El peso de la historia

Por: Víctor Manuel Reyes Ferriz

21 DE JULIO DE 2026 El peso de la historia

El balón rodando sobre una historia que empezó mucho antes del silbatazo inicial.

Inglaterra-Argentina fue mucho más que una semifinal de la Copa del Mundo porque durante 101 minutos millones de personas alrededor del planeta observaron cómo una historia construida durante décadas encontraba un nuevo capítulo, una historia donde una disputa territorial, una guerra, una herencia emocional y sentimientos acumulados encontraron en una cancha de futbol un escenario simbólico para manifestarse con una intensidad exacerbada, sin límite e irracional, porque las rivalidades históricas entre naciones encuentran en el futbol el espacio donde la historia, la identidad y las emociones colectivas vuelven a enfrentarse. La relación entre ambas naciones ya tenía un antecedente en el Mundial de Inglaterra 1966, cuando la expulsión del capitán argentino Antonio Rattín alimentó la percepción de una injusticia arbitral que añadió una primera capa de tensión al duelo; sin embargo, aquel episodio todavía pertenecía exclusivamente al terreno deportivo, porque el verdadero punto de ruptura llegaría dieciséis años después, cuando la Guerra de las Malvinas transformó para siempre el significado de cada enfrentamiento entre ambas selecciones.

La Guerra de las Malvinas representó el momento en que una disputa territorial histórica entre Argentina y el Reino Unido dejó de pertenecer únicamente al ámbito diplomático para convertirse en una herida profunda dentro de la sociedad argentina. El conflicto, desarrollado entre el 2 de abril y el 14 de junio de 1982, enfrentó a aproximadamente diez mil efectivos argentinos contra cerca de treinta mil militares británicos entre fuerzas terrestres, navales y aéreas, dejando como saldo 649 soldados argentinos fallecidos, 255 británicos y tres civiles isleños muertos, además del mantenimiento de la administración británica sobre el archipiélago hasta nuestros días; empero, la derrota trascendió el ámbito militar porque convirtió aquella guerra en una conciencia histórica que encontró en el futbol un vehículo para expresar frustraciones, agravios y sentimientos que nunca desaparecieron por completo.

México 86 escribiría el capítulo más simbólico de esa rivalidad con Diego Armando Maradona como protagonista, quien durante 90 minutos fue diablo y ángel para los ingleses, pero nació el D10S para los argentinos, al grado de bautizar aquellos dos tantos como «La Mano de Dios» y «El Gol del Siglo», porque aquella victoria dejó de representar únicamente un resultado deportivo para convertirse en una reivindicación emocional frente a un adversario que apenas cuatro años antes había derrotado militarmente al país sudamericano. Francia 98 añadió un nuevo episodio cuando Argentina volvió a imponerse sobre Inglaterra en una Copa del Mundo y fortaleció la percepción de una superioridad futbolística sostenida; sin embargo, la historia suele ser bromista y juguetona, ya que para Corea-Japón 2002, cuando David Beckham, señalado durante años como villano por buena parte de la afición argentina tras su encontronazo con Diego Simeone, terminó convirtiéndose en el verdugo al marcar el penal que eliminó a la albiceleste del torneo. Cada uno de esos episodios fue incorporándose al imaginario nacional argentino hasta entrelazar derrotas, victorias, agravios y recuerdos dentro de una misma narrativa emocional, de tal suerte que, veinticuatro años después, un nuevo Inglaterra-Argentina volvió a convertirse en mucho más que un partido de futbol, porque sobre el césped también se disputó el peso simbólico de una historia que nunca terminó de cerrarse.

Francia-España representa otra de las grandes rivalidades que el futbol heredó de la historia porque detrás de cada enfrentamiento entre ambas selecciones existe una relación construida durante siglos entre dos pueblos que han compartido frontera, conflictos, intercambios culturales y una región vasca donde las identidades nunca han encajado por completo dentro de los límites políticos establecidos. La región vasca constituye uno de los espacios más complejos de Europa occidental al desarrollarse simultáneamente entre dos Estados nacionales sin perder una identidad propia sustentada en tradiciones, instituciones y una lengua ancestral como el euskera, cuya procedencia continúa siendo uno de los grandes enigmas lingüísticos del continente por no pertenecer a la familia de lenguas indoeuropeas predominante en Europa; de tal suerte que los Pirineos fueron mucho más que una frontera natural, convirtiéndose durante siglos en el escenario donde las disputas por Navarra, el Rosellón y otras ambiciones territoriales enfrentaron de manera constante a ambas coronas y consolidaron dos formas distintas de comprender el poder, el territorio y la construcción del Estado.

