La Toluca que desapareció

Por: Juan José Alva Sánchez

Quienes tenemos más de 35 años guardamos recuerdos de una Toluca que todavía reconocemos, pero que poco a poco hemos dejado de encontrar. Recordamos mañanas mucho más frías, terrenos que durante las lluvias se llenaban de pequeños charcos y renacuajos, aves del paisaje cotidiano, insectos de temporada y árboles que parecían haber estado siempre ahí.

Nadie nos avisó cuándo comenzaron a desaparecer.

No hubo un día específico en que Toluca amaneció sin renacuajos, ni una fecha que marque cuándo dejamos de escuchar ciertas aves o en que el concreto ocupó los espacios donde antes se acumulaba el agua. La transformación fue silenciosa. Ocurrió mientras crecíamos nosotros y también la ciudad.

Por eso, quizá una de las preguntas ambientales más importantes para Toluca no sea solamente qué ciudad recibimos, sino qué ciudad estaremos mirando en 2050 y cuál conocerán nuestros hijos y nietos.

La nostalgia puede engañarnos. Todas las generaciones tendemos a idealizar la infancia. Pero aquí existe evidencia detrás de una parte de nuestros recuerdos. Toluca se ha urbanizado, ha impermeabilizado suelo, fragmentado espacios naturales y sustituido vegetación por infraestructura. Ya en 1979, Ernesto Jáuregui documentó una isla de calor con contrastes ciudad-campo de hasta cinco grados (Jáuregui, 1979).

Décadas después, el fenómeno sigue visible. Un estudio reciente sobre Toluca y Zinacantepec encontró mayores temperaturas superficiales en áreas densamente urbanizadas, industriales y con menor cobertura vegetal, y temperaturas menores donde hay más vegetación (Rosas Martínez & Adame Martínez, 2025). El cambio climático global se suma así a una transformación local: construimos una ciudad distinta y modificamos el ecosistema que acompañaba nuestra vida cotidiana.

Los renacuajos son un buen ejemplo. Para que existieran tenían que existir humedad, agua temporal, vegetación, suelo permeable y condiciones para completar su ciclo de vida. Cuando desaparece el renacuajo no necesariamente desaparece solamente un animal: pueden estar desapareciendo las condiciones ambientales que hacían posible su presencia.

La propia Alameda Central nos recuerda cuánto ha cambiado nuestra relación con la naturaleza. Cuesta imaginarlo hoy, pero a finales del siglo XIX llegó a tener faisanes, águilas, venados y un lago con cisnes negros, garzas, gansos y patos. Era, por supuesto, un ambiente diseñado y controlado, pero revela algo sobre la ciudad que fuimos. Todavía en 1935, el poeta toluqueño Horacio Zúñiga describía la Alameda como un jardín “sombreado por altos y robustos árboles”, con un estanque para patos y una enorme jaula de aves. Casi un siglo después, aquella descripción parece pertenecer a otra ciudad. Y quizá ahí esté una parte del problema: hemos ido acostumbrándonos a una Toluca en la que encontrar naturaleza en medio de la ciudad resulta cada vez menos cotidiano.

Lo mismo ocurre con aves, mariposas, pipiolos, abejas y otras especies que durante décadas convivieron silenciosamente con nosotros.

Parte de esa biodiversidad todavía sobrevive en los grandes espacios verdes de Toluca. Dos son especialmente importantes: Sierra Morelos y Alameda 2000. No son solamente lugares para correr, caminar o contemplar el paisaje. Son grandes reservorios de la memoria ecológica de nuestra ciudad. Estudios sobre las áreas verdes urbanas los ubican entre sus principales pulmones y muestran cuánto depende su cobertura vegetal de la disponibilidad de agua (Becerril-Piña et al., 2023).

Y ambos enfrentan riesgos distintos.

En Sierra Morelos, el riesgo tiene una forma conocida: la ciudad que crece. Su programa de conservación advertía desde hace años que el parque funciona cada vez más como una isla rodeada por localidades en expansión y por una mancha urbana que avanza (Gobierno del Estado de México, 2013).

El mayor riesgo de Sierra Morelos quizá no sea que un día alguien decida desaparecerlo. Es algo más silencioso: que la ciudad se lo vaya comiendo por las orillas.

Una construcción, después otra. Un camino. Un asentamiento. Un árbol menos. Una superficie perdida que parece insignificante hasta que se suma a las anteriores. Así desaparecen muchos ecosistemas: no mediante una gran decisión, sino por pequeñas pérdidas que, separadas, parecen tolerables.

Alameda 2000 enfrenta otro desafío. Sus árboles, cuerpos de agua, suelo y biodiversidad dependen de un equilibrio difícil de conservar dentro de una ciudad urbanizada. En 2023, el Ayuntamiento intervino por contaminación en sus lagunas asociada con descargas residuales (Ayuntamiento de Toluca, 2023). A la vez, existe una oportunidad: el proyecto hídrico impulsado con CONAGUA busca aumentar la retención, infiltración y reutilización del agua en el parque (Ayuntamiento de Toluca, 2025).

