 20 millones de litros por día, comparable al uso de una ciudad de 50,000 habitantes. Globalmente, los data centers hyperscale podrían demandar entre 731 y 1,125 millones de metros cúbicos de agua al año para 2030, según el mismo estudio de Cornell, equivalente al consumo doméstico anual de 6 a 10 millones de estadounidenses. En regiones áridas, esto agrava la escasez hídrica, y cuando la energía proviene de combustibles fósiles, de los que, aún suministran el 60% de la electricidad para data centers, el ciclo se cierra con mayores emisiones y contaminación; sin embargo, podríamos resaltar un lado positivo gracias a la implementación de medidas de eficiencia operativa, como el uso de energías renovables y sitting inteligente, podrían reducir estos impactos en un 73% para el CO2 y un 86% para el agua.
En México estas similitudes se vuelven aún más inquietante. Mientras en mi columna de octubre 2025 advertía que avanzamos a contraluz de la energía limpia, el país se posiciona como destino atractivo para el establecimiento y operación de data centers gracias al nearshoring, la conectividad fronteriza y costos significativamente más baratos, teniendo como ejemplo, diversos proyectos en Querétaro (donde se concentra el 65% de la capacidad instalada), Baja California (con parques eólicos como Cimarrón en Tecate que inicia operaciones este año) y en el norte del país, atraen inversiones de hyperscalers. La Asociación Mexicana de Data Centers (MEXDC) proyecta la instalación de más de 100 nuevos data centers para 2030, con inversiones directas superiores a los 9,000 millones de dólares y un impacto indirecto de casi 27,000 millones. Querétaro, en particular, podría ver 32 nuevos centros, consolidándose como la capital mexicana de los data centers, con anuncios como el de CloudHQ por 4,800 millones de dólares.
Empero ¿a qué costo?. El sector demandará 1.5 GW de potencia para 2030, equivalentes al 5% de la nueva capacidad energética planeada en México, según el plan nacional de energía; esto sobrecarga una red de por sí, ya frágil, y en áreas como Querétaro, la ciudadanía reporta cortes de energía más frecuentes desde la llegada de centros como el de Microsoft en 2024 y, la Comisión Federal de Electricidad (CFE) ha anunciado plantas como El Sauz II, a gas natural, para cubrir la brecha; sin embargo, esto aumentará las emisiones de CO2 y la contaminación local. El rezago en energías renovables agrava el problema pese a las promesas de generación de 28 GW renovables hacia 2030 (PLADESE), la dependencia que tenemos de los combustibles fósiles persiste, y los data centers optan por autoabasto con gas o híbridos porque las renovables no garantizan continuidad absoluta.
El agua es otro talón de Aquiles en un país con regiones semiáridas como Querétaro, donde la escasez hídrica ya afecta a comunidades. Un data center de 100 MW puede consumir 2 millones de litros de agua al día para enfriamiento, y proyecciones indican que el sector podría agotar recursos equivalentes a los de ciudades enteras, exacerbando la depleción de acuíferos y amenazando ecosistemas. Sin regulaciones estrictas, este boom podría intensificar la desigualdad: beneficios económicos para unos pocos, mientras que comunidades locales enfrentan cortes, polución y escasez. Afortunadamente, hay avances ya que, algunos centros adoptan diseños sin agua para enfriamiento, y México podría liderar en renovables si acelera parques solares y eólicos, alineando el crecimiento digital con sostenibilidad.
Las similitudes entre los «templos» antiguos y los actuales son perturbadoras ya que, en ambas épocas, se construyen con recursos planetarios masivos como piedra y madera, en aquel entonces, y litio, cobre, galio y agua, actualmente; sirven a poderes superiores invisibles, es decir, dioses antiguamente y hoy en día veneramos algoritmos; legitiman estructuras dominantes como lo fue el tlatoani o faraón, mientras que hoy, las big tech controlan el flujo de datos, nuestra atención y hasta nuestras elecciones, y transforman paisajes con impacto ambiental. Las antiguas duraban milenios y eran colectivas, visibles; los data centers se vuelven obsoletos en 5-10 años, son invisibles pero omnipresentes, y su legado podría ser efímero si no resolvemos la tensión energética e hídrica; es decir, que aquí cabría un cuestionamiento importante, ¿Una civilización que construyó para la eternidad fue menos evolucionada que la actual que construyen pensando en el siguiente trimestre fiscal?.
Finalmente, ¿Qué dioses adoramos realmente en 2026? ¿Los que prometen eternidad a través de la piedra o los que procesan nuestra vida en la nube por el siguiente trimestre fiscal? En Chichén Itzá, la serpiente descendía para recordarnos el ciclo vital; en un data center, miles de GPUs procesan nuestros datos en ciclos de nanosegundos, alimentados por energías que tensionan el planeta. Quizá el verdadero templo del mañana no sea de piedra ni de servidores, sino el que erijamos en nuestra capacidad de elegir: ¿seguiremos alimentando dioses invisibles con nuestra atención y recursos, o aprenderemos a reír fuerte mientras construimos algo que nos haga más humanos, más conectados con la tierra y con nosotros mismos? Porque al final, como siempre, el costo no es solo eléctrico… es existencial.
DATO CULTURAL.
Un día como hoy en 1468 fallecía en Maguncia, Alemania, el grabador, impresor e inventor Johannes Gensfleisch zur Laden zum Gutenberg, simplemente conocido como Johannes Gutenberg, quien fuera el creador de la imprenta con tipos móviles y revolucionaría la forma en que sería transmitido el conocimiento, siendo su primera aportación la impresión de la “Biblia”; en 1830 en Londres, Inglaterra, en la sede del “Foreing Office” se firma el “Protocolo de Londres” mediante el cual, se concedía la independencia de Grecia del imperio Otomano y convertían a este nuevo estado en una monarquía. Dicho documento fue firmado entre las potencias europeas de Francia, Reino Unido y Rusia donde el príncipe Otón de Wittelsbach se convertiría en el primer monarca bajo el nombre de Otón I de Grecia en 1832; en 1995 en Gotemburgo, Suecia, el ex jefe de la policía de Estocolmo, Tommy Lindström junto con Kjell Hestrell, jefe de la seguridad del Museo Moderno de Estocolmo lograron una hazaña que ni la policía había conseguido al recuperar las obras robadas de dicho recinto en noviembre de 1993. El robo se realizó por un hueco a través del techo y fueron sustraídas 8 obras de las cuales solamente se recuperaron dos de Pablo Picasso “La fuente” (1921) y la escultura “Mujer” (1931) junto con “El castillo de Roche Guyon” (1909) del artista Braque.
Espero tus comentarios en el correo vmrf@aperturaintelectual.com y recuerda que, en este espacio, las críticas no sólo son bienvenidas, SON NECESARIAS.
Sígueme en mis redes:
Sigue Apertura Intelectual en todas nuestras redes:
Te invitamos a que califiques esta información.
ENTRADAS RELACIONADAS
Descubre más desde Apertura Intelectual
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

No se que pensar, se que es bueno todo lo que se ha avanzado en ciencia, en nuevas tecnologías etc. pero a que precio? para mi en lo particular, es preocupante el uso excesivo de agua que ocupan los data center, con tanta necesidad y escasez del recurso aquí en México. Espero realmente que encuentren otra forma de seguir avanzando sin utilizar el agua
Me gustaMe gusta