Esa identidad vasca encontró uno de sus momentos más complejos durante la dictadura de Francisco Franco, cuando el uso público del euskera fue restringido, numerosas expresiones culturales fueron perseguidas y la centralización política buscó diluir las identidades regionales dentro de un proyecto nacional uniforme; contexto que décadas después favoreció el fortalecimiento de Euskadi Ta Askatasuna (ETA), organización que trasladó el conflicto más allá de las fronteras españolas debido a que una parte importante de la comunidad vasca también habita el sur de Francia, generando tensiones diplomáticas relacionadas con refugios, persecuciones judiciales, extradiciones y el tratamiento de integrantes de la organización, al grado de solicitar en distintos momentos el traslado de presos vinculados al movimiento hacia cárceles francesas por considerar que el conflicto tenía un origen entre vascos y españoles y que las instituciones francesas ofrecían mayores garantías, demostrando cómo una reivindicación territorial podía terminar convirtiéndose en un asunto político entre dos naciones.

Cabe recordar que la competencia entre Francia y España nunca se limitó al terreno político porque también encontró expresión en la religión, la cultura, la gastronomía, el turismo y el vino. Francia fue conocida tradicionalmente como La fille aînée de l’église —»la hija mayor de la Iglesia»— por su estrecha relación con el papado y su temprana conversión al cristianismo, además de haber visto nacer a la Orden del Temple, mientras España construyó buena parte de su identidad alrededor de la defensa y expansión del catolicismo durante la Reconquista y la formación de su imperio; dos trayectorias que convergieron durante el Papado de Aviñón entre 1309 y 1377, episodio que antecedió al Cisma de Occidente y evidenció que la influencia espiritual sobre Europa también formó parte de la competencia por ejercer el liderazgo del mundo occidental.

La rivalidad también puede recorrerse entre los viñedos que cubren ambos países porque la competencia se cultiva desde hace generaciones entre Burdeos y La Rioja, dos territorios que representan maneras distintas de comprender el vino, el paisaje, la tradición y el prestigio internacional. En Francia, cada botella expresa el concepto de Terroir, donde el suelo, el clima y la composición mineral forman parte inseparable de la identidad del vino; mientras España convirtió regiones como La Rioja, Ribera del Duero, Jerez, Priorat o Rías Baixas en expresiones donde la viticultura también narra la historia de familias, monasterios, rutas comerciales y generaciones enteras. La competencia entre ambas naciones, por tanto, nunca ha consistido únicamente en determinar quién produce el mejor vino, sino quién logra interpretar con mayor profundidad la relación entre territorio, tradición, cultura e identidad.

La historia nunca es monocromática; los mismos pueblos que alguna vez fueron enemigos también han sido aliados, socios, familiares o compañeros de armas; sin embargo, basta un partido de futbol para que decidamos recordar únicamente una parte de esa historia. La otra parte merece ser contada.

A partir de ahí la historia continúa ofreciendo capítulos muy distintos a los que solemos recordar con mayor facilidad. Francia y España, después de décadas marcadas por el conflicto derivado de la actividad de ETA, iniciaron un proceso de cooperación institucional que transformó profundamente la relación entre ambos Estados mediante mecanismos conjuntos de inteligencia, procedimientos judiciales armonizados, extradiciones más ágiles, intercambio permanente de información policial y operaciones coordinadas a ambos lados de los Pirineos; el mismo territorio que durante años simbolizó la confrontación terminó convirtiéndose en uno de los ejemplos más representativos de colaboración transfronteriza dentro de la Unión Europea, mientras la libre circulación derivada del Espacio Schengen transformó una antigua frontera de vigilancia permanente en un punto de encuentro cotidiano para miles de personas que hoy estudian, trabajan, comercian o viven entre ambos países.

