
| 09 DE JUNIO DE 2026 | El mundial que mueve mercados |
Por: Víctor Manuel Reyes Ferriz
México se prepara para recibir nuevamente una Copa del Mundo y, aunque la narrativa oficial insiste en venderla como una fiesta internacional, una oportunidad histórica y un motivo de orgullo nacional, cada vez resulta más evidente que el Mundial 2026 representa algo mucho más incómodo que un simple torneo de fútbol; lo que estamos observando no es únicamente la organización de un evento deportivo, sino la instalación temporal de un modelo corporativo capaz de apropiarse del espacio público, doblegar gobiernos, explotar emocionalmente a millones de personas y modificar ciudades bajo la promesa de pertenecer a un momento “histórico”. La FIFA entendió desde hace décadas que el fútbol dejó de ser solamente deporte y se convirtió en uno de los instrumentos emocionales más rentables del planeta; por ello, el torneo ya no puede analizarse únicamente desde la pasión deportiva, sino también desde la lógica económica, política y simbólica que lo sostiene.
Resulta imposible ignorar el fondo que existe detrás de la decisión de otorgar un Mundial compartido entre tres países, algo que fue vendido como símbolo de cooperación internacional, diversidad cultural y hermandad continental, cuando en realidad parece responder principalmente a intereses económicos y políticos perfectamente calculados. Estados Unidos garantiza infraestructura, capacidad financiera y patrocinadores, muchos, pero muchos patrocinadores; Canadá funciona como extensión comercial ordenada y segura; mientras México aporta estadios históricamente simbólicos, mano de obra barata, pasión popular y turismo emocional. La lógica es sencilla: dividir responsabilidades, multiplicar ganancias y reducir riesgos, bajo ese contexto, el romanticismo deportivo desaparece rápidamente cuando entendemos que la asignación de sedes dentro de FIFA rara vez responde exclusivamente al mérito futbolístico y mucho más a negociaciones geopolíticas, intercambios de favores y fortalecimiento de alianzas económicas. No es casualidad que cada expansión del torneo venga acompañada de mayores contratos televisivos, más patrocinadores, más partidos y más mercados abiertos; derivado de esto, incluso el incremento de selecciones participantes parece responder menos a una intención de inclusión deportiva y mucho más a la necesidad de prolongar artificialmente el negocio durante más semanas.
Basándome en los relatos de quienes efectivamente vivieron las ediciones anteriores de la Copa del Mundo en nuestro país, y lejos de aquella atmósfera que rodeó a las ediciones de 1970 y 1986, donde México sí respiraba ambiente mundialista de manera orgánica; empero, hoy existe una sensación profundamente distinta, las calles no transmiten entusiasmo colectivo genuino, los aficionados parecen más cansados que emocionados y los costos prohibitivos han provocado que el torneo se perciba como un producto elitista, lejano y prácticamente inaccesible para buena parte de la población. Diversos reportes sobre ocupación hotelera y reservas muestran cifras considerablemente más bajas de las esperadas tanto en México como en Estados Unidos, situación que comienza a derrumbar la idea de un fervor global automático alrededor del evento.
“Podría terminar siendo el primer mundial hipercomercializado pero emocionalmente frío.”
Conviene detenerse también en el simbolismo de las mascotas oficiales porque ahí aparece una de las ironías más grandes de todo el torneo. Canadá presenta a Maple, México a Zayu y Estados Unidos a Clutch, un águila calva que según la propia FIFA representa unión, curiosidad multicultural, inspiración y capacidad para conectar personas de distintos entornos. El problema aparece cuando contrastamos ese discurso con la realidad geopolítica contemporánea. Estados Unidos fue uno de los principales impulsores del veto deportivo contra Rusia tras la invasión a Ucrania y actualmente existen incertidumbres enormes respecto a la seguridad diplomática y logística de selecciones como Irán dentro del contexto político estadounidense; de hecho, algunas alternativas operativas relacionadas con sedes y concentraciones han terminado volteando hacia territorio mexicano para evitar tensiones mayores. La contradicción es monumental: el país que protagoniza endurecimientos migratorios, polarización política y tensiones internacionales es presentado al mundo como símbolo universal de unión y entendimiento cultural. FIFA no construye únicamente mascotas; construye narrativas emocionales cuidadosamente diseñadas para ocultar contradicciones geopolíticas evidentes.
