Por: Thelma Morales García

En unos días celebraremos como cada año la tradición del Día de Muertos, en todo el país y en cada entidad con la diversidad cultural de cada grupo originario o mestizo; asistir al panteón o camposanto para “visitar” a los familiares que se fallecido, con flores para adornar sus tumbas, así como la ofrenda que se coloca en los hogares para que los difuntos vengan a visitarnos y para ofrecerles lo que en vida más les gustaba.
Desde la época prehispánica, la muerte para los nahuas tenía la representación de Mictlantecuhtli, que habitaba en el Mictlán que fue descrito por Sahagún como un sitio “en medio de dos sierras que están encontrándose una con otra”; el muerto debía llevar consigo un perro color bermejo para pasar el río de la muerte denominado Chiconahuapan; en cambio para los totonacos el reino de los muertos se encuentra bajo la tierra, donde vive el Dios Fuego y el Dios de los Muertos.
Hace muchos años asistí a una conferencia impartida por el maestro Jaime Collazo Odriozola en el archivo de Notarias, donde nos explicó que en España se conceptualizaba a la muerte mucho antes de que se descubriera el Nuevo Mundo, donde las representaciones iconográficas se encontraban principalmente en el arte. Al principio, la imagen de la muerte en la pintura no se diferenciaba de las demás figuras representadas, siendo hasta finales del siglo XIV que surgió la idea de pintarla dejando sin piel algunos huesos, lo cual tuvo tal éxito que se llegó a mostrarla como un esqueleto cubierto como un manto que generalmente era de color blanco.
La orden franciscana tuvo gran influencia en la forma en que se llegó a representar a la muerte en el siglo XV, ya que en ese entonces al interior de la iglesia católica se vivía una época de conflictos y predominaba la polémica acerca de la pobreza o no de Jesucristo, siendo algunos grupos de esa congregación quienes sostenían que Cristo había sido pobre, sin poder contrastar la gran opulencia del clero mayor.
Fue en ese momento que se agregaron elementos a la forma de representar a la muerte y esos elementos trascendieron a través del tiempo, como la imagen de la muerte con la guadaña, que se consideraba un elemento democratizador, ya que en la agricultura se utilizaba para segar las espigas dejándolas todas iguales en tamaño y condición, así sucedía con los seres humanos, la muerte no distinguía entre ricos y pobres. A la imagen de la muerte se le incorporó el reloj de arena, que marcaba la inexorabilidad de este fenómeno.
Actualmente en México el Día de muertos, representa una de las principales fiestas populares más importantes del año. Aún con la influencia extranjera, se preservan rituales en muchas comunidades del país y fundamentalmente en nuestra entidad, pues la tradición no se limita a un grupo originario, sino se extiende a los habitantes de las zonas urbanas, por lo que muchas instituciones realizan concursos, donde podemos apreciar ofrendas representativa de los cinco grupos originarios asentados en la entidad (mazahuas, otomíes, nahuas, tlahuicas, matlatzincas y migrantes de otras entidades), también se muestran algunas con elementos prehispánicos.
José Guadalupe Posada fue el precursor de la representación de la muerte en sus grabados y quien permitió con ellos la consolidación de la festividad del Día de Muertos, pues fue el artista que mejor interpretó la vida y las actitudes sociales del pueblo mexicano, representándola en sus grabados con calaveras vestidas de gala, calaveras en fiestas de barrios, en calles citadinas, en las casas de los ricos. Dibujaba calaveras montadas en caballos, en bicicletas, recreadas de manera humorística. Por medio de ellas señalaba a los políticos tiranos y ambiciosos, la miseria y los errores políticos, por ello muchas veces estuvo en la cárcel.
A Posada se le considera también el precursor del movimiento nacionalista en las Artes Plásticas ya que su obra influyó en artistas que, como José Clemente Orozco, Francisco Díaz de León, Leopoldo Méndez, y Diego Rivera para que dieran vida a sus extraordinarios murales. De este último recordemos el famoso mural «Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central», que fue realizado en el salón comedor del Hotel del Prado y que para su ejecución contó con la colaboración de los pintores Rina Lazo, Pedro Peñaloza y del maestro Andrés Sánchez Flores. La pintura mural fue realizada al fresco, plasmada en 74 metros cuadrados.
Concebido como el relato de un sueño, Diego Rivera en un imaginario paseo por la Alameda, nos hace partícipes de los recuerdos de su niñez y juventud, a través de personajes que conoció, al mismo tiempo realiza una síntesis de la historia de México, representada por algunos de sus protagonistas más importantes o significativos. En el segundo segmento encontramos, en primer término, tres figuras centrales: Diego Rivera, la Calavera Catrina y su autor, el grabador José Guadalupe Posada. En esta parte, Rivera se ha autorretratado como niño de nueve años que va de la mano de la «muerte catrina», siendo el propia Rivera en bautizarla así, ya que Posada la nombró la Garbancera.
Seguramente desde ese momento la Catrina, adquirió para los mexicanos un símbolo que refiere su identidad en el Día de Muertos, porque es la más utilizada en estos días, la encontramos elaborada en barro, cartón, litografías, papel picado y hasta en forma de azúcar.
Estas representaciones de la muerte a través de la historia nos permiten entender como el ser humano a buscado interpretar a la muerte físicamente dándole un rostro, tal vez para ocultar su miedo a ella y en otras como en el caso de nuestro país verla de manera festiva.
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