La agonía de la bestia

19/02/2021, Aguascalientes, México

Por: BALAM KOI

“Yo no hago teatro para vivir. Vivo para hacer teatro.”

Alonso Hernández.

Durante mis años más mozos y mientras me encontraba estudiando mi bachillerato, me llegó la inquietud de volverme actor y ser famoso y reconocido. Busqué en mi ciudad, Toluca la bella, aquella institución certificada que me daría las herramientas necesarias para encaminar mi carrera a recibir mi primer premio de la academia a la edad de treinta años. Por casualidad llegué a una escuela de actuación que se encontraba sobre la avenida Hidalgo. Al entrar esperaba encontrar otro tipo de instalaciones en lugar de un bar adaptado con un escenario y saturado de olor a cigarro, alcohol y alfombra sucia.

Pero lo que sí pude encontrar fue a mi primer gran mentor de la actuación, el maestro José Luis Jasso. Egresado y docente en ese tiempo de la desaparecida escuela Juan Soler, el maestro Jasso me dijo que el escenario es solo para aquellos valientes que desean subir al lomo de una bestia impredecible, terrible y magnífica. Con esa descripción del teatro quedé prendido y decidí que había encontrado mi vocación. Era el año de 1994.

Más de veinte años de este evento y ya con varias experiencias que me llevaron desde Londres hasta mi actual Aguascalientes, he siempre recordado y apoyado la visión que en verdad el escenario es la gran Bestia. Y ahora, ese ser magnífico se encuentra agonizante por la falta de seguidores y de curiosos que busquen sentarse en una butaca a ser cautivados por los mágicos seres que conocemos como actores.

México siempre ha contado con grandes talentos en el histrionismo y ejecución actoral. Desgraciadamente, el teatro nunca ha podido enfrentarse a la televisión o al cine y siempre pendió de un hilo su supervivencia. Quizá por eso siempre fue más fuerte. Pero ahora, en una era donde se desprecia el arte y la ciencia y se desechan las expresiones y manifestaciones de la voluntad, el teatro peligra más que nunca.

No hay apoyos económicos para actores, teatros o escritores. El público no desea exponerse al virus que puede alojarse en cada persona que nos rodea o que se encuentre a nuestro lado. Grandes producciones han tenido que desaparecer y con esto su silencio y el telón final será definitivo.

Pero resignarse al fin del teatro en nuestro país, es desconocer el poder de la bestia. Aún estamos aquellos que anhelamos el rugir del aplauso en la boca de la bestia. Y en honor a ella deben de implementarse nuevas medidas de exponer el teatro a la gente, de llevarlo a cada casa, a cada dispositivo.  La bestia agoniza, pero aún se mueve.  

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