Dentro de ese mismo mecanismo aparece uno de los elementos más preocupantes de todos: la manera en que un organismo privado logra imponer condiciones extraordinarias sobre países soberanos. No hablamos solamente de fútbol; hablamos de apropiación comercial de espacios públicos, cambios en nomenclaturas, control de señalización, modificaciones urbanas, monopolización de boletaje y sometimiento operativo de gobiernos completos para satisfacer las exigencias de una élite corporativa internacional. Mientras todas las mañanas en México el discurso político insiste permanentemente en defender autonomía nacional, resistencia frente a poderes extranjeros y soberanía, la FIFA entra a las ciudades anfitrionas con una capacidad de intervención que pocos organismos internacionales podrían siquiera imaginar. Lo verdaderamente interesante es que la administración actual no fue quien cerró originalmente el acuerdo para que México fuera sede; dicho compromiso nació durante gobiernos anteriores; empero, sí tuvieron ocho años completos para decidir de qué manera enfrentarían el fenómeno política y socialmente. Ahí aparece quizá la oportunidad que tanto corretea la 4T y la desperdició: pudieron confrontar públicamente a FIFA como símbolo máximo del poder económico global, pudieron construirse un enemigo electoralmente rentable, pudieron presentarse como defensores del “pueblo bueno y sabio” frente a una corporación multimillonaria que convierte emociones humanas en mercancía; lejos de ello, terminaron subordinándose completamente al espectáculo.
Surge entonces una discusión todavía más profunda relacionada con el tipo de emoción que realmente moviliza este Mundial. Durante décadas el fútbol sí funcionó como espacio de identidad colectiva auténtica, barrio, convivencia, ritual familiar y orgullo nacional relativamente espontáneo. Hoy el fenómeno parece haberse deformado hacia otra dirección muchísimo más vacía.
“Existe una diferencia importantísima entre identidad colectiva genuina y validación digital desesperada».
Lo que vemos actualmente no siempre es patriotismo ni pasión deportiva; muchas veces es necesidad desesperada de demostrar presencia social. Habrá personas que vendan una motocicleta, empeñen su consola de videojuegos o se endeuden durante meses, no para mirar cómodamente un partido histórico, sino únicamente para subir una fotografía que les permita demostrar que estuvieron ahí, porque en la era digital el individuo ya no siente que vale por lo que es, sino por aquello que puede exhibir públicamente ante los demás. El evento dejó de ser experiencia y comenzó a convertirse en evidencia; ya no basta vivir algo; ahora parece obligatorio documentarlo para obtener validación colectiva.
Aunado a ello, el patriotismo deportivo mexicano atraviesa uno de sus momentos más contradictorios de las últimas décadas. La selección nacional vive un deterioro competitivo evidente desde hace años, el último Mundial terminó con una eliminación vergonzosa en fase de grupos y gran parte de la población percibe que el combinado nacional se encuentra más conectado con contratos publicitarios y por supuesto la desfachatez de querernos convencer que Ochoa es nuestro jugador insignia, que con aspiraciones deportivas reales. Incluso la posibilidad de alcanzar finalmente el famoso quinto partido parece depender más del nuevo formato expandido que de una evolución futbolística auténtica; aunado a ello, debemos sumar que México recibirá solamente trece partidos, las migajas de lo que Estados Unidos no le importaba perder o dejar de tener en su territorio y que muchos aficionados consideran mediocre el calendario asignado, salvo contadas excepciones como el eventual Uruguay contra España; bajo esas condiciones, el sentimiento patriótico pierde fuerza porque el ciudadano promedio percibe que el Mundial realmente importante ocurrirá en Estados Unidos y que México funciona más como extensión logística y turística que como protagonista verdadero del torneo.
