POR: LIGIA PÉREZ GARCÍA
Crecemos celebrando cumpleaños, graduaciones, bodas y jubilaciones, aplaudimos los cambios de etapas como si fueran únicamente avances. Sin embargo, pocas veces hablamos de lo que se queda atrás.
Cada transición vital implica una pérdida, y toda pérdida significativa activa un proceso de duelo, aunque no haya una muerte física de por medio.
Desde la tanatología, el duelo se entiende como la respuesta emocional, cognitiva y conductual ante cualquier pérdida significativa (Neimeyer, 2002). No solo se pierde a alguien; también se pierden roles, identidades, proyectos y versiones de uno mismo. No siempre lloramos a la persona, a veces lloramos quienes fuimos con esa persona.
El duelo no es exclusivo de la muerte, desde la perspectiva tanatológica, es una respuesta natural ante cualquier pérdida significativa: de personas, roles, proyectos, salud, identidad o etapa vital.
En los cambios evolutivos hay despedidas silenciosas:
• La infancia que termina
• El cuerpo adolescente que se transforma
• La adultez joven que deja atrás ideales
• La jubilación que modifica la identidad
• La autonomía que se reduce en la vejez
Son pérdidas socialmente invisibles, no hay rituales, no hay condolencias, no hay un permiso explícito para sentir la tristeza. Por eso muchas personas se preguntan: “¿Por qué me siento así, si todo debería estar bien?”.La respuesta es sencilla y profundamente humana: por que cerrar una etapa también es perder.
Estos duelos comparten ciertos rasgos:
• Ambivalencia, alegría por lo nuevo y tristeza por lo que termina
• Nostalgia intensa
• Cuestionamientos existencialistas
• Búsqueda de significado
• Síntomas físicos leves o cambios en el estado de ánimo
No todos los duelos requieren intervención profesional, pero todos necesitan reconocimiento: nombrar es validar y validar te permite elaborar.
Si reconocemos los duelos invisibles de las etapas vitales, podemos acompañarnos con mayor compasión, por que crecer no es solo sumar años, es aprender a despedirse una y otra vez de quienes fuimos.
Si aceptamos que cada etapa vital implica pérdidas simbólicas, entonces también debemos reconocer que el duelo no es un evento aislado, sino un proceso transversal a toda la vida.
En las siguientes publicaciones profundizaremos en estos duelos invisibles: el delo en la infancia, en la adolescencia, en la adultez y en la vejez. Porque comprenderlos nos permite acompañar mejor.
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