El último mecenazgo

16 DE JUNIO DE 2026 El último mecenazgo

Por: Víctor Manuel Reyes Ferriz

Desde hace varios años, la velocidad con la que el mundo contemporáneo consume contenido modificó mucho más que simples hábitos de entretenimiento; alteró la manera en que las sociedades administran atención, definen valor cultural y procesan el tiempo, derivado de esto, prácticamente cualquier obra artística parece hoy obligada a justificar su existencia mediante impacto comercial acelerado, métricas inmediatas, reproducciones instantáneas o viralidad sostenida, como si la legitimidad de cualquier manifestación intelectual dependiera exclusivamente de su capacidad para convertirse rápidamente en mercancía masiva, bajo esa lógica, toda expresión que exija complejidad narrativa, contemplación, paciencia o silencio empieza lentamente a percibirse como anticuada, elitista o improductiva, situación particularmente peligrosa porque la satisfacción inmediata comenzó a desplazar cualquier experiencia que demande esfuerzo intelectual sostenido; el problema dejó de ser exclusivamente artístico para convertirse lentamente en un fenómeno profundamente civilizatorio.

Resulta particularmente llamativo que todavía existan estructuras culturales capaces de resistirse deliberadamente a esa degradación progresiva de profundidad intelectual. La Feria Internacional del Libro de Guadalajara y el Festival Internacional de Cine de Venecia, representan dos de los últimos grandes bastiones que todavía parecen negarse a convertirse en instituciones patito diseñadas exclusivamente para producir consumo emocionalmente inmediato, fácil y rentable. A primera vista, la comparación entre ambos eventos culturales podría parecer una especie de romanticismo intelectual destinado a confrontar arte “serio” contra entretenimiento comercial; sin embargo, el verdadero hilo conductor entre Guadalajara y Venecia no se encuentra en nostalgia vacía por la llamada alta cultura, sino en la manera en que ambas instituciones todavía intentan proteger experiencias complejas dentro de un ecosistema obsesionado con inmediatez, rentabilidad y velocidad.

Ahí aparece además una diferencia estructural enorme entre ambas industrias porque el cine de autor europeo todavía conserva redes de mecenazgo moderno capaces de sostener proyectos artísticos incluso, cuando éstos no representan negocios particularmente atractivos. El director cinematográfico todavía puede fracasar comercialmente y continuar filmando gracias a circuitos culturales, coproducciones, fondos internacionales o inversionistas privados interesados en prestigio simbólico. Muchas películas que llegan a Venecia saben perfectamente que jamás competirán contra franquicias multimillonarias; empero, siguen existiendo porque todavía sobreviven sectores culturales convencidos de que el arte no puede reducirse exclusivamente a utilidad económica inmediata.

Muchísimo más cruel resulta el panorama que enfrenta actualmente la literatura mexicana. El escritor contemporáneo quedó prácticamente solo frente al mercado y frente a una economía digital diseñada específicamente para destruir concentración sostenida. Mientras el cineasta de autor todavía puede refugiarse detrás de fondos culturales o prestigio institucional, el escritor debe enfrentarse directamente a editoriales financieramente presionadas, lectores fragmentados y plataformas digitales que transformaron atención humana en mercancía instantánea. La literatura empezó a competir no contra otras novelas, sino contra ansiedad digital, gratificación instantánea, reels, series y TikTok. Esa transformación alteró completamente la manera en que se producen y consumen textos contemporáneos, tal es el caso que muchos autores comenzaron lentamente a adaptar estructura, profundidad y ritmo de sus obras a un ecosistema donde cualquier párrafo complejo corre el riesgo de perder lectores acostumbrados a consumir estímulos breves y rápidos.

