Por: Juan José Alva Sánchez

En los dos artículos anteriores hablamos de una Toluca que cambió profundamente.
Primero hablamos del agua. De una ciudad que se inunda no solamente porque llueve mucho, sino porque durante décadas creció sobre superficies que antes absorbían este líquido. Entubamos ríos, impermeabilizamos suelo y ocupamos espacios naturales de regulación hídrica. La paradoja es conocida: cuando llueve tenemos demasiada agua en las calles, mientras aumenta la presión sobre el acuífero.
Después miramos hacia atrás. Recordamos aquella “Toluca Bella”: los charcos con renacuajos, una Alameda con una biodiversidad difícil de imaginar hoy y una relación mucho más cercana entre la ciudad y su entorno natural. No se trataba sólo de nostalgia. La desaparición de árboles, humedad, fauna y suelo permeable también permite medir una transformación ambiental.
Ambos textos conducen a una misma pregunta: ¿cómo evitar que dentro de treinta años alguien tenga que escribir sobre todo lo que Toluca perdió ambientalmente durante esta década?
El problema no depende sólo de nuestra conciencia ambiental, sino de cómo los gobiernos miden, planean y toman decisiones.
Contar la naturaleza para protegerla como nuestra principal riqueza.
En los gobiernos solemos medir el compromiso ambiental por el dinero destinado a proteger el medio ambiente. Pero gastar más no necesariamente significa conservar más. ¿Y si, además de contabilizar cuánto dinero gastamos, contabilizamos cuánto patrimonio natural ganamos o perdemos?
Cada año un municipio presenta un presupuesto público: sabemos cuánto dinero ingresa, cuánto piensa gastar, cuáles son sus prioridades y, al finalizar el ejercicio, cuánto ejerció. Pero existe otro patrimonio municipal del que rara vez hacemos un balance semejante: el capital natural.
Agua, árboles, suelo permeable, áreas verdes y ecosistemas también son activos de una ciudad. Naciones Unidas desarrolló el Sistema de Contabilidad Ambiental y Económica para incorporar los ecosistemas a la toma de decisiones. México cuenta, a través del INEGI, con las Cuentas de los Ecosistemas de México; en 2024, incluso estimaron el valor económico de los servicios ecosistémicos del país en poco más de 1.02 billones de pesos.
¿Por qué no llevar ese principio a la escala municipal?
La propuesta es sencilla: crear el Presupuesto de Capital Natural de Toluca. No sería una nueva bolsa de recursos, sino un balance anual que acompañaría al presupuesto municipal y permitiría saber si la ciudad ganó, conservó o perdió patrimonio natural. No otra dependencia. No más burocracia: un instrumento de planeación y evaluación.
Al inicio de cada año, Toluca establecería una línea base y metas sobre cuatro elementos básicos: agua e infiltración; suelo permeable; cobertura arbórea; y áreas naturales y biodiversidad. Al terminar el año tendría que presentar el balance.
¿Cuánto suelo permeable perdió la ciudad y cuánto recuperó? ¿Aumentó o disminuyó la cobertura arbórea? ¿Generamos mayor capacidad para infiltrar y captar agua? ¿Mejoró o empeoró la condición de nuestras áreas naturales?
Hoy un gobierno puede informar que plantó 20 mil árboles. Eso mide una actividad. La pregunta debería ser otra: ¿Toluca terminó el año con mayor cobertura arbórea que cuando comenzó? Eso mide un resultado. En términos de administración pública, significa pasar de medir acciones a medir resultados: la lógica del Presupuesto basado en Resultados aplicada al medio ambiente.
El Presupuesto de Capital Natural tendría una regla central: Toluca no debería terminar un ejercicio con menos capital natural del que tenía al iniciarlo. Esto no significa impedir el crecimiento urbano, sino reconocer que desarrollar una ciudad también genera costos ambientales y que esos costos deben aparecer en las cuentas públicas.
Una obra que impermeabiliza suelo tendría que incorporar medidas efectivas de infiltración. La pérdida de cobertura arbórea tendría que medirse por árboles sobrevivientes y superficie de copa, no sólo por ejemplares plantados. Además, el balance tendría que hacerse por componente: más árboles no podrían compensar menos agua ni la pérdida de un ecosistema estratégico como el Parque Sierra Morelos.
La idea tiene antecedentes. Oslo, la capital de Noruega, fue pionera al integrar un presupuesto climático a su presupuesto municipal, vinculando metas ambientales con medidas, responsables y resultados. Toluca podría llevar ese principio un paso más allá y convertirse en un referente de gestión ambiental municipal: presupuestar también su propio patrimonio natural.
Una ciudad puede tener finanzas públicas sanas y, al mismo tiempo, acumular otro tipo de deuda: deuda de agua, deuda de árboles, deuda de suelo y deuda con las generaciones que todavía no viven aquí.
En el primer artículo dijimos que los desastres también se construyen. En el segundo, que la naturaleza también es infraestructura. Quizá falta una tercera idea: lo que no se mide, no se administra; y lo que no aparece en el presupuesto difícilmente se convierte en prioridad.
Toluca seguirá teniendo cada año un presupuesto de pesos. Ha llegado el momento de que también tenga un presupuesto de Capital Natural antes de que perdamos nuestra principal riqueza.
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