Seguir estando presente

Por: Víctor Manuel Reyes Ferriz

25 DE AGOSTO DE 2026 Seguir estando presente

Cuando pensamos en un sarcófago, casi todos pensamos en Egipto, en el desierto, en las pirámides, en los faraones y en aquellos enormes recipientes de piedra que durante miles de años fueron asociados con la muerte, la preservación del cuerpo y la posibilidad de que una persona continuara existiendo más allá de su propia vida; empero, al otro lado del mundo, en los Andes del actual Perú, una civilización completamente distinta construyó también sarcófagos, aunque no como los que nuestra imaginación suele evocar cuando escucha esa palabra, sino como enormes figuras antropomorfas elaboradas en arcilla, paja y madera, colocadas verticalmente en lo alto de precipicios y protegidas por las propias montañas, como si los muertos hubieran sido depositados en el paisaje sin abandonar completamente la mirada de los vivos.

La cultura Chachapoya habitó los Andes nororientales del actual Perú y desarrolló sus propias formas de organizar la vida, la muerte y la relación entre quienes permanecían en este mundo y quienes lo habían abandonado; sus sarcófagos no fueron simples recipientes destinados a ocultar un cuerpo, sino representaciones humanas que protegían los restos de personajes de alto rango y que, por su propia forma y ubicación, parecían conservar algo más que una estructura funeraria, porque ahí, en lo alto de una pared rocosa, los muertos no fueron depositados bajo la tierra ni encerrados completamente en la oscuridad, sino colocados en un espacio que continuaba formando parte del mundo visible.

Desde ahí, la comparación comienza a adquirir una profundidad inesperada, porque no estamos hablando de dos sociedades contemporáneas separadas únicamente por un océano, ni de dos culturas que hubieran compartido territorio, tecnología o tradición; estamos observando dos civilizaciones radicalmente distintas en su geografía, en su organización, en sus creencias y en su desarrollo histórico, separadas además por miles de años, que construyeron respuestas propias frente a una preocupación que parece haber acompañado a la humanidad desde mucho antes de que existieran los registros que hoy utilizamos para reconstruirla: qué hacer con la presencia de una persona cuando su vida ha terminado.

En ambos casos, las respuestas fueron diferentes porque los mundos eran diferentes; los egipcios desarrollaron una compleja relación con la preservación del cuerpo, con la continuidad de la existencia y con la posibilidad de que el nombre y la identidad del muerto continuaran teniendo significado después de la muerte, mientras que los Chachapoya construyeron sus propios espacios funerarios y colocaron sus sarcófagos en lugares elevados, protegidos y visibles, de acuerdo con una concepción propia de la relación entre los muertos, el paisaje y quienes permanecían vivos; sin embargo, detrás de la diferencia entre una civilización y otra puede aparecer una semejanza mucho más profunda, porque ambas sociedades parecen haber comprendido que la muerte puede terminar con la vida sin conseguir borrar inmediatamente la presencia de una persona.

Un cuerpo puede dejar de respirar, una voz puede dejar de pronunciar palabras y unas manos pueden dejar de actuar sobre el mundo; sin embargo, el nombre puede continuar siendo pronunciado, la imagen puede continuar siendo observada, las historias pueden continuar siendo contadas y los objetos pueden continuar ocupando un lugar entre quienes permanecen, porque la muerte no produce necesariamente una desaparición instantánea, sino una transformación de la forma en que alguien continúa existiendo para los demás; quizá por eso los seres humanos hemos construido tumbas, monumentos, esculturas, fotografías, libros, rituales y toda clase de objetos destinados a impedir que la muerte borre completamente la presencia de alguien, como si nuestra especie hubiera comprendido desde hace miles de años que dejar de vivir no significa necesariamente dejar de estar.

