Tauromaquia: tradición, arte y debate

Por: José Carlos Zepeda García

Montaje deportivo que muestra a atletas en fútbol, béisbol, tenis, automovilismo, boxeo y equitación, rodeados de equipos deportivos en un estadio.

Hablar de la tauromaquia es hablar de una tradición que lleva siglos generando pasiones, pero también controversias. La relación del ser humano con el astado se remonta a antiguas culturas del Mediterráneo, donde este animal tuvo distintas representaciones religiosas, rituales y culturales.

Con el paso del tiempo aquellas prácticas evolucionaron hasta convertirse en lo que hoy se conoce como tauromaquia, particularmente en España, donde durante los siglos XVIII y XIX comenzó a tomar forma el toreo moderno. Y de España, la fiesta llegó a México, prácticamente desde los primeros años de la Nueva España.

Hay casos de registros de festejos taurinos desde 1526, aunque la primera corrida formalmente documentada y establecida por el Cabildo de la Ciudad de México, corresponde a 1529, las primeras corridas se realizaban en espacios públicos y temporales, mucho antes de que existieran las grandes plazas que conocemos actualmente.

Sin embargo, hay un dato que destaca: la primera ganadería de toros bravos de la que existe referencia en México se estableció en Atenco, en el Valle de Toluca, desde los primeros años del periodo colonial. Es decir, el Estado de México está ligado a la historia de la tauromaquia desde sus orígenes.

Con los siglos, la afición se extendió por buena parte del territorio nacional, particularmente por regiones como Aguascalientes, Guanajuato, Jalisco, Querétaro, Zacatecas y Tlaxcala. El Bajío se convirtió en uno de los grandes centros de tradición taurina del país, mientras que Aguascalientes hizo de la fiesta brava uno de los elementos emblemáticos de su Feria Nacional de San Marcos.

Y México comenzó a producir sus propias figuras.

Rodolfo Gaona “El Indio Grande”; Lorenzo Garza “El Ave de las Tempestades”; Silverio Pérez “El Faraón de Texcoco”; Carlos Arruza “El Ciclón”; Fermín Rivera; Manuel Capetillo y, posteriormente, figuras como Eloy Cavazos, Curro Rivera, Rafael Ortega y Eulalio López “Zotoluco”, llevaron el nombre de México a las principales plazas.

La inauguración de la Plaza México el 5 de febrero de 1946, marcó una nueva etapa para la tauromaquia nacional. Durante décadas, este escenario se convirtió en uno de los grandes templos del toreo mundial.

Y hasta el cine mexicano se dejó seducir por los toros.

Cantinflas y Tin Tan, dos de los grandes representantes de nuestra cultura popular tuvieron acercamientos con la tauromaquia. En 1945 ambos participaron, junto con Manuel Medel, en una corrida con fines benéficos. Cantinflas, además, protagonizó Ni sangre ni arena, una parodia del mundo taurino, y posteriormente, tuvo otras apariciones relacionadas con el toreo.

Sin embargo, en el presente la historia cambia.

La tauromaquia mexicana enfrenta uno de sus debates más importantes: ¿Puede una tradición cultural mantenerse cuando implica sufrimiento y muerte de un animal?

Quienes defienden la fiesta hablan de arte, tradición, valor, identidad, generación de empleos y de toda una actividad económica alrededor de las plazas y las ganaderías. Aguascalientes, por ejemplo, reconoce constitucionalmente la tauromaquia como parte de sus expresiones culturales de la Feria Nacional de San Marcos.

Pero quienes se oponen, señalan que algo igualmente concreto: el toro es un ser sintiente y consideran que provocarle lesiones y finalmente darle muerte como parte del espectáculo es una práctica incompatible con una concepción moderna del bienestar animal.

 Y esa discusión ya está modificando la tauromaquia.

En la Ciudad de México, desde el 2025 se estableció legalmente un modelo de espectáculo taurino sin violencia, que prohíbe las lesiones y la muerte del toro, así como el uso de objetos punzocortantes durante la lidia. Actualmente, la Plaza México no celebra corridas tradicionales bajo ese esquema.

En otras entidades, el panorama es diferente. En el Estado de México, por ejemplo, el Congreso aclaró en 2026 que las corridas de toros continúan permitidas conforme a la legislación vigente.

Y quizá ahí está la reflexión con la que debemos quedarnos. Podemos reconocer la historia, la cultura, el valor y la disciplina que existen alrededor de la tauromaquia, y al mismo tiempo preguntarnos si las tradiciones no pueden evolucionar.

Porque el deporte, en cualquiera de sus expresiones, debería ser una celebración del talento humano, de la disciplina, de la preparación y del esfuerzo. Y si podemos practicarlo, disfrutarlo y convertirlo en espectáculo sin que un ser vivo tenga que sufrir para conseguirlo, quizá esa sea la evolución que nos toca construir.

Porque las tradiciones forman parte de nuestra historia.

Pero también nosotros formamos parte de la historia que todavía estamos escribiendo.

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