La integración tampoco se limitó al ámbito de la seguridad. Francia y España desarrollaron corredores ferroviarios, proyectos energéticos, infraestructura compartida, intercambios universitarios y programas culturales que fortalecieron una relación construida sobre siglos de vecindad; ciudades fronterizas como Hendaya e Irún, separadas únicamente por el río Bidasoa, representan hoy una realidad donde la cooperación administrativa, económica y social forma parte de la vida cotidiana, mientras el euskera continúa escuchándose en ambos lados de la frontera como testimonio de una identidad que sobrevivió a monarquías, guerras, dictaduras y transformaciones políticas sin desaparecer.

La relación entre Francia e Inglaterra siguió un recorrido igualmente complejo. Después de siglos de disputas dinásticas, enfrentamientos territoriales y competencia por la influencia política en Europa, ambas naciones firmaron la Entente Cordiale el 8 de abril de 1904, acuerdo que puso fin a buena parte de sus desacuerdos coloniales y abrió una nueva etapa de entendimiento. Apenas una década más tarde combatieron como aliados durante la Primera Guerra Mundial en escenarios como el Somme, Ypres, Arras y Passchendaele; esa cooperación se consolidó nuevamente durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Charles de Gaulle organizó desde territorio británico el movimiento de la Francia Libre con el respaldo de Winston Churchill, antecedente de una alianza que posteriormente se reflejaría en el desembarco de Normandía y, concluido el conflicto, en una estrecha colaboración diplomática, militar y de inteligencia que ambas naciones mantienen hasta la actualidad como miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

España-Argentina recorrieron un camino diferente porque sus vínculos comenzaron mucho antes de constituirse como Estados independientes. Desde el proceso de conquista española del Cono Sur durante la primera mitad del siglo XVI, y con la expedición de Pedro de Mendoza y el establecimiento de Buenos Aires en 1536, comenzó a construirse una relación que posteriormente se consolidaría con la creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776, dejando una herencia institucional, jurídica, lingüística, religiosa y cultural que continuaría desarrollándose incluso después de la independencia argentina; durante los siglos XIX y XX millones de españoles emigraron al país sudamericano, influyendo en su comercio, educación, arquitectura, literatura, gastronomía y vida política, mientras los intercambios académicos, culturales y económicos entre ambas naciones permanecen vigentes hasta nuestros días.

Dicha herencia compartida también puede recorrerse entre los viñedos. La vid llegó al actual territorio argentino durante los primeros años de la presencia española y, con el paso de los siglos, aquel conocimiento agrícola se adaptó a los valles andinos hasta dar origen a una tradición vitivinícola con identidad propia; lo que comenzó como una práctica introducida por la Corona y fortalecida por las órdenes religiosas terminó convirtiéndose en una de las expresiones culturales y económicas más representativas de Argentina, demostrando que algunas herencias evolucionan sin romper el vínculo con su origen; de tal suerte que una historia compartida durante siglos quedará momentáneamente en pausa cuando ambas selecciones defiendan identidades distintas sobre el terreno de juego.

Podríamos asegurar que el recorrido histórico deja entonces una pregunta que trasciende cualquier marcador, cualquier selección y cualquier torneo: ¿por qué las rivalidades tienen la capacidad de instalarse con tanta fuerza en nuestra memoria mientras las alianzas, incluso aquellas que transformaron el rumbo de naciones enteras, suelen ocupar un espacio mucho menor en nuestra percepción cotidiana? La respuesta comienza a encontrarse en la forma en que funciona nuestro cerebro. La psicología cognitiva ha estudiado ampliamente un fenómeno conocido como sesgo de negatividad (Negativity bias), mediante el cual los estímulos negativos, las amenazas, los conflictos y las experiencias dolorosas captan mayor atención, permanecen durante más tiempo en nuestra memoria y ejercen una influencia más profunda sobre nuestras decisiones que los acontecimientos positivos o neutrales.

Desde la experiencia individual hasta la construcción de sociedades enteras, nuestro cerebro parece otorgar prioridad a aquello que representa peligro, pérdida o confrontación. En la vida cotidiana ocurre cuando una crítica pesa más que diez reconocimientos, un error permanece más tiempo que cien aciertos o una experiencia desagradable termina definiendo la percepción completa sobre una persona o una institución; esa misma lógica se reproduce a escala colectiva, donde guerras, derrotas y agravios históricos ocupan un lugar central dentro de la identidad de los pueblos, mientras los acuerdos, las reconciliaciones y los periodos de cooperación suelen quedar relegados a un segundo plano.