Los primeros sarcófagos egipcios de piedra aparecieron aproximadamente a partir del año 3,800 a. C.; los sarcófagos de la cultura Chachapoya fueron construidos alrededor del año 1,200 de nuestra era y ahora, en pleno 2026, nosotros observamos ambos ejemplos desde el presente; entre la primera fecha y la segunda transcurrieron casi cinco mil años; empero, entre la segunda y la tercera han transcurrido poco más de ocho siglos, como si los intervalos de la historia comenzaran a comprimirse y la humanidad recorriera sus propios ciclos con una velocidad creciente, irónicamente reflejada en la propia Tierra que, después de haber dado miles de millones de vueltas desde aquellos primeros sarcófagos, hoy gira más rápido que en cualquiera de aquellos momentos.

Tal vez los sarcófagos de Karajía no fueron construidos para que los muertos observaran el mundo, sino para que los vivos no olvidaran que algún día dejarían de hacerlo.

En México no construimos sarcófagos para conservar a nuestros muertos, pero durante varios días levantamos altares, organizamos desfiles, cantamos, cocinamos, cenamos, bebemos, visitamos sus tumbas y colocamos sus fotografías en el centro de nuestra vida cotidiana; no se trata únicamente de recordar a quienes ya no están, sino de permitir que, al menos simbólicamente, regresen a ocupar un lugar entre nosotros, porque durante esos días la fotografía vuelve a la mesa, la comida vuelve a prepararse, la música vuelve a sonar, el nombre vuelve a pronunciarse, la historia vuelve a contarse y el altar vuelve a construirse, hasta que la ausencia parece adquirir una presencia concreta.

Las tradiciones sobreviven cuando dejan de ser únicamente costumbres heredadas y se convierten en formas de seguir sintiendo; por eso nuestros rituales relacionados con la muerte no permanecen únicamente porque alguien los haya repetido antes que nosotros, sino porque todavía permiten establecer una relación emocional con quienes ya no pueden participar físicamente en ellos, porque una fotografía puede volver a ocupar el centro de una mesa, una comida puede volver a prepararse siguiendo una receta que perteneció a alguien que ya no está, una canción puede recuperar una voz ausente y un nombre puede volver a ser pronunciado dentro de una celebración que convierte la memoria en una experiencia compartida.

Quizá la relación humana con la muerte nunca ha consistido exclusivamente en aceptar que alguien se ha ido; también ha consistido en encontrar formas de que aquello que vinculaba a esa persona con la vida continúe apareciendo entre nosotros, porque recordar no siempre significa mirar hacia atrás, a veces significa volver a hacer, volver a decir, volver a preparar y volver a reunir aquello que alguna vez formó parte de una existencia que terminó, pero que todavía puede producir consecuencias en la vida de quienes permanecen.
La necesidad de conservar la presencia de quienes ya murieron encuentra una contraparte inquietante en la forma en que hemos dedicado nuestra propia vida a intentar conservar nuestra presencia en la mirada de los demás; queremos ser recordados después de morir, pero también queremos ser vistos mientras todavía estamos vivos, queremos que nuestro nombre sobreviva al tiempo, pero también queremos escuchar que alguien lo pronuncia ahora, queremos dejar una huella que permanezca cuando ya no podamos caminar sobre el mundo, pero también buscamos constantemente la confirmación de que nuestra presencia está produciendo algún efecto en él.

En el presente, las redes sociales no inventaron esa necesidad, pero sí crearon una forma de medirla prácticamente en tiempo real; durante miles de años una persona podía dejar una obra, construir un monumento, escribir un libro, levantar una tumba o confiar en la memoria de quienes la conocieron, sin recibir una confirmación inmediata de cuánto tiempo permanecería su presencia en la vida de los demás; hoy, en cambio, podemos publicar una imagen y observar cuántas personas la miran, escribir una idea y comprobar cuántas personas reaccionan, compartir una experiencia y recibir en pocos minutos una respuesta que parece confirmar que seguimos ocupando un lugar dentro de la mirada de alguien más.

Nuestra época ha producido una transformación profunda en esa relación con la permanencia, porque la necesidad de trascender, que durante siglos parecía pertenecer principalmente al territorio de la muerte, ahora puede acompañarnos durante toda la vida; ya no esperamos necesariamente a desaparecer para descubrir si nuestra presencia permanecerá, porque podemos recibir constantemente pequeñas confirmaciones de nuestra visibilidad, de nuestro reconocimiento y de nuestra capacidad de producir una reacción en los demás, como si cada reacción, cada comentario y cada nueva mirada funcionara como una pequeña prueba de que todavía estamos aquí.

