Por: José Carlos Zepeda García

Hay mundiales que se recuerdan por los campeones y otros que permanecen en la memoria por lo que representan para un país. Para México, la Copa del Mundo del 2026 significó mucho más que organizar nuevamente la máxima fiesta del futbol. Representó la oportunidad de demostrar que el futbol mexicano podía competir de tú a tú con las grandes potencias, y, aunque el desenlace dejó un sabor agridulce, el balance general permite mirar al futuro con optimismo.
El camino hacia esta Copa del Mundo fue muy distinto al de otras generaciones. Como uno de los tres países anfitriones, junto con Estados Unidos y Canadá, México obtuvo su clasificación de manera automática, lo que permitió al cuerpo técnico encabezado por Javier Aguirre trabajar durante varios meses en la consolidación de un proyecto que mezcló experiencia con una nueva generación de futbolistas. La base del equipo estuvo conformada por nombres como Edson Álvarez, Santiago Giménez, Luis Chávez, Julián Quiñones, Johan Vásquez y Raúl Jiménez, jugadores que asumieron el reto de representar a un país entero en casa.
El debut mundialista frente a Sudáfrica confirmó que el equipo tenía personalidad. Posteriormente continuaron los compromisos de la fase de grupos, donde México mostró un futbol práctico, ordenado y competitivo que le permitió avanzar a la siguiente ronda. Sin embargo, fue en el duelo frente a Ecuador donde apareció quizá la mejor versión del Tricolor. Aquel triunfo no solo significó el pase a la siguiente fase; también reflejó una selección madura, disciplinada y con la capacidad de resolver un partido de alta presión mediante inteligencia táctica y eficacia ofensiva.
La ilusión, sin embargo, encontró un límite frente a Inglaterra. El conjunto europeo mostró por qué sigue siendo una de las grandes potencias del futbol mundial. México compitió durante largos lapsos del encuentro, pero la diferencia en profundidad de plantilla, ritmo e individualidades terminó marcando el resultado. Fue una derrota dolorosa, sí, pero también digna, porque el equipo nunca renunció a su propuesta futbolística ni dejó de competir.
Y es justamente ahí donde surge una pregunta inevitable: ¿fue esta la mejor Selección Mexicana que hemos visto en una Copa del Mundo?
La comparación obliga a mirar hacia dos generaciones inolvidables. La primera es la de Estados Unidos 1994, dirigida por Miguel Mejía Barón. Aquel equipo recuperó el prestigio internacional después de la ausencia en Italia 1990 y logró avanzar como líder de un grupo extremadamente complicado, integrado por Italia, Irlanda y Noruega. Con Jorge Campos, Claudio Suárez, Alberto García Aspe, Luis García y Marcelino Bernal, esa selección mostró personalidad y quizá practicó uno de los futboles más equilibrados que ha tenido México.
Cuatro años más tarde llegó Francia 1998 con Manuel Lapuente en el banquillo. Esa generación regaló algunos de los momentos más emocionantes del futbol mexicano: el empate frente a Países Bajos con el gol agónico de Luis Hernández, la remontada ante Corea del Sur y la inolvidable batalla frente a Alemania en octavos de final. Aquel equipo tenía carácter, talento ofensivo y una enorme capacidad para competir contra cualquier rival.
Entonces, ¿dónde colocar al México de Javier Aguirre?
Quizá todavía resulte prematuro ubicarlo por encima de aquellas selecciones históricas. Los equipos de 1994 y 1998 marcaron un antes y un después en la identidad competitiva del futbol mexicano. Sin embargo, esta generación consiguió algo igualmente valioso: volvió a ilusionar a una afición que durante años vivió entre la incertidumbre y la frustración. Recuperó orden, confianza y un estilo reconocible, elementos indispensables para construir un proyecto de largo plazo.
Ahora, mientras el Mundial varonil queda en la historia, el balón volverá a rodar muy pronto con otro desafío de enorme relevancia. La cuenta regresiva para la Copa Mundial Femenina de 2027 ya comenzó. Brasil albergará el torneo del 24 de junio al 25 de julio, convirtiéndose en la primera sede sudamericana de un Mundial femenil. México aún deberá conseguir su clasificación en la eliminatoria de Concacaf, donde estarán en juego cuatro boletos directos y tres lugares para el repechaje. Futbolistas como Kenti Robles, Lizbeth Ovalle, Rebeca Bernal y Charlyn Corral encabezan una generación con talento suficiente para competir al máximo nivel, aunque todavía enfrenta retos importantes en materia de apoyo, desarrollo y visibilidad.
Porque el futbol mexicano no termina con un Mundial. Cada generación deja enseñanzas, abre nuevas expectativas y plantea desafíos distintos. El México de 2026 dejó claro que puede volver a competir entre los mejores. Ahora corresponde que ese impulso alcance también al futbol femenil, para que el siguiente gran capítulo del balompié nacional también se escriba con nombre de mujer.
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