También deben reconocerse los esfuerzos recientes de restauración. En 2026, el gobierno municipal ha involucrado a empresas, instituciones educativas y organizaciones civiles en reforestaciones en Alameda 2000 y otros espacios (Ayuntamiento de Toluca, 2026). Son avances valiosos. Pero el sociólogo inglés Anthony Giddens obliga a una pregunta incómoda: ¿serán suficientes para construir una ciudad sustentable?

Una de las grandes paradojas de la política frente al cambio climático consiste en nuestra dificultad para asumir hoy los costos de evitar daños que todavía percibimos como lejanos. Mientras el deterioro no es plenamente visible, es sencillo posponer decisiones; cuando finalmente podemos sentirlo, actuar puede ser mucho más difícil o demasiado tarde (Giddens, 2010).

Nosotros tenemos una ventaja: ya comenzamos a verlo.

Quienes tenemos más de 35 años podemos comparar. Recordamos los renacuajos, las aves, los insectos, los árboles y el frío de otra Toluca. No necesitamos que alguien nos explique que la ciudad cambió: fuimos testigos.

Por eso proteger Sierra Morelos y Alameda 2000 y recuperar el arbolado urbano no puede reducirse a jornadas de reforestación. Plantar un árbol es relativamente sencillo. Construir durante treinta años una ciudad sustentable es una política pública completamente distinta.

Requiere saber qué se planta, dónde y cuántos árboles sobreviven después de cinco, diez o veinte años; impedir que la urbanización siga presionando las áreas naturales; conectar espacios verdes; recuperar suelo permeable; proteger biodiversidad; renovar el arbolado envejecido y evitar que cada administración comience desde cero.

Necesitamos decidir hoy cómo queremos que sea la estructura verde de Toluca en 2050 y 2060. La naturaleza tiene tiempos distintos a los de la política. Un árbol plantado hoy probablemente alcanzará su madurez bajo otras administraciones. Una decisión urbana tomada en tres años puede modificar el territorio durante medio siglo.

Eso exige gobiernos capaces de planear más allá de tres años, pero también ciudadanos capaces de pensar más allá de la próxima elección.

La responsabilidad no pertenece solamente al Ayuntamiento. También es nuestra.

No basta con pedir al gobierno que plante árboles mientras toleramos que se pierdan los de nuestras calles. No basta con exigir parques mientras permanecemos indiferentes ante decisiones que presionan las áreas naturales. No basta con participar una mañana en una reforestación si después dejamos solos los árboles durante veinte años.

La sustentabilidad de Toluca tendrá que construirse caminando juntos: un gobierno que planee, preserve, regule e invierta, y una ciudadanía que participe, cuide, vigile y exija continuidad.

Exigir también es cuidar: exigir que Sierra Morelos no siga perdiendo terreno frente al crecimiento urbano; que Alameda 2000 conserve agua, árboles y biodiversidad; que cada árbol retirado sea sustituido y cada ejemplar plantado tenga seguimiento. Exigir, sobre todo, que la política ambiental no vuelva a comenzar cada tres años.

No necesitamos una Toluca detenida en el pasado. La ciudad seguirá creciendo y necesitará vivienda, movilidad, servicios e infraestructura. Reconciliarnos con la naturaleza no significa renunciar al desarrollo, sino comprender que la naturaleza también es infraestructura.

La obra pública más importante para una ciudad no siempre consiste en construir algo nuevo; a veces consiste en evitar que desaparezca aquello que ya la protege.

Quienes fuimos niños aquí hace treinta o cuarenta años ya no vivimos exactamente el clima ni el ecosistema de nuestra infancia. Los niños que hoy corren por Toluca tampoco vivirán, cuando tengan nuestra edad, exactamente la ciudad que conocen ahora. Y, si no modificamos la trayectoria, nuestros nietos tampoco conocerán la Toluca que sus padres recordarán algún día con nostalgia.

Cada generación podría terminar contando a la siguiente una historia parecida: antes hacía más frío; antes había más árboles; antes veíamos determinadas aves; antes había agua ahí; antes este parque era diferente.

Hasta que llegue una generación para la cual aquello que nosotros todavía alcanzamos a conocer exista solamente en las historias de sus abuelos.

Ese futuro no está escrito.

Sierra Morelos puede seguir siendo una frontera verde frente a la expansión urbana. Alameda 2000 puede consolidarse como espacio de infiltración, biodiversidad y convivencia. Las calles pueden recuperar árboles y sombra. Los pequeños jardines pueden volver a recibir aves, abejas, mariposas y algunas de aquellas formas de vida que dejamos de ver.

No se trata de reconstruir la Toluca de nuestra infancia. Esa ciudad pertenece a nuestra memoria y no regresará. Se trata de algo más importante: impedir que la Toluca que todavía tenemos desaparezca también.

Giddens nos recuerda que el desafío es actuar antes de que la evidencia del deterioro sea tan contundente que ya no necesitemos discutirla. Toluca todavía tiene esa oportunidad.

Gobierno y ciudadanos tendremos que decidir si queremos aprovecharla.

Quizá nuestra responsabilidad generacional no sea entregar a nuestros hijos la misma Toluca que recibimos —eso ya es imposible—, sino demostrarles que fuimos capaces de detener la pérdida y comenzar a construir una ciudad que vuelva a reconciliarse con su naturaleza.

Para que dentro de treinta años una persona preocupada por el medio ambiente no tenga que volver a escribir un artículo denominado: “La Toluca que desapareció”.

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