Por: Francisco Javier Estrada

Escuchado en alguna parte, se quedó en mi la idea de una persona calificando <<de no cronista a Carlos Monsiváis, por no haberle dedicado más tiempos al estudio de la historia>>. Qué raro, me dije, si reviso la historia de los cronistas y de la crónica, resulta que son ellos los que dedicaron mucho de su vida a relatar su tiempo siendo así no sólo conocedores de la historia, sino que la escribieron viendo con sus ojos y su mente los sucesos de su presente y no sólo del pasado. El Cronista es aquel personaje oral o de las letras, que describe su presente siendo un sabio del pasado.
Al revisar lo que cronistas de pueblos originarios hicieron me doy cuenta que su principal cualidad fue relatar ese presente que vivieron. Así el estudiar los códices de aquellos pueblos originarios, se nota la visión de aquella actualidad que vivieron. Basta con atender la revista Arqueología Mexicana en su edición especial # 126, trae el tema de “Códices de México / Memoria e Imágenes”. Guía de 36 códices, que a la vez se dividen en 4 códices prehispánicos y 32 códices coloniales. Por sí solos muestran la riqueza de aquellos tiempos que vivían nuestros ancestros, en un territorio de Mesoamérica rico por su diversidad cultural en lenguas, gastronomía, creencias y pensamiento en general. Dos culturas aparecen en tales códices relatando aquellos tiempos. El cronista desde épocas y culturas indígenas relataron su tiempo.
Entender eso, es comprender que el cronista no es sólo el que sabe del pasado. Eso le sirve de base para comprender su tiempo. Xavier Noguez, admirable investigador de El Colegio Mexiquense, en palabras de presentación de esta edición cuenta: “En pocas ocasiones se ha enfatizado, con suficiencia, uno de los aspectos más característicos e importantes de las culturas que florecieron en nuestro actual territorio antes e inmediatamente después de la llegada de los españoles. Se trata de la existencia de verdaderos libros y su uso sistemático. En definitiva, los antiguos mexicanos desarrollaron una civilización que tuvo como una de sus principales bases los “libros pintados”.
Como afirman autores modernos, y usando un término en lengua náhuatl, Mesoamérica fue una Amoxtlalpan “tierra firme de libros”. La Tlacuilolli, actividad de pintar libros, fue una actividad que tuvo un alto reconocimiento social, debido a que verdaderos artistas se dedicaban a expresar gráficamente asuntos complejos sobre cosmovisión en libros mánticos o adivinatorios o en anales históricos, por ejemplo. En esta actividad conocemos la participación de mujeres nobles (cihuapipiltin) como pintoras, como se registró en el Códice Talleriano-Remensis. La tlacuilolli no desapareció con la conquista española. Hubo un significativo incremento en la generación de documentos pictográficos, siendo un buen número de ellos producto de las nuevas necesidades que enfrentaban las comunidades indígenas novohispanas, derivadas de las nuevas situaciones sociales, económicas y jurídicas que se les habían impuesto.
Las pictografías indígenas elaboradas después de la tercera década del siglo XVI y hasta principios del siglo XVIII suman una enorme cantidad, que contrasta con los 17 ejemplares prehispánicos sobrevivientes hasta nuestros días. Y, asombrosamente, no se conoce ningún códice de certero origen prehispánico, procedente del Centro de Mesoamérica, particularmente de la cuenca lacustre del «Altiplano Central.”
Xavier Noguez es para los mexiquenses un referente en la investigación y estudio de códices de pueblos originarios y de época colonial, como se ve en la revista citada. Él cuenta: “Fueron los mismos conquistadores españoles los primeros en sorprenderse de la presencia de “libros pintados”, resguardados en repositorios como los que conocieron en Tlaxcala, Tetzcoco, Tlaltelolco y Tenochtitlan”. Pensemos con qué sorpresa y admiración los conquistadores españoles, en su mayoría ajenos a la sabiduría que se deseara, vieron la belleza de estos documentos. La seriedad de los mismos.
Viene a nuestra mente el ejemplo negativo de la quema de la Biblioteca de Alejandría, en Egipto. No es raro que hubiera pasado con tales “libros” lo mismo que sucedió en aquel continente africano siglos antes. Por ello dice Noguez: “Sin embargo y salvo excepciones, su asombro y curiosidad no se transformó en ánimos de preservación, por su celo evangelizador y el temor a que los indígenas continuaran utilizando estas extraordinarias fuentes de acumulación de conocimiento”. Reinventar la historia a partir del conquistador. Quemar lo dominado para que no quede nada de ellos más que sus cuerpos que son propiedad de los conquistadores. Bueno es citar las palabras del investigador: “Debemos aclarar que el inicial proceso destructivo de pictografías no sólo fue emprendido por los españoles. Se registra el caso de la devastación, por parte de los tlaxcaltecas, aliados de las fuerzas de Hernán Cortés. La falta de interés de los pueblos por preservar sus pictografías, y la misma naturaleza perecedera de los materiales utilizados en su elaboración, también contribuyeron a que sólo un número mínimo de pictografías indígenas elaboradas antes de la conquista, hayan sobrevivido”.
Basta con leer a don Ángel María Garibay en sus estudios sobre la cultura otomí, que perseguida por los mexicas fueron atacados con saña; odiaban la reciedumbre y terquedad de quienes eran legendaria cultura en Mesoamérica. El Códice de Jilotepec es prueba de las aportaciones de aquel pueblo bárbaro que no quería aceptar el dominio sobre ellos de los náhuatl venidos del centro de aquellos territorios ricos en lenguas y culturas indígenas. Toda cultura conquistadora busca borrar todo el pasado de esos territorios ahora dominados. Si para eso deben hacer un genocidio como sucedió en la Colonia con la cultura matlatzinca, hecha por los españoles que entre enfermedades y esclavitud prácticamente acabaron con este mundo indígena en el Valle de Toluca.
Son los Códices prueba de un mundo de cronistas, que no sólo en lenguaje de ese tiempo se relataba, sino que con apoyo de imágenes se pudo describir aquel presente. Cuenta Xavier Noguez: “Sólo el códice prehispánico intitulado Colombino, procedente de Tututepec (mixteca de la costa), en la actualidad forma parte de los acervos mexicanos. Desde el tiempo mismo del envío de obsequios de Cortés al emperador Carlos I, en 1520, donde se registraron “libros pintados”, hasta principios del siglo pasado, numerosas pictografías han salido al extranjero, guardándose ahora en colecciones públicas y privadas”. Dice tristemente el investigador: “Es lamentable reconocer que el periodo de mayor saqueo se dio después de la Independencia (1821) cuando en medio del caos político y social que se prolongó hasta la etapa porfirista, los archivos y bibliotecas fueron completamente descuidados”. Sí, los mexicanos hemos descuidado la voz de nuestros cronistas originarios, Tlacuilos cuya voz era verdad y belleza ancestral.
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