Nunca nos enseñan a elegir

Por: Víctor Manuel Reyes Ferriz

14 DE JULIO DE 2026 Nunca nos enseñan a elegir

La reciente elección presidencial en Colombia, el viraje político experimentado por Argentina, el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, el fortalecimiento de partidos conservadores en distintos países europeos y el reacomodo que comienza a observarse en diversas regiones del mundo parecen acontecimientos independientes; empero,  no lo son. Todos forman parte de un mismo fenómeno histórico que suele pasar desapercibido porque tendemos a analizar cada elección como un episodio aislado; sin embargo, los pueblos siempre han virado, lo novedoso no es el cambio de dirección, sino la velocidad con la con que hoy están cambiando. Basta observar el mapa político mundial para advertir un reacomodo que difícilmente puede calificarse como casual; diversos países han transitado hacia gobiernos identificados con la derecha o la centroderecha, otros mantienen administraciones de izquierda, algunos permanecen bajo regímenes claramente autoritarios y un reducido grupo continúa siendo abiertamente dictatorial, pero el dato verdaderamente relevante no consiste en determinar quién encabeza momentáneamente la estadística, sino comprender por qué esa distribución se ha modificado con tanta rapidez durante apenas unos cuantos años.

Si bien es cierto que una tentación inmediata consistiría en concluir que la derecha está regresando o que la izquierda comienza a agotarse; ambas afirmaciones resultan tan apresuradas como superficiales, porque la historia demuestra exactamente lo contrario. Europa transitó de monarquías absolutas hacia movimientos liberales, posteriormente fortaleció corrientes socialdemócratas, experimentó el ascenso de proyectos conservadores, convivió con modelos de Estado de bienestar y hoy vuelve a observar un fortalecimiento de partidos ubicados hacia la derecha del espectro político; por su parte, América Latina tampoco ha seguido un camino lineal, ya que los procesos independentistas dieron paso a gobiernos liberales, posteriormente surgieron dictaduras militares, llegaron reformas neoliberales, aparecieron proyectos progresistas y, nuevamente, varias sociedades comienzan a modificar sus preferencias electorales. Los nombres cambian, las generaciones también; el movimiento permanece.

Brasil ofrece hoy quizá el laboratorio más ilustrativo para observar ese mismo fenómeno. Después de haber transitado de los gobiernos del Partido de los Trabajadores al ascenso de Jair Bolsonaro y posteriormente al regreso de Luiz Inácio Lula da Silva, el país enfrenta una nueva elección en la que las encuestas vuelven a mostrar un escenario altamente competitivo. Cualquiera que sea el resultado que finalmente arrojen las urnas durante la elección presidencial de octubre, el solo hecho de que la mayor economía latinoamericana haya experimentado semejantes virajes en tan pocos años confirma que los electorados de la región se encuentran mucho más dispuestos que antes a modificar sus preferencias políticas cuando perciben agotado un proyecto de gobierno; ante ello, conviene recordar una particularidad institucional relevante: al buscar la reelección para el mismo cargo, Lula no está obligado a cumplir con la denominada desincompatibilização, mecanismo jurídico que exige la separación del cargo para muchos funcionarios que aspiran a un puesto de elección, por lo que puede desarrollar su campaña sin dejar de ejercer la Presidencia.

“La pregunta más incómoda no es por qué cambian las sociedades, sino en qué momento el cambio dejó de ser excepción y comenzó a operar como la dinámica habitual de un sistema político donde el cambio es percibido como inmediato, frente a procesos sociales que son necesariamente más lentos.”

Ese comportamiento obliga a formular una pregunta mucho más interesante que la simple confrontación entre izquierda y derecha. ¿Por qué las sociedades cambian de rumbo? La respuesta difícilmente puede encontrarse en un repentino entusiasmo por la teoría política y, es que, los pueblos rara vez modifican su voto porque un tratado de filosofía los convenza de adoptar determinado modelo económico o institucional, cambian porque experimentan inseguridad, corrupción, inflación, pérdida de expectativas, agotamiento institucional, desigualdad o una sensación generalizada de que el proyecto vigente dejó de responder a las necesidades que alguna vez prometió resolver. El viraje nace del descontento; empero, ese descontento no explica por sí solo la dirección del cambio y la cuestión verdaderamente importante no consiste en discutir si ese descontento existe —porque generalmente tiene causas reales—, sino con qué criterio termina convirtiéndose en una nueva elección política.

