Sabio cronista y escritor: Salvador Novo

Por: Francisco Javier Estrada

         Es tanto lo que el poeta, cuentista, cronista y periodista llamado Salvador Novo escribió, que le hacen ser, en el siglo XX, uno de los mayores escritores de la patria que se consolida: en logros y cualidades ante el mundo cuando ya se habían realizado los hechos del siglo XIX en la guerra de Reforma —Constitución de 1857 y guerra contra el Imperio—, y el siglo XX, con la Revolución de 1910, que contempla la muerte de sus principales caudillos; sin olvidar la Guerra Cristera.

A la generación que hace resurgir prácticamente de sus cenizas a nuestra patria pertenece en el campo de la literatura el grupo de Los Contemporáneos: ese “grupo sin grupo”, como se hizo llamar, que se atrevió a enfrentar la ideología impositiva surgida de la Revolución de 1910, la cual hacía que todo tipo de artistas e intelectuales se sujetaran a ese cartabón a riesgo de ser considerados traidores o ajenos a la patria en ese tiempo. Los Contemporáneos se negaron a aceptar en el mundo de las letras que sí impuso el estalinismo en la URSS y, el tiempo demostró que ellos: Xavier Villaurrutia, Jorge Cuesta, Carlos Pellicer, Salvador Novo, Gilberto Owen, Bernardo de Montellanos, y otros más, tenían la razón al negarse a ponerse la camisa de fuerza de la visión de “revolucionarios” por obligación”.

La lectura de la obra del poeta Salvador Novo, es prueba de su alta calidad como tal. Y el hacer el seguimiento de su obra escrita como cronista de la Ciudad de México, nos da muchas luces, con todo y sus errores que le achacaron jóvenes talentosos y sabios como Carlos Monsiváis, al cual el propio Novo le tuvo tan gran estima. Novo sabía de todo, basta con echar ojo a su prólogo donde se presenta un recetario hecho por senadoras de la república en 1964, el libro titulado Las senadoras suelen guisar, dice: “Son numerosos e irrefutables los testimonios de la frugalidad en las mesas (por lo demás, inexistentes como muebles inútiles) de los aztecas, nuestros ilustres antepasados. La ración de un niño o de un joven —media tortilla susceptible de aumento— no podía ser más estoica”. Desde muy atrás en nuestra historia, la cultura de Salvador Novo era reconocida por propios y extraños.

Cuenta el cronista: “Templado el cuerpo el cuerpo de los jóvenes tenochcas en la frugalidad de la tortilla, en el endurecimiento de la penitencia, en la sacudida del baño helado, llegaba el momento en que ascendieran a guerreros. La guerra florida iba a proporcionarles, no sólo ascensos militares y públicos elogios: sino la diferida, pero segura, oportunidad de enriquecer la dieta doméstica cuando después de celebrarlo convenientemente, entregaran el esclavo capturado a su equitativo trinchamiento por los sacerdotes: el corazón para Huitzilopochtli; la pechuga o su equivalencia, para el Tlatoani; y los perniles para que en su casa los guisaran con maíz y caldo para la convivialidad familiar”. Sabio en temas de la cocina, Novo, supo desde nuestra época de pueblos originarios lo que era la comida.

Cuenta: Sabido es que el maíz era el alimento principal de las razas prehispánicas; y que su sabio cultivo fue el germen de su civilización. Pero a la agricultura que lo producía, sazonada en la culinaria con las numerosas hierbas y chiles que propiciaron la riqueza variada de su aprovechamiento en tortillas, tamales, pinoles, sumaron la caza de especies comestibles y medicinales que incluyen al tlacuatzin y a la serpiente, y la pesca de los caviares que en huevecillos de mosco —junto a peces, ranas y patos, gestaba la gran laguna de Tenochtitlan, dicha Anáhuac”. Sabio de las cosas de nuestra patria lo fue Salvador Novo, por eso le extrañamos como cronista, aunque en su época como tal hubiera tenido quizá demasiada cercanía con el poder presidencial.

Un prólogo a un libro sobre cocina particular de las entidades en ese año de 1964, sirve para saber del pasado: “Contrastan ciertamente estos testimonios de austeridad con las descripciones de la opulenta mesa de Moctezuma, a que se servían docenas de exquisitos platillos asentados, por añadido sibaritismo, sobre chafing-dishes de barro. Podemos, sin embargo, asumir que a los hambreadores españoles les pareciera lo que no habrá sido más que el refinamiento de una sabiduría culinaria capaz de variar por presentación y aderezo una minuta básica de maíz, chile y frijoles con unas muchas yerbas, peces y aves, de los aztecas”.

Cuenta Novo: “Los vencedores importaron, bien pronto, vituallas dignas de su gula: cerdos y vino, con que el Conquistador organizó en Coyoacán el primer banquete político triunfal de la Historia en México al borde ya del mestizaje. Trigo, naranjas, arroz; vacas, cabras, asnos, borregos —y doce franciscanos, contaron entre las primeras importaciones que en relación con la comida mexicana podemos recordar”. Relato de la historia de México desde sus primeros platillos indígenas y pasando por la Colonia Española. El seguimiento y manera de contar por parte del cronista salvador Novo es un ejemplo serio de sabiduría y cariño por las cosas del hombre y la mujer.

Unas cuantas páginas de su prólogo al libro citado son prueba de su capacidad de resumir cada etapa de nuestra larga historia de mucho más de 500 años que ha vivido el país llamado México. Cuenta: “Mucho más debemos a la otra invasión: a la francesa, que es el modo como comenzamos a hacerse y a anunciarse las cosas. Los cafés y los restaurantes de que nos hablan los cronistas del siglo XIX aclimatan entre nosotros a los chefs importados que enseñan a comer —y a beber— a la aristocracia pulquera de México. A finales del porfirismo, la cuisine francaise es lo elegante y lo que se consume en público: en banquetes oficiales o en fiestas opulentas. Totopos y antojitos, y frijolitos, se mordisquean en casa, y en secreto”.

De Salvador Novo habla Carlos Monsiváis: “(1904-1974) vivifica el artículo, la crónica social y el ensayo. Es director de teatro y dramaturgo, , excelente poeta amoroso y satírico, y sagaz historiador de costumbres, flexibilizada por la disciplina de todos los días, su prosa periodística inaugura en el siglo XX mexicano la modernidad al interiorizar y transformar precozmente la cultura urbana, al revolucionar esquemas formales y elevar la apreciación del desenfado”. En aquellos tiempos no había quién no tuviera en cuenta a Novo, para bien o para mal. Los sucesos de 1968 cierto fue que sometieron al cronista de la Ciudad a fuertes críticas éticas sobre la relación con el poder político. Me llama la atención, en el estudio de Novo, lo que escribe Héctor de Mauleón, “<<Sucede que a veces solos percibimos las calidades secretas o entrañables de una ciudad por el amor —necesariamente público— que alguno, que algunos profesan>>, escribió Carlos Monsiváis, poco después del funeral de Salvador Novo. Para Monsiváis, Novo era uno de esos autores que a la ciudad la vuelven ella”. Seguir la huella del cronista es aprender de su sabiduría y de un talento, que admira por ser expresión del nuevo mexicano, que se gestó más allá del mesianismo de la Revolución de 1910.

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