Las aulas representan uno de los primeros espacios donde construimos nuestra relación con la historia, aprendemos sobre guerras, conquistas, revoluciones, invasiones y conflictos porque forman parte indispensable de la comprensión del mundo; sin embargo, con frecuencia conocemos menos sobre los periodos de colaboración, los intercambios culturales, los acuerdos diplomáticos o los momentos donde antiguos enemigos encontraron puntos de encuentro. No porque esos hechos carezcan de importancia, sino porque el conflicto posee una capacidad narrativa superior: tiene protagonistas, antagonistas, vencedores, derrotados y momentos de tensión que facilitan su permanencia en nuestra memoria.

El entorno digital llevó este fenómeno a una dimensión completamente distinta ya que, los algoritmos de las redes sociales no fueron diseñados para premiar la reflexión pausada, sino para maximizar la interacción, y las emociones más intensas suelen generar mayores niveles de participación. La indignación, el rechazo, la burla y la confrontación encuentran un espacio ideal para multiplicarse, creando comunidades donde una identidad colectiva puede fortalecerse alrededor de aquello que rechaza antes que alrededor de aquello que comparte; de tal suerte que una rivalidad histórica, deportiva o política puede reactivarse en cuestión de horas y alcanzar una intensidad que supera incluso la comprensión racional del hecho que la originó.

Durante el Mundial actual surgieron ejemplos evidentes de este comportamiento, teniendo muy a la mano la rivalidad entre México y Argentina volvió a ocupar un espacio relevante dentro de las conversaciones digitales después del episodio ocurrido durante el Mundial anterior alrededor de Lionel Messi y una playera de la selección mexicana, sumándose a narrativas construidas durante años alrededor de la comparación entre Messi y Cristiano Ronaldo, donde millones de aficionados trasladan una disputa individual hacia selecciones, países y culturas completas; de tal suerte que un enfrentamiento deportivo termina cargándose con emociones acumuladas que van mucho más allá de los noventa minutos de juego.

La contradicción se vuelve todavía más profunda cuando observamos cómo las sociedades pueden reorganizar rápidamente sus narrativas dependiendo del contexto emocional del momento. Durante los últimos años, una parte importante del debate público mexicano colocó nuevamente en el centro de la conversación la relación con España por los acontecimientos ocurridos durante la conquista, llegando incluso a convertir la exigencia de una disculpa oficial de la Corona española en un elemento recurrente del discurso político nacional; empero, cuando la posibilidad de una final entre España y Argentina apareció como escenario deportivo, una parte de esos mismos espacios digitales modificó su postura y convirtió a España en un aliado circunstancial frente a un nuevo adversario.

El fenómeno no está en la existencia de una rivalidad deportiva, porque eso forma parte natural de cualquier competencia; el punto verdaderamente interesante está en la velocidad con la que una memoria colectiva puede reorganizar sus emociones, recuperar determinados episodios históricos, olvidar temporalmente otros y construir nuevas alianzas simbólicas dependiendo de quién ocupa el lugar del adversario en un momento determinado. La historia permanece intacta, los acontecimientos no cambian y los vínculos entre pueblos continúan siendo los mismos; lo que cambia es la interpretación emocional que hacemos de ellos.

Finalmente, cuando una sociedad como la mexicana cambia de «adversario» momentáneamente por un evento, cualquiera que este sea, y convierte en amigo y aliado a quien los anteriores 8 años no lo bajó del enemigo número uno, cabe hacer quizá, la pregunta más interesante de todas: ¿tan poco criterio tenemos los mexicanos que nos convierte en una sociedad altamente manipulable?

DATO CULTURAL.

Un día como hoy en 356 a.C. nacía en Pella, Macedonia (actual Grecia), el aristócrata perteneciente a la dinastía argéada, rey de Persia, faraón de Egipto, hegemón griego y rey de Macedonia, Alejandro Magno, también conocido como “Alejandro el Grande”; en 1980 en Washington D.C., Estados Unidos en la sede de la Asociación Internacional de Fomento (AIF), perteneciente al Banco Mundial, las Islas Solomon son aceptadas como Estado Miembro; en 1983 en la Antártida, la Estación Oriental mejor conocida como “Base Vostok” de propiedad rusa, registra la temperatura más baja en la historia reciente de la tierra al marcar los -89,2ºC (-128,6 grados Fahrenheit).

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