Otro punto imposible de ignorar aparece al observar las similitudes entre 1986 y 2026. En ambas ediciones se amplió el número de participantes y en ambos casos la explicación parece mucho más económica que deportiva, porque más selecciones significan más partidos, más patrocinadores, más semanas de consumo y más derechos televisivos; además, el incremento de participantes también favorece indirectamente a ciertas federaciones nacionales porque mejores actuaciones mundialistas elevan rankings, aumentan valor de mercado de futbolistas y fortalecen intereses políticos dentro de FIFA. El problema es que toda esa maquinaria económica choca violentamente contra la realidad mexicana contemporánea, el colapso urbano, las deficiencias en transporte, la incertidumbre pública y la inseguridad, podrían terminar limitando seriamente la derrama económica prometida. Mucha gente en el extranjero no observa a México como destino seguro y eso inevitablemente impactará en decisiones de viaje, permanencia y gasto turístico; empero, reconocer ese escenario parece casi prohibido porque afectaría la narrativa triunfalista alrededor del evento.
“Dejemos de romantizar al decir que el fútbol une al mundo, en realidad el fútbol mueve mercados”
Queda finalmente la pregunta más incómoda de todas: ¿qué imagen le mostraremos al mundo? Porque detrás de los comerciales espectaculares y de las campañas oficiales, existen ciudades colapsadas vialmente, sistemas médicos rebasados, infraestructura incompleta, transporte insuficiente y condiciones de inseguridad que podrían agravarse brutalmente con la concentración masiva de visitantes. La romantización turística suele ocultar algo evidente: un Mundial también multiplica accidentes, conflictos, problemas sanitarios, robos y saturación hospitalaria derivados de la sobreexplotación urbana. Millones de personas llegarán esperando vivir una experiencia extraordinaria y podrían terminar encontrándose con caos operativo, trayectos interminables y vulnerabilidad constante; lo más delicado es que muchas de esas advertencias no provienen del pesimismo, sino de observar honestamente el estado actual del país; sin embargo, quizá el golpe más fuerte no sea organizacional sino ideológico, porque un gobierno que construyó buena parte de su discurso alrededor del humanismo social, la austeridad moral y la defensa del pueblo terminará fungiendo como anfitrión subordinado del evento más corporativo, costoso y comercializado del planeta.
Finalmente, tal vez el Mundial 2026 termine funcionando como un espejo mucho más revelador de lo que imaginamos. No mostrará únicamente el estado del fútbol moderno, sino también el estado emocional de nuestras sociedades, la fragilidad de nuestras identidades y la facilidad con la que el entretenimiento contemporáneo logra obtener obediencia social, silencio político y sacrificio económico disfrazados de pasión colectiva. Quizá durante algunas semanas veremos estadios llenos, banderas ondeando y millones de publicaciones celebrando la experiencia; aun así, debajo de toda esa euforia seguirá existiendo la misma pregunta incómoda: ¿en verdad seguimos amando el fútbol o simplemente aprendimos a consumir emocionalmente aquello que las grandes corporaciones necesitan que deseemos?
DATO CULTURAL.
Un día como hoy en el año 68 (calendario Juliano), fallecía en Roma, Italia a la edad de 30 años el emperador Nerón Claudio César Augusto Germánico, convirtiéndose en el último de la dinastía Julio-Claudia. Su reinado fue marcado por la decadencia de Roma, se le atribuye la muerte de su propia madre y el incendio de la capital del imperio mientras el practicaba con su lira; sin embargo, no existen pruebas fehacientes de este último acontecimiento; en 1817 en Santiago, Chile, se acuña la primera moneda de la época independiente de este país andino, el “Peso de plata”; aunque formal y oficialmente su independencia de España fue proclamada el 12 de febrero del siguiente año; en 1870 fallecía en Gads Hill Palace, Reino Unido, el escritor y novelista británico Charles John Huffam Dickens, simplemente conocido como Charles Dickens y quien además de ser uno de los literatos más conocidos alrededor del mundo, manejó con una maestría inaudita el género narrativo, el humor, la ironía y la crítica social. Entre sus mayores obras encontramos “David Copperfield” (1850), “Cuento de navidad” (1843) y por supuesto “Oliver Twist” (1839).
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