Por: Thelma Morales García

Hace unos días, asistí al cuadragésimo octavo Congreso Nacional de la Asociación Nacional de Cronistas de Comunidades y Ciudades Mexicanas A.C. (ANACCIM), que se realizó del 28 de julio al primero de agosto 2026, en la Ciudad de Aguascalientes y en los municipios subsedes: Pabellón de Arteaga, Tepezalá, Calvillo, Jesús María y San José de Gracia. En esta ocasión el tema central fue “A 100 años de la Cristiada Movimiento Cristero en México 1926-1929”.
Se dividió la temática en siete mesas, las tres primeras enfocadas al movimiento Cristero aunque históricamente muchas entidades sobre todo en las zonas rurales vivieron en carne propia el conflicto armado dicha guerra se concentró en el centro y occidente del país (Jalisco, Michoacán, Guanajuato y Zacatecas).
La mesa uno fue: La Guerra Cristera desde la visión de la Crónica; Líderes cristeros, Caudillos y jefes cristeros; Rescate de la Generación heredera de la Cristiada. La mesa dos: La importancia de la Mujer en el Movimiento Cristero; Participación en la lucha armada y apoyo logístico; El rol en la clandestinidad y resistencia; Liderazgo y organización: Impacto en la sociedad y legado y la mesa tres: La Constitución de 1917 y su impacto en la Relación entre el Estado y la Iglesia; Conflictos de interés: Efectos regionales y locales de la aplicación de la Constitución.
Algunas de las conferencias fueron muy interesantes, porque se basaban fundamentalmente en historias familiares como el caso de Jesús Arzate Becerril con ¿Cristeros en Temoaya?, donde su abuelo ayudó a un jefe cristero a ocultarse de los militares. Otros cronistas del Estado de México como el Dr. Pedro Gutiérrez Arzaluz hablaron de “Líderes, caudillos y jefes cristeros”, en su municipio Ocoyoacac; Francisco Armendariz Calderón cronista de Tenango del Aire, expuso la conferencia “Entre el aula laica, el catecismo clandestino y el mito escolar: la maestra Angelina Niño y la resistencia civil en Tenango del Aire” o el maestro Héctor Cruz González Bejarano con “La Cristiada en San José Villa de Allende”.
Hubo muchos estados que hablaron de lo sucedido en sus lugares de origen como “La revolución cristera en Durango” de María del Carmen Lujan, “La guerra cristera en Santa Fe de los Altos de México y en la ciudad de México” de Jesús Cortés Tabares; “Cuando ardieron los santos, memoria, poder y resistencia en Chiapas” de Marco Antonio Orozco Zuarth, “Crónica de una Fe en voz baja: La Cristiada en Morelos” de Tláloc García Lazos y “El devenir histórico de la sublevación cristera en Jalisco” de Francisco Javier Sánchez Muñoz.
De acuerdo con la historia, la Guerra Cristera inició oficialmente el 3 de agosto de 1926 y concluyó el 21 de junio de 1929; como es un tema que a 100 años se continúa revisando a través de la microhistoria, es decir, lo que sucedió a nivel local y familiar, de cómo se vieron afectados quienes por su religión lucharon por defenderla y protegerla.
En nuestra ciudad, el pasado 30 de junio de 2026, en el salón presidentes del ayuntamiento de Toluca, se llevó a cabo la conferencia: “¿La Cristiada en Toluca? Nuestra ciudad y sus alrededores durante la persecución religiosa (1926-1934)”, impartida por el maestro Gerardo Pérez Silva, integrante de la Comisión de Historia de la Arquidiócesis de Toluca, quien nos habló que en ese periodo gobernaba Filiberto Gómez, quien extendió el anticlericalismo en el Estado de México hasta el final de su gobierno, en 1933, por lo que muchos líderes cristeros, se ocultaban y continuaban con su fe en la clandestinidad.
En mi caso, también un recuerdo familiar del lado de mis abuelos maternos se contaba sobre esta época y que comparto para ver las implicaciones que este movimiento tuvo en muchas familias mexiquenses.
