El siglo XIX y la crónica

Por: Francisco Javier Estrada

         Desde don Joaquín Fernández de Lizardi, la literatura mexicana del siglo decimonónico ha sabido guardar en narración, relatos y crónica una relación de hermandad y apasionado afecto en géneros literarios. Nadie como la presencia de hombres y mujeres dan prueba de su querencia por decir algo sobre su realidad cotidiana. El Periquillo sarniento, es prueba de crónica social hoy inolvidable. Y en ese camino cronistas de ese siglo aparecen en distintas figuras: José María Heredia y Heredia cubano-mexicano; hace de su visita a las lagunas del sol y la luna del Nevado de Toluca (volcán del Xinantécatl: Señor desnudo), expresión literaria de primera importancia al contar cuáles fueron sus hechos en subir y bajar a ese lugar inconmensurable. Le hace escribir al final de dicha crónica que dos hechos de enorme importancia le han maravillado en su vida. Primero lo ha sido su visita a las Cataratas del Niágara —del cual deja un poema, como prueba de su admiración—; y la crónica, que hace de su visita al Xinantécatl. Nada le ha hecho sentir tanto la grandeza de la naturaleza como esos dos eventos en su vida andante.

Grandes escritores para nuestro orgullo, surgen en el “México bárbaro”, como lo designara el norteamericano: John K. Turner. Al revisar la historia de ese siglo se encuentran a varios de nuestros mejores mexicanos en todos los tiempos. Lo prueba Ignacio Manuel Altamirano, el más del literato por su concepción de para qué deben servir las letras en el nuevo país. Para Altamirano ninguno de los géneros de la palabra le fueron ajenos, tal fue su pasión. Basta citar que: “Entre 1986 y 2005 se editaron sus Obras Completas en 24 volúmenes. Sus títulos más destacados son Clemencia (1869) La navidad en las montañas (1871) Antonia (1872) y Cuentos de invierno (1880). El Zarco: episodios de la vida mexicana en 1861-1863, escrita entre 1874 y 1886, fue publicada póstumamente en Barcelona en 1901, aunque se dio a conocer desde 1884, en veladas literarias del Liceo Hidalgo, donde se leyeron algunos capítulos iniciales”. Grandes obras nacidas como cuentos o novela y aún en poesía. Son letras que tienen en el centro de su quehacer la crónica.

Así pasa con la novela de El Zarco, y prueba de ello son sus párrafos por aquí o por allá, le cito: “ I / Yautepec / Yautepec es una población de la tierra caliente, cuyo caserío se esconde en un bosque de verdura / De lejos, ora se llegue de Cuernavaca por el camino quebrado de las Tetillas, que serpentea en medio de dos colinas rocallosas cuya forma les ha dado nombre, ora descienda de fría y empinada sierra de Tepoztlán, por el lado norte, o que se descubra por el sendero llano que viene del valle de Amilpas por el oriente…” ¿Ha cambiado ese paisaje que en el siglo XIX viera Altamirano?… Tan destacados escritores tenemos en ese siglo, es imposible olvidar a Vicente Riva Palacio Guerrero, hijo del mejor gobernador que tuvo el Estado de México el siglo XIX, don Mariano Riva Palacio y, nieto de don Vicente Guerrero. Su obra escrita le pone entre los mejores de su tiempo: sus novelas históricas son escuela para futuros escritores mexicanos: como sucede con Fernando del Paso y, su libro Noticias del Imperio. Leo con atención el texto Tradiciones y Leyendas Mexicanas, publicado en compañía de Juana de Dios Peza. Están ahí los escritos que hacen al cronista: “Don Juan Manuel; La calle del Ángel; La mujer herrada; El llano del Diablo; La llorona; El Puente del Clérigo; La mulata de Córdoba, y así etcétera…” Vicente y el poeta Juan de Dios, son prueba del alto valor que se daba a la palabra y a la cultura popular, en un país que era y había sido mágico aún antes de que aparecieran los españoles.

Es interesante citar la solapa del libro que fue publicado por el Instituto de Investigaciones José María Luis Mora; la UNAM; el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes e Instituto Mexiquense de Cultura en el año de 1996. En el mismo leo: “Las tradiciones son un género olvidado que tuvo una importancia considerable en el proceso de formación de la literatura nacional. Por ello es pertinente la edición de esta obra, escrita a dos voces, que recuerda que en el siglo XIX, junto con la novela y el teatro, el ensayo y la poesía, se desarrolló un género literario que abrevaba en las fuentes de la historia y de la tradición oral para alcanzar registros que no le estaban permitidos ya a la historiografía de la época”. Sí, con ello en nuestra patria se confirmaba la presencia de la crónica y el cronista que durante la Colonia Española tuviera en sus escritores, los que escribían su presente a partir de sus conocimientos históricos, enraizados en costumbres, leyendas y realidades que eran tal cual y no inventadas.

Vicente Riva Palacio, no sólo fue el cuidador y curador del archivo de la Santa Inquisición, por recomendación de don Benito Juárez, pues en ello logró crear novelas que son parte de nuestras letras nacionales. Cuenta la escritora dominicana Clementina Díaz y de Obando al presentar el libro editado por Porrúa, Los cuentos del General: “…Altamirano, en esos años que siguieron al triunfo de la República, instaba —repetimos— a los escritores mexicanos a abandonar los temas extranjeros y tomar, como tema de sus obras, la historia de México en la que el maestro vio un venero importantísimo de inspiración: la prehispánica, los tres siglos de dominación española, “manantial de leyendas poéticas magníficas”; las luchas de la Independencia o en las recientes de la Intervención y el Imperio”.

En su libro titulado El hombre de la situación, Manuel Payno, dice unas palabras de fe, que bien entendidas hablan de la Crónica como tarea: “La vida es un vasto teatro, y el mundo con sus anchos mares, con sus elevadas montañas, con sus cielos ya claros y diáfanos, con sus palacios soberbios y sus chozas humildes, es el escenario donde todos nos apresuramos a tomar lugar y a desempeñar nuestro papel: los unos de reyes y conquistadores, los otros de patricios esclarecidos, los de más allá de anacoretas, de varones santos, de sabios profundos, de liberales sinceros, de políticos sagaces, de fanáticos intratables…” El escritor que es cronista tiene así que seguir el paso, el pulso, de su sociedad sin espantarse de sus actores, los más disímbolos posibles, ni de los hechos sociales y demás, que se suceden día a día. Está para escribir de ellos. Está para ser memoria del presente para que al paso de los años se les investigue como historia en décadas que ya se han ido.

Al estudiar lo que hicieron los escritores se debe atender la presencia femenina, no sólo recordada en Rosario de la Piedra, admirada mujer que enamoraba a todos. No olvidar, por ejemplo, a Laura Méndez de Cuenca, poeta nacida en la Hacienda de Tamarís, Ayapango, estado de México. Mujer de dos siglos, como se verá en su cotidianidad ante el país en dictadura y revolución que le toca vivir: primero durante las décadas de Porfirio Díaz y; después, en primeras décadas, antes de morir siendo conocida y no querida por el presidente Plutarco Elías Calles. Era recordada por sus inquietudes y estudios educativos que llegó a hacer en el extranjero. Poeta y educadora fue expresión importante de la nueva mujer en nuestro país; al grado que fue protegida por don Justo Sierra, en sus labores como educadora a principios del XX.

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