Ahí aparece además una responsabilidad social particularmente incómoda que muchas veces preferimos ignorar. Resulta demasiado sencillo responsabilizar exclusivamente a editoriales, industrias audiovisuales o plataformas digitales por la degradación cultural contemporánea; empero, como sociedad también comenzamos lentamente a fomentar y normalizar contenidos cada vez más vacíos porque exigen menos esfuerzo intelectual y generan menor incomodidad emocional. Mientras más alejados se encuentran ciertos productos de complejidad narrativa, cuestionamiento intelectual o profundidad artística mayor suele ser su consumo masivo; la razón probablemente resulte mucho más delicada de aceptar: cada vez nos cuesta más sostener atención suficiente para comprender conceptos complejos y, derivado de esto, terminamos buscando experiencias culturales que no nos obliguen a cuestionarnos demasiado para permanecer cómodamente dentro de nuestra propia zona de confort.

La pregunta verdaderamente incómoda entonces resulta inevitable: ¿debemos continuar consumiendo y promoviendo productos cada vez más vacíos únicamente para permanecer cómodos dentro de nuestra zona de confort, o todavía somos capaces de exigir calidad artística aunque ello implique incomodidad, esfuerzo intelectual y paciencia?

“El prestigio artístico sobrevive… aunque los algoritmos quieran destruir la atención humana.”

Precisamente ahí convergen de manera extraordinaria tanto la FIL como el Festival de Cine de Venecia. Ambos espacios funcionan como refugios culturales para quienes todavía desean enfrentarse a experiencias intelectualmente incómodas, profundas y retantes en una época obsesionada con inmediatez emocional. Acudir a ellos ya no debería entenderse únicamente como una actividad cultural o recreativa, sino casi como una obligación intelectual para quienes todavía consideran importante defender espacios donde el pensamiento complejo pueda sobrevivir antes de ser completamente desplazado por la lógica de consumo inmediato.

Enorme resulta, además, el contraste entre la grandeza organizativa de la FIL y la realidad que enfrentan muchísimos escritores mexicanos, es profundamente paradójico que México posea una de las ferias literarias más importantes del planeta mientras mantiene simultáneamente un ecosistema extraordinariamente precario para quienes producen literatura seria. La FIL de Guadalajara no representa una victoria gubernamental; buena parte de su prestigio internacional proviene precisamente de la capacidad organizativa de editoriales, iniciativa privada, patronatos, sociedad civil y universidades capaces de construir una estructura muchísimo más eficiente que gran parte de los aparatos burocráticos latinoamericanos destinados supuestamente a promover cultura.

La sociedad mexicana ha podido alinearse alrededor de proyectos culturales de esta envergadura no por placer ni romanticismo, sino porque alguien debía llenar el vacío de una ausencia gubernamental que renunció hace mucho tiempo a una de sus obligaciones más elementales: culturizar y educar al pueblo que votó por ella. Esa afirmación no constituye un ataque contra México; al contrario, representa una defensa brutal de la capacidad organizativa mexicana cuando logra operar lejos de burocracia improvisada, mediocridad administrativa o propaganda sexenal. La FIL se convirtió en referencia internacional porque entendió algo que muchos proyectos oficiales jamás comprendieron: la cultura no puede construirse mediante campañas pasajeras ni discursos grandilocuentes, sino mediante continuidad institucional, cooperación estructural y visión de largo plazo.

Otro fenómeno particularmente preocupante aparece cuando se analiza la discusión alrededor de los estímulos fiscales dirigidos a creadores y escritores. El discurso oficial suele presumir supuestos apoyos culturales; sin embargo, cuando se revisan cuidadosamente los mecanismos reales, la narrativa gubernamental comienza rápidamente a desmoronarse. La famosa exención del ISR para autores funciona únicamente hasta cierto límite anual (20 UMAs) que resulta prácticamente simbólico frente a niveles de facturación que incluso escritores medianamente posicionados pueden alcanzar; otros mal llamados beneficios, tampoco representan apoyos profundos a la creación intelectual ya que, la tasa cero aplicada a libros busca estimular circulación comercial y consumo, no elevar calidad de lectura ni proteger autores; incluso esquemas como EFIARTES suelen beneficiar proyectos editoriales capaces de navegar complejidad administrativa, no necesariamente escritores independientes obligados a competir dentro de un mercado cultural cada vez más hostil hacia la profundidad narrativa.