Ser visto no es necesariamente lo mismo que ser reconocido, así como ser recordado no significa necesariamente haber trascendido; una imagen puede acumular miles de miradas y desaparecer de la memoria en cuestión de horas, mientras que una vida aparentemente pequeña puede permanecer durante décadas en la existencia de una sola persona, porque la trascendencia no depende únicamente de la cantidad de personas que observan nuestra presencia, sino de la profundidad con la que nuestra existencia consigue modificar la vida de alguien más.

Preguntarnos cuánto tiempo queremos permanecer resulta menos importante que descubrir qué queremos que permanezca de nosotros; los egipcios conservaron cuerpos, nombres y monumentos, los Chachapoya elevaron a sus muertos sobre el paisaje, las tradiciones mexicanas reconstruyen durante unos días las condiciones simbólicas para que quienes ya no están vuelvan a ocupar un lugar entre los vivos y nosotros, mientras tanto, acumulamos fotografías, videos, mensajes, publicaciones y registros digitales que pueden continuar existiendo incluso cuando ya no podamos volver a producirlos.

Acaso nuestros perfiles digitales sean una nueva forma de sarcófago, no porque conserven nuestros cuerpos, sino porque intentan conservar algo de nuestra presencia; acaso las fotografías, los videos y las palabras que dejamos atrás sean una forma contemporánea de decir que nuestra existencia no debería desaparecer por completo cuando nosotros ya no podamos sostenerla; acaso, incluso, la obsesión contemporánea por ser vistos mientras estamos vivos sea la contraparte inmediata de una preocupación mucho más antigua: el miedo a que, cuando dejemos de estar aquí, nadie encuentre nada que recordar.

Finalmente, la necesidad de trascender quizá no nace únicamente del deseo de vivir para siempre, sino del temor de que nuestra existencia pueda terminar sin haber dejado una huella en la memoria, en la mirada o en la vida de alguien más; por eso los seres humanos hemos colocado a nuestros muertos en piedra, en montañas, en tumbas, en altares, en fotografías, en canciones y ahora también en espacios digitales, porque tal vez llevamos miles de años intentando responder a una misma inquietud con materiales diferentes, culturas diferentes y tecnologías diferentes, sin haber dejado de buscar una forma de permanecer; empero, quizá la pregunta más profunda sea otra ¿qué haremos después de morir, sino qué parte de nosotros habrá conseguido seguir viviendo en los demás cuando ya no podamos hacer nada para permanecer por nosotros mismos?

DATO CULTURAL.

Un día como hoy en 1609 en Venecia, Italia el astrónomo, científico, filósofo, físico, ingeniero y matemático Galileo Galilei muestra ante el pleno del Senado su versión mejorada sobre el invento denominado “telescopio”, del cual, existen versiones diferentes de su creación, una de ellas se le atribuye a un artesano gerundense de nombre Joan Roget y otra versión a otro artesano neerlandés de nombre Hans Lippershey quien obtuvo la patente en el año 1608; en 1900 fallecía en Weimar, Imperio alemán (actual Alemania) el catedrático, compositor, crítico musical, escritor, filósofo y poeta Friedrich Wilhelm Nietzsche quien dentro de sus mayores aportes hizo una deconstrucción de la cultura, la filosofía y la religión y que es considerado como uno de los mayores pensadores de la historia; en 1984 fallecía en Los Angeles, Estados Unidos el actor, cuentista, dramaturgo, escritor, guionista, novelista y periodista Truman Streckfus Persons mejor conocido como Truman Capote quien se desarrolló de manera recurrente bajo el género de “novela de no ficción”, es considerado como uno de los autores norteamericanos más importantes y nos dejó obras como “Other Voices, Other Rooms” (Otras voces, otros ámbitos – 1948), “In cold blood” (A sangre fría – 1966) y “Breakfast at Tiffany’s” (Desayuno en Tiffany’s” – 1958); estas últimas dos llevadas a la pantalla grande en 1967 y 1961 respectivamente.

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