Ahí comienza una diferencia que con frecuencia ignoramos porque en numerosas ocasiones el ciudadano tiene bastante claridad respecto de aquello que ya no desea, pero mucha menos respecto de aquello que realmente busca construir. Rechazar un modelo no equivale automáticamente a comprender el siguiente, de hecho, existe una enorme distancia entre abandonar una decisión y haber construido otra mejor, de suerte tal que, esa diferencia explica por qué electorados completos son capaces de desplazarse de un extremo ideológico al otro en apenas una generación. No necesariamente descubrieron una mejor alternativa, simplemente dejaron de confiar en la anterior, y el vacío que deja ese desencanto rara vez permanece desocupado; tarde o temprano alguien aparece dispuesto a ofrecer una nueva explicación del problema y, sobre todo, una nueva promesa de solución.

Precisamente por ello conviene distinguir conceptos que el debate público suele mezclar con demasiada facilidad; es decir, democracia no constituye una forma de Estado, una ideología ni un modelo económico., democracia describe únicamente un mecanismo mediante el cual una sociedad elige a sus gobernantes. República, monarquía, federalismo, parlamentarismo o presidencialismo pertenecen a otra categoría completamente distinta y, confundir esos conceptos provoca que terminemos atribuyendo virtudes o defectos a la democracia cuando, en realidad, corresponden al desempeño de quienes llegan al poder mediante ella. Aristóteles advertía hace más de dos mil años el riesgo de que la demagogia sustituyera al juicio racional; hoy contamos con suficiente experiencia histórica para comprobar que aquella preocupación no pretendía desacreditar la participación ciudadana, sino recordar que una elección deja de fortalecer a la democracia cuando el ciudadano renuncia a examinar críticamente aquello que se le promete.

Tampoco ayuda reducir el concepto de compra del voto al intercambio directo de dinero por una boleta electoral; las formas contemporáneas de clientelismo político son considerablemente más sofisticadas, la permanencia en programas sociales, la estabilidad laboral, las estructuras sindicales, los contratos públicos, la presión institucional o las expectativas económicas futuras pueden convertirse en mecanismos de persuasión extraordinariamente eficaces sin necesidad de entregar efectivo el día de la elección. La libertad formal continúa existiendo; lo que cambia es el costo de ejercerla. Conservamos la capacidad de elegir, pero las consecuencias de esa elección pueden volverse suficientemente altas como para modificar la conducta de una parte importante del electorado.

Resulta igualmente cómodo afirmar que las sociedades han dejado de pensar o que son víctimas permanentes de la manipulación; empero, ninguna explicación alcanza por sí sola, porque elegir con base en una emoción, en el miedo, en la esperanza, en la identidad, en la pertenencia o incluso en la conveniencia personal sigue siendo, al final, una elección. El problema no radica en que las emociones participen; siempre lo han hecho, la dificultad comienza cuando dejamos de revisar si el criterio con el que decidimos continúa siendo el más sólido posible. No elegimos únicamente entre candidatos; elegimos constantemente la jerarquía de valores que dará forma a nuestras decisiones.

Quizá por eso la discusión contemporánea no debería centrarse exclusivamente en determinar si el mundo gira hacia la izquierda o hacia la derecha. Los pueblos siempre han cambiado de rumbo cuando consideran agotado un modelo anterior; eso no constituye ninguna novedad; lo verdaderamente inédito es la velocidad con la que esos virajes comienzan a producirse y la facilidad con la que las sociedades parecen abandonar convicciones que apenas unos años antes defendían con absoluta certeza. Ningún proyecto político debería evaluarse por la emoción que despierta durante una campaña, sino por los resultados que produce una vez que gobierna, porque no podemos, ni debemos olvidar que las ideologías prometen; los gobiernos entregan resultados.

Finalmente, el verdadero desafío de nuestro tiempo quizá no consista en descubrir hacia dónde volverá a girar el péndulo político mundial, sino preguntarnos con qué criterio estamos eligiendo impulsarlo cada vez que decidimos moverlo. Bajo cualquier sistema político vigente, la pregunta no es si el ciudadano debe ser criticado por elegir, sino ¿qué elección previa realiza dentro de sí mismo antes de decidir a quién otorgar la responsabilidad de representarlo durante los próximos años?

DATO CULTURAL.

Un día como hoy en 1789 en París, Francia, los ciudadanos organizados asaltan la fortaleza de la Bastilla, la cual, es una prisión sumamente simbólica del régimen absolutista y que, tras una cruenta batalla, los insurrectos toman el control, liberan presos mientras la población civil amaga a la familia real en el Palacio de las Tullerías. Este acontecimiento es mundialmente conocido como la “Toma de la Bastilla” y marca el inicio de la Revolución Francesa; en 1811 en Caracas, Venezuela, el diplomático, escritor, humanista, ideólogo, militar y político Sebastián Francisco de Miranda y Rodríguez Espinoza, enarbola por primera ocasión la bandera tricolor (amarillo, azul y rojo) diseñada por el mismo y autorizada por el Congreso para representar la independencia de Venezuela y el surgimiento de la nación; en 2011 en New York, Estados Unidos, en la sede de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, la República de Sudán del Sur es aceptada como Estado Miembro.

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