Gigantesca resulta la consecuencia cultural derivada de esa diferencia estructural entre cine y literatura. Mientras ciertas cinematografías europeas todavía logran sostener obras densas, lentas o narrativamente incómodas, gran parte del mercado literario comienza progresivamente a privilegiar textos diseñados para consumo emocionalmente accesible, fácilmente compartible y rápido. No se trata de despreciar el entretenimiento comercial ni literatura popular, hacerlo sería profundamente elitista e intelectualmente deshonesto; el verdadero problema aparece cuando las estructuras culturales comienzan a sobrevivir exclusivamente mediante aquello que exige menos atención, menos complejidad y menos tiempo mental.

Una sociedad incapaz de sostener experiencias culturales complejas durante períodos prolongados probablemente también tendrá enormes dificultades para comprender fenómenos económicos, históricos o sociales igualmente complejos. La degradación de atención colectiva termina inevitablemente afectando calidad del pensamiento público y, eventualmente, también deteriora la calidad democrática. Una población acostumbrada exclusivamente a estímulos inmediatos difícilmente desarrollará paciencia suficiente para analizar procesos políticos amplios, interpretar fenómenos históricos complejos o sostener discusiones intelectuales profundas.

Tampoco puede ignorarse otro elemento que vuelve todavía más delicada la situación contemporánea de la literatura: la transformación psicológica del lector moderno. Muchísimas personas ya no se aproximan a un libro buscando complejidad intelectual, sino frases compartibles y validación inmediata capaces de competir contra hiperactividad digital cotidiana. Las propias editoriales comenzaron lentamente a adaptar estrategias comerciales a esa nueva realidad, privilegiando autores con enorme visibilidad en plataformas digitales aunque muchas veces carezcan de verdadera profundidad literaria. Difícilmente podría encontrarse un síntoma más claro de esa transformación que la manera en que numerosos escritores contemporáneos se ven obligados a construir presencia permanente dentro de redes sociales para mantener relevancia comercial, derivado de esto, muchos terminan dedicando más tiempo a mantener visibilidad digital que a desarrollar procesos creativos rigurosos.

Precisamente por eso tanto Guadalajara como Venecia conservan todavía un valor simbólico tan poderoso dentro del escenario internacional contemporáneo porque ambos espacios continúan defendiendo algo profundamente incómodo para la lógica dominante de nuestra época: la posibilidad de que ciertas experiencias humanas requieran dificultad, paciencia y tiempo para adquirir verdadero significado. Recorrer durante horas los pasillos de la FIL o permanecer sentado observando una película narrativamente exigente en Venecia, implica enfrentarse a una temporalidad completamente distinta de aquella impuesta por plataformas digitales donde no existe satisfacción emocional instantánea; en una época obsesionada con rapidez, semejante exigencia ya constituye una forma de resistencia cultural.

Finalmente, quizá el verdadero valor histórico tanto de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara como del Festival Internacional de Cine de Venecia no consista únicamente en preservar cine de autor o literatura compleja, sino en recordarle al mundo contemporáneo que todavía existen experiencias humanas incapaces de reducirse exitosamente a métricas rápidas, tendencias virales o rentabilidad instantánea; porque cuando una civilización comienza a perder interés por aquello que exige complejidad, paciencia y silencio intelectual, ¿no empieza también lentamente a perder capacidad para comprenderse a sí misma?

DATO CULTURAL.

Un día como hoy en 1723 nacía en Kirkcaldi, Escocia, el catedrático, conferencista, economista y filósofo graduado de las universidades de Glasgow y Oxford, Adam Smith quien, es considerado como el padre de la economía moderna y que en 1767 publicara el primer gran trabajo de economía política intitulado “Ensayo sobre la riqueza de las naciones”; en 1903 en Detroit, Estados Unidos, Henry Ford junto con otros diez inversionistas, fundan en la avenida Mack, la fábrica automotriz denominada Ford Motors Company; en 1965 en New York, Estados Unidos, se lanza en las operadoras de radio la canción “Like a Rolling Stone” del gran músico Bob Dylan, a pesar de las múltiples insistencias de la industria musical para modificar la duración de la canción que es de 6:34 segundo, y con todo en contra, conseguiría convertirse en un éxito internacional, así como, una canción emblemática para la cultura popular de todos los tiempos.

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