Lázaro García López (1905-1989), contrajo nupcias en el registro civil de Toluca el 29 de enero de 1930 con la señorita Leonila Reyes (1908-2005) ante el licenciado Sebastián Vilchis Juez primero de lo Civil; se desempeñaba como mecánico de trenes de 25 años, hijo de Juan de Dios García (difunto) y Adela López de 42 años, ambos originarios y avecindados en Toluca. La segunda, originaria de Capulhuac y vecina de Tenango del Valle de veintidós años, hija de Vicente Reyes comerciante de 60 años y Rosa Navas de 40 años y originarios respectivamente de Capulhuac y Joquicingo, ambos vecinos de Tenango del Valle.
Cuando era niña, muchas anécdotas me fueron compartidas por mis abuelos maternos. Lázaro García López, había sobrevivido a dos situaciones cercanas a la muerte, la más grave fue la explosión ocurrida en la estación del Ferrocarril en Tultenango, comunidad cercana al municipio de El Oro, Estado de México. Durante casi 36 años trabajó en Ferrocarriles Nacionales y derivado de esa explosión donde casi muere, recordaba que Dios lo había protegido de esa experiencia y de otra que había vivido casi ocho años antes.
El joven Lázaro se enamoró de Leonila Reyes Navas originaria de Capulhuac; nunca les pregunte cómo se conocieron, pero de seguro fue en la ciudad de Toluca, porque él vivía ahí y su novia tomaba clases de máquina de coser en la Singer de la ciudad.
En ese entonces su novia viajaba de Tenango a Tenancingo, porque su familia tenía la concesión de la Singer (máquinas de coser), por lo que no sé cada cuando iba a verla y nos platicaba que se iba en bicicleta, aunque había veredas para llegar hasta allá, suponemos (mi madre y mis tías) que una parte la hacía en tren, con mayor razón si entonces ya trabajaba para Ferrocarriles Nacionales, en esa época el tren llegaba hasta Tenango del Valle y de ahí a Tenancingo serían unas dos horas en bicicleta, así suena más lógico, viajar dos horas de ida y dos de regreso, seguro que no pernoctaba ahí y se regresaba a su casa por la tarde.
En una de esas visitas, un jueves 2 de agosto de 1928, cerca de 150 cristeros tomaron el centro de municipio de Tenancingo en una terrible batalla contra los federales que lograron derrotarlos, lo que hizo que se refugiaran en el Santo Desierto del Carmen; mi abuelo platicaba que sin saber que eso estaba sucediendo fue detenido por los militares; la Guerra Cristera (1926-1929) cobró muchas vidas, incluso de quienes no estaban involucrados con ninguno de los dos bandos, siendo católico Lázaro sabía que si llevabas una imagen en tu cartera de algún santo o ibas armado, te fusilaban sin preguntar y sin hacerte un juicio.
Él iba armado, llevaba su revolver escondido en una de sus botas cerca del tobillo, el jefe de aquellos militares le preguntó que hacía ahí, y contestó que iba a visitar a su novia que se encontraba en el centro de Tenancingo; el militar ordenó que se le registrara. Lázaro sabía que no había escapatoria y sólo mostró templanza ante lo inevitable, recuerda que el soldado lo revisó de manera física palpando la ropa desde el torso hasta los pies, cuando en lo que cree que fueron fracciones de segundos, la mano del soldado sintió el arma en el tobillo.
Dice mi abuelo que el soldado no hizo ningún ademán o movimiento para darle a entender a su oficial que venía armado, tal vez pensó: –pobre muchacho, lo van a matar– o tal vez ese día Dios lo miró con ojos de misericordia y tocó el corazón del soldado, pues al terminar la revisión informó a su superior que no traía nada y lo dejaron ir.
Cuando se platicaba de ese hecho sucedido al abuelo, nos sobresaltábamos de saber que pudo haber muerto y nosotros no estaríamos aquí para contarlo. Pero ello me hizo recordar cómo un suceso que parece aislado formó parte de la historia de una familia y de un hecho histórico de nuestro país que cobró la vida de más de 200 mil católicos en defensa de